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La vida detenida/ 52

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Joven linchado en Puebla

Mauricio Carrera

El pueblo sabio es también violento y salvaje. El espectáculo de la sangre le atrae y lo disfraza de hartazgo ante la pobreza y las injusticias. Ha sido, en tiempos recientes, de donde salen los sicarios del narcotráfico y el crimen organizado, especialistas en crueldades, decapitados, ácidos pozoles de carne humana. Ha sido, desde tiempos inmemoriales, el que está en primera fila de la pirámide sacrificial, de la guillotina donde ruedan cabezas aún pasmadas y donde pueden escuchar el chisporroteo de la grasa de los quemados en la seca leña de las hogueras. Es la chusma anónima que agacha la cabeza ante los abusos de los políticos pero empuña palos, machetes, piedras, contra los indefensos. Son los que llevan sogas para ahorcar al diferente, al fuereño, al ateo, a las brujas. Los que llevan bidones con gasolina para quemar vivos a los acusados de cualquier cosa. Le sucedió a una amiga.

Ojos verdes para hacer despropósitos con mi cordura. Una inteligencia que hacía palidecer a los místicos desorientados en cuestiones de leer más de un libro en toda la vida. Una mujer para mecerla tranquila en el ensueño y en el inagotable deseo. Una alegría sobria en el semblante, una vocación que nunca entendí del todo para ayudar al prójimo en desgracia y a los animales abandonados, un destello de informal elegancia, de ganar lo que quisiera con un trabajo que le gustaba, con el aura de un presente sin sombras y un futuro como una ventana abierta.

La lincharon. Mientras compraba agua en una tiendita de pueblo junto a la carretera, alguien gritó: “¡Es la robaniños!” Bastó para desatar la turba, ese México profundo de odio, de mírame y no me toques, de verdugos en espera de salir a la intemperie. De nada valió lo noble en ella. Tampoco lo malvado, si lo tenía. La tundieron a golpes, la arrastraron, la amarraron a un poste, la desnudaron, la mataron. Se salvó de ser rociada de gasolina por la extraña compasión de una mujer que, exquisitas paradojas de la realidad más envilecida, era de las que azuzaban con mayor ahínco a la innoble masa a perpetuar y hacer crecer la golpiza.

Alguien podrá argumentar venganzas contra la eterna miseria en que se vive. Alguien podrá disculparlos por su salvajismo. Para mí es una fregadera de las ignorantes fuenteovejunas convertidas en inmediatos jueces y en rápidos matarifes. Los casos se repiten, las circunstancias son parecidas. Éste sucedió un año atrás. La indignación me hizo llorar, mentar madres. No quise ver las fotos ni los videos de su injusto martirio (el sufrimiento como espectáculo gratuito para la chusma necesitada de desquite). No hay, por supuesto, ninguna detenida, ningún detenido.

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