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Miguel López Azuara, el periodismo en la piel

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Elvira García

El periodista y funcionario público Miguel López Azuara murió el 29 de septiembre del 2022. Fue longevo: nació en 1934, en Tuxpan, Veracruz. Y su segundo nombre era Melchor, como uno de los tres Reyes Magos, por aquello de llegar al mundo el 6 de enero.  

Miguel se fue de este plano del universo con ochenta y ocho años de edad y, quizá, algunos pendientes sobre el escritorio. Pese a su fatigante y movida vida profesional, en sus últimos años, ya retirado, no quiso dejar de aprender; estaba estudiando alemán vía online, y seguía leyendo libros y, sin duda, periódicos nacionales e internacionales.  

Una de sus últimas tareas fue escribir sus memorias; no sé si las terminó, pero sí que le hizo caso a nuestro querido colega Carlos Duayhe quien le envió un cuestionario para que fuese respondiéndolo, sin prisas pero sin pausas. 

Un quehacer que concluyó hace unos meses fue el que yo le pedí: el prólogo del libro que recién concluí: Cinco periodistas: Julio Scherer García, Miguel Ángel Granados Chapa, Jacobo Zabludovsky, Jorge Saldaña y Virgilio Caballero, con quienes charlé largamente; fueron, en casi todos los casos, las últimas entrevistas que concedieron, y me tocó en suerte que fuese conmigo con quien platicaran, poco antes de fallecer. 

López Azuara no me lo dijo, pero sé que le emocionó mi manuscrito. Se lo envié y lo leyó con entusiasmo y, casi estoy segura, con nostalgia, pues en ese volumen revivo pasajes de momentos determinantes para la vida del periodismo mexicano y para la de Miguel: la historia de Excélsior, el golpe orquestado por el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez y el difícil pero luminoso e impactante nacimiento de la revista Proceso; ambas fueron facetas que López Azuara vivió y protagonizó de muchas maneras solidarias, algunas poco conocidas, pues él no era de presumir  cuando ayudaba.

En este mi séptimo libro, hay también una larga entrevista con Miguel, acerca del caso Excélsior y Julio Scherer García. Durante esa plática, encontré al hombre analítico, pero entusiasta que describía los mejores y peores momentos que vivieron en Excélsior, tanto Julio Scherer, como Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero y el propio López Azuara, cuando una madrugada fría del 6 de julio se vieron acorralados por la mentira y la traición que encabezó Regino Díaz Redondo.

Gracias al texto que Miguel estaba cocinando como prólogo a Cinco periodistas, tuve el delicioso pretexto de hablar con él cuando menos una vez a la semana, a lo largo de dos o tres meses de este año. Al concluir la lectura de mi manuscrito, llamó para hacerme algunas observaciones; fue estricto, aparentemente frío, pero claro y preciso. Era, pues, el López Azuara periodista que revivía sus épocas de secretario de redacción, luego subdirector editorial de Excélsior y, más tarde, subdirector de Proceso.  

Le marcaba yo por teléfono a su casa de Tuxpan y se me iban las horas escuchándolo revivir mil recuerdos; sólo al final tocaba el tema del dichoso prólogo para mí, el cual envió un día, finalmente. Más tardé yo en leerlo que él en mandarme por email una nueva versión, y así ocurrió hasta en ocho ocasiones; se apenaba por ello, y me ofrecía disculpas. No eran muchos los cambios que hacía a la versión original; en realidad, se trataba de una coma por aquí, un mejor fraseo por allá, un nombre completo acullá. Y yo le decía, gustosa: “Miguel, corrígelo cuantas veces quieras, hasta que quedes satisfecho”.  

Cuando se esfumó el pretexto del prólogo, seguí llamándole de tanto en tanto, nomás porque sí, para escuchar alguna historia periodística de ese memorioso Miguel, tan divertido, tan puntual,  con tan buen sentido del humor.

Ya su hijo, el periodista Enrique López Contla, publicó en estas páginas de Porcierto, una puntual y emotiva crónica acerca de la enorme trayectoria de su señor padre, así que no repetiré datos, sólo daré rienda a algunas estampas.

Recuerdo que me contó que, siendo muy chamaco, esperaba con ansias los diarios mal llamados nacionales; éstos llegaban una o dos veces por semana, si bien les iba a los tuxpeños. Miguel los esperaba con ansias, y así los leía, o se los bebía. Uno de esos era Excélsior que escudriñaba de cabo a rabo. Ahí aparecían los reportajes de un tal Julio Scherer García, a quien López Azuara leía con avidez y admiración; le fascinaban sus reportajes, por el buen uso del idioma español, y le movieron las ganas de conocerlo. En  Tuxpan, Miguel escribía en un medio local, pero un día decidió dar el salto: dejar el terruño y probar suerte en la capital del país, y en Excélsior. Llegaría con su amigo y paisano Eduardo Deschamps, un gran periodista al que México todavía le debe un reconocimiento amplio y, al menos, un homenaje de sus pares.

Al llegar al entonces Distrito Federal, Miguel López Azuara se desató, se descubrió con sangre de periodista y se involucró a tal grado en Excélsior que sufrió abandonarlo, como tantos otros que salieron de esa casa el 8 de julio de 1976. 

Pero muy pronto iba a  nacer la Agencia Informativa CISA, e inmediatamente después, Proceso. Y Miguel se metería de pies a cabeza consiguiendo papel, y muchas herramientas más que, aun hoy, hay gente que no sabe que fue López Azuara quien las consiguió para la agencia y la revista, a través de su gran red nacional de amigos y conocidos de gran peso en el gobierno y en la política mexicana.

En fin, habría tanto qué contar. Lo triste es que se ha ido mi amigo don Miguel López Azuara; y lo alegre es que hizo escuela: deja su experiencia en decenas de colegas que laboraron a su lado. Al igual, políticos, funcionarios y periodistas de otros medios tuvieron la fortuna de tratar, charlar, comer y viajar con López Azuara; esas personas también lamentan su fallecimiento. Porque Miguel no sólo fue un excelente colega, también un gran periodista y buen amigo. 

Hoy, el espíritu viajero de Miguel López Azuara ha encontrado el mejor vehículo para ir tras nuevos horizontes: el río Tuxpan. Porque así lo decidió, las cenizas de Miguel se han esparcido en ese su río, el que muchas veces cruzó a nado, en la niñez. 

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