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El precio de vivir  

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Miguel Valera  

Conocí a Juvencio cuando cruzaba el umbral de la madurez. Era un hombre recio, fuerte, que se había forjado desde abajo, como empleado de Ferrocarriles Nacionales de México. A pesar de que ya iba encarrerado, en 1999 una decisión del gobierno en turno —que privatizó esa paraestatal— como Forrest Gump, el personaje de Winston Groom, detuvo su carrera en la aún soleada tarde de su vida. Nunca se desanimó.  

¿Cómo le haces?, le pregunté una tarde calurosa, en el umbral del verano, mientras nos tomábamos un caldo de erizo de mar en un bar de ese puerto que amaba tanto. “Échatelo todo. Este caldo es buenísimo, es afrodisiaco”, comentó, al lado de una cerveza ámbar, sudada. Sí, le contesté serio, recordando una clase con mi maestro Francisco Mora, en Paso de Ovejas: sé que tiene un alto contenido en fósforo y potasio, propiedades muy buenas para las células nerviosas y para disminuir la tensión arterial.    

Se sonrió y detuvo el sarcasmo ante mi lapsus de erudición. “Sí hombre, tienes razón, pero sobre todo este caldo se te va directo a los ‘tenates’; es bueno para atender a las damas aquí en el puerto”, sentenció. Una carcajada sonora interrumpió la solemne clase de química orgánica. Comimos negrillo a la veracruzana, su plato favorito y pelamos camarones hasta que los botones de la camisa nos detuvieron.  

Las muchas veces que lo encontré —y siempre se lo decía— me emocionaba su manera de ver la vida, su optimismo, su persistencia ante las adversidades. Mira, me soltó un día, en la vida hay que chingarle. La única calma que vivimos y no siempre, es cuando estamos en el vientre de la madre y cuando somos niños, si es que tuvimos la suerte de contar con padres a nuestro lado, pero de ahí todo es chingarle, chíngale a la escuela, chíngale a trabajar, chíngale para llevar el gasto a la casa, chíngale para vivir. Esa es la vida. No es fácil, es una chinga, insistió, pero es lo más chingón que nos ha podido pasar hasta ahora, me decía.  

Yo lo escuchaba con mucho interés. Siempre tenía una respuesta para todo, una salida, una solución. Lo único que no tiene solución, me repetía, como lugar común, es la muerte. “Pero sabes, me comentaba quedito en ciertas ocasiones, sobre todo cuando ya llevaba algunas cervezas entre pecho y espalda, quizá haya eternidad, un cielo, un paraíso y entonces ese sí tiene que ser más chingón que esto que vivimos acá”.  

Nunca olvidaré sus enseñanzas y la más grande, cuando lo vi en el lecho de muerte. Sabía que tenía que “estirar la pata”, como solía decir. Esa tarde que lo fui a ver, me dijo: “el precio de vivir es la muerte; no hay de otra mi Maikol, así que no te apendejes y vive; no pierdas el tiempo en tonterías. Lo que se puede arreglar, arréglalo y lo que no, ahí déjalo. Un viejo sacerdote me dijo alguna vez que el que hace lo que puede, hace lo que debe; eso tenemos que hacer, así que no te me agüites, vete al Morro a chingarte unas cervezas, unos camarones en mi nombre. Y un favor, cuando me vaya dile a toda la flota que no anden de magdalenas chillando por aquí y por allá; que vivan, porque tarde o temprano les tocará”.  

Desde ese día y hasta ahora, no olvido las enseñanzas del buen Juvencio, las tardes de mariscos y cervezas, las caminatas por el malecón y sobre todo sus palabras, “el precio de vivir es la muerte y hay que vivir, antes de que nos llegue la hora”.  

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