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Agustín se fue…

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Agustín Granados

Azorado, con mirada de ¿wath? el entejanado repitió, con voz tenue, tímida casi pero sin dejar de apuntarnos con su pavorosa escuadra, como se dice usualmente en las crónicas de notas roja, en la que estábamos en evidente riesgo de ingresar: les digo que dejen de mirar a las damas. La bronca se armó porque dos señoras de evidente tenue virtud, sentadas en una mesa a pocos metros de la nuestra, cada que se les ocurría hacían un gesto, una carantoña hacia dónde Agustín Granados y yo estábamos comiendo.

Evidentemente nada pretendían con un par de sujetos que no eran precisamente unos galanes. Trataban de darles picones al par de acompañantes, ambos de temible catadura, con chamarras de piel, cinturones piteados, pantalones rectos y botas de víbora iguales, tacón alto.

Granados se puso de pie, mirado de frente al teóricamente temible pistolero, con su voz ronca pero en tono festivo recalcando cada palabra, preguntó, cuáles damas, donde están y remató:— Mira, no seas pendejo y guarda tu chingadera, que con una buena mentada de madre y dos cachetadas guajoloteras me tranquilizo.

No tuve tiempo para sentir temor, primero al ver la tranquilidad de Agustín y luego por el desconcierto del pistolero cuando intervinieron dos de nuestros ángeles guardianes, don Cándido y el señor Pichardo, ambos de edad avanzada que con la experiencia de décadas de trabajo cantinero en tono imperativo les indicaron que no permitirían que molestaran a la clientela.

Recogieron la mesa de los empistolados, les indicaron la salida y allí acabó el incidente.—Don Candi —hicimos notar—se fueron sin pagar la cuenta.

—No importa, la pagan ustedes…Un día se fue Agustín cumpliendo una ausencia que nadie esperaba. Yo menos que el resto, porque convivíamos y combebíamos a diario, en largas sobremesas repletas de ingenio, buenos recuerdos y sin mucha formalidad, destazamiento del acontecer nacional. Para mi fue más que doloroso, porque las semanas anteriores a su larga marcha, no tuvimos mayor contacto.

Sin darme a lo trágico, estuve pensando la razón del alejamiento de tan extraordinario amigo. Nunca he sido partidario de culpar a otros de lo que puedo ser responsable. Pero en este caso no encontré una sola causa de nuestro distanciamiento. Consultada la persona que más cerca estaba de mi amigo, sólo me dijo que se estaba sintiendo enfermo, lo que era comprensible: a pesar de la prohibición médica, no dejó de fumar y tampoco redujo el consumo de bebidas alcohólicas.

Hace quince años de su alejamiento y lo recuerdo como si todavía ayer don Cándido Feregrino o el paisano Pichardo, ambos veteranísimos meseros de La Ópera, nos regañaran, nos pusieran en paz para no molestar a la clientela.Porque con Agustín todo era fiesta. Hacíamos el programa de TV Cada Noche lo Inesperado, que conducía Luis Spota.

El cerebro el creador era Héctor Anaya y Agustín y yo simples colaboradores. Festejábamos en el departamento de Anaya, en el edificio del Cine de las Américas, por la buena respuesta del público al programa. En cierto momento fuimos por una botella de ron. Salimos, dimos vuelta hacia Chilpancingo, pero nos topamos con una cuarteta de idiotas que pensaron en robarnos nuestro preciado pomo.No tenían por qué saberlo pero Héctor lo mismo que Agustín era expertos en el arte de Fistiana, pero con patín yucateco, rodillazo en zonas blandas y todo lo necesario para defenderse de agresiones callejeras. Cuidadosamente Anaya dobló sus anteojos que colocó en el bolsillo superior de la camisa… y se desató la madrina. El cuarteto de frustrados asaltantes ya no sentían lo duro, sino lo tupido, según reza el lugar común.

En cierta etapa de la trifulca me tuve de echar para atrás víctima de un ataque de risa. Héctor, furioso, le dice a uno de los contrarios: mira, aquí están tus pinches lentes para que aprendas a respetar.Con furia, los remachó con los pies, los hizo moronitas, el armazón quedó inservible y mientras los otros huían, Anaya buscó sus anteojos en la bolsa donde ya no estaban. Los había hecho polvo. Bueno, tan cómico el asunto que al propio perjudicado le dio risa. Nos fuimos a casa con nuestra botellita de ron, defendida con tal denuedo que parecía la defensa de la virginidad de una princesa.

Granados se distinguió por su inteligencia, su enorme cultura y su retentiva. Era capaz de citar páginas de obras leídas por ejemplo en la Prepa. Con la advertencia de que no era repetidor sino menorista que digería todo lo que miraba en letras e ideas.Hubo un programa cultural en canal 4, a cargo de Félix Cortés Camarillo.

Por equis o zeta decidieron quitárselo y dárselo a Agustín. Muy buen programa, exaltaba la labor de escritores, pintores, músicos y muchos otros representantes de las bellas artes.La grabación o transmisión del programa tenía como escenario una casa vieja de la colonia Portales. Apenas unos minutos antes de entrar al aire, el productor le entregaba ejemplos de la obra del personaje en turno, si era novelista, le bastaba media hora para memorizar una tercia de capítulos convenientemente repartidos en el libro.

Sus entrevistados se morían de la emoción, sentían que el periodista era adorador de sus letras. Llegaba a descubrir caminos en una obra, que el autor desconocía. Con la pintura era igual: entrevistas inteligentes para brillo de los creadores. Era un programa que entraba en el impuesto sobre ingresos de la empresa, pagados con programas de contenido cultural. Otra trampa fiscal en favor de los empresarios. Lamentos sin fin cuando desapareció inclusive la calidad de televisión cultural del canal.Resaltó en la crónica de campaña en elecciones presidenciales y sus reportes desde el Congreso alcanzaban tintes de genialidad. De allí derivó una columna de comentarios políticos, que tituló: Dicen los que saben.

Este es un personaje, militante de la izquierda verdadera, en algún momento preso político, una intensidad de vida merece que algún biógrafo resalte su paso por el agitado mundillo de la información, en el que fue puntal, sin duda. Agustín dice que se fue. Ya siempre lo espero aunque como va la cosa, seguramente lo alcanzaré yo y sólo deseo que el pomo defendido con tal denuedo, nos acompañe en esos momentos…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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