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El rezo de doña Ema

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Relatos dominicales  

Miguel Valera  

Todas las mañanas doña Ema salía al jardín de su casa, tomaba una bocanada de aire profunda para regar las matas de Lirios de Todos los Santos que adornaban su jardín en los meses de octubre y noviembre. La primera vez que la vi parada entre las flores grandes de color blanco, rosa y morado-púrpura, pensé que se trataba de una revelación celestial, porque su cabellera blanca y el sol de la mañana iluminaban profundamente su rostro en la escena florida.  

Ese día se escondió a mi mirada, pero una vez que la conocí, me permitió entrar apenas unos pasos a su jardín, me contó que su esposo le trajo estas orquídeas del cerro de Tepeapulco, un sitio extraño, famoso por el avistamiento de ovinis y que ese día llegó corriendo a tomarse un trago de “crucetillo” con aguardiente, porque le había picado una serpiente. No sobrevivió. Desde entonces, cuando la orquídea florecía le llevaba un ramo a su tumba y otros ramos a la Virgen del templo, porque estaba segura que el demonio había atacado a su esposo.  

Desde entonces, con la sombra de la soledad, doña Ema se alejó de todos y se refugió en sus santos, en sus veladoras, en la misa dominical y en el orquidiario de los Lirios de Todos los Santos que se convirtió en un sitio emblemático. En esa época todo el ejido se volvió famoso. La gente venía o para ver las flores que adornaban casas, plantíos, cerros y cañadas o para avistar los extraterrestres. —Sí, hasta japoneses llegaron a buscar a los ovnis, porque las naves llegaban a la cima del cerro una y otra vez, me dijo Roberto, uno de los jardineros de doña Ema.  

—No, no haga caso a esos cuentos, me dijo un día, seria, doña Ema. Eso es una mentira. Quien habita en el cerro es el mismísimo diablo. Él está ahí, él atacó a mi esposo e intentó llevárselo, pero yo rezo todos los días por él y le ofrezco estas flores a la Virgen para que lo salve de las garras del maligno, me decía vehemente, agitada, con una profunda preocupación.  

Además, me dijo, cuídese de la gente de este pueblo, es mala, está llena de odio, de egoísmo, de lujuria, de vanidad. Todo eso lo castiga Dios con el infierno, con la muerte, con la enfermedad. Yo, que era joven y optimista, que creía en “la gente”, la escuchaba con atención, pero no compartía sus ideas. Para muchos era una “santa” pero para otros un “demonio”.  

Todo lo comprobé hasta que una mañana la gente acudió preocupada con el veterinario del pueblo porque sus gatos empezaron a morirse. Nadie sabía qué había pasado. Pensaban que una plaga gatuna había llegado a la comunidad. El diagnóstico fue contundente: fueron envenenados, dijo el médico. ¿Quién pudo haber hecho algo tan terrible?, se preguntaban. El jardinero de doña Ema me lo comprobó y con ello me di cuenta del ¿dolor o maldad?, que guardaba en su corazón. A la mañana siguiente la vi salir hacia el templo con un ramo de flores. Los feligreses que la escuchaban rezar sabían cómo empezaba siempre: “te doy gracias Señor porque no soy como los demás”. Desde entonces, cada vez que pasaba por su jardín sentía algo raro en mi interior. Por un lado, intentaba comprender su dolor y por el otro su coraje y odio, rumiado por años en la soledad de sus plegaria.

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