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Díaz Ordaz en el Metro…

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Ese día nos invitó el Presidente Díaz Ordaz un refrigerio, un brindis y luego a conocer los novedosos métodos con que abrían los túneles de la primera línea del Metro.

Los participantes no éramos muchos, en ese tiempo la Asociación de Corresponsales Extranjeros en México, ACEM, apenas rebasaba el medio centenar de muy escogidos miembros, quienes debían demostrar su labor informativa en medios del exterior, y recibir su salario íntegro por igual conducto.

Todavía no se declaraban las hostilidades entre el gremio estudiantil y las autoridades. De hecho el ambiente era festivo, pre Olímpico y nada permitía advertir el ya cercano 26 de julio, los choques entre politécnicos y una secundaria particular, y menos se podía intuir la criminal reacción de la policía y el Ejército, pero eso es historia conocida.

Me había comprado una combinación que vi por algún lado pero sin recordar donde. Un saco guinda ligeramente brilloso y un pantalón negro, ceñido como de torero o de bailarín de flamenco. No cargaba en esa época con la infame y antiestética barriga actual, así que me sentía soñado.

Llegamos al sitio de la reunión, un pequeño hotel en el Paseo de la Reforma a media cuadra de Niza, en la Zona Rosa.

Nos colocamos en torno del invitante y tomamos asiento. Me coloqué a un costado, lo que provocó el gesto de desagrado del mandatario, que me recorría de arriba a abajo sin decir nada y evitando mirarme cuando hablaba.

José Quiroga, presidente de la Asociación, corresponsal de O’Estado de São Paulo, percibió que algo no andaba bien, después de todo yo era Prensa Latina, cubana, y seguramente con ninguna simpatía de parte del anfitrión.

Con su enorme vozarrón, don Pepe Quiroga que flanqueaba del otro lado al personaje, me señaló y me presentó: señor Presidente, unos de los tres miembros de nuestra Asociación, con nacionalidad mexicana y reconocida actividad profesional en medios extranjeros, es aquí, don Carlos Ferreyra, nuestro Tesorero, por cierto.

Díaz Ordaz sonrió, me dio una ligera palmada y entonces me dí cuenta: exactamente la misma chaqueta e igual pantalón era el uniforme de uso de los meseros, ellos con corbata negra de moñito. Por fortuna yo con el trapo usual. A veces también me daba por los moños que se adquirían en una tienda inglesa de 5 de Mayo, porque eran cómodos, dos broches a los lados y listo.

Los meseros que se dieron cuenta inmediata de mi fallida elegancia, bromeaban; uno, ciertamente atrevido, recomendó a sus colegas que vigilarán para que yo no me apropiara de las propinas.

Propinas inexistentes, claro. Un funcionario después del convivio se quedó a liquidar la cuenta, que era firmada y enviada posteriormente a cobrar en Los Pinos.

Nos trepamos a los vehículos que nos llevaron hasta un túnel por donde pasaba una vía. Allí abordamos los carros mineros que nos arrastraron hasta el lugar donde estaban perforando con un taladro del tamaño de una casa, escudo, le llamaban.

La tecnología era francesa y permitía ir asegurando paredes y techos. A la vez, un reducido número de antropólogos rescataba cuidadosamente los vestigios que surgían con la perforación. Explicó Díaz Ordaz que en las estaciones se organizarían muestras permanentes con las debidas explicaciones de lo encontrado y su significado. Obvio, no se hizo aunque posteriormente se intentó en nuevas líneas.

El detalle de la obra fue a cargo de algún especialista y el recorrido tuvo cierta emoción en la semipenumbra del enorme túnel que lo mismo se unía que se bifurcaba o caminaba paralelo en dos cuevas iguales.

Después de inaugurada, varios corresponsales fuimos de curiosos a mirar: un sistema de transporte subterráneo a la altura d3 los mejores del mundo.

Quizá sólo superado por los palacios zaristas del Metro de Moscú.Recuerdo amable de un país que a pesar de los empeños oficiales, seguía avante y rebelde. Otro México para nosotros los nostálgicos…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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