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Morir viviendo

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• El mundo de los muertos

• Aprendiendo a morir: Carmen de Sayve

• ¿Por qué no hay escuelas para esto?

Javier Rodríguez Lozano

CIUDAD DE MÉXICO, lunes 7 noviembre 2022.- Creo haber leído que para Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, la novela es mitad verdad y mitad mentira; yo diría que es, como todo en la vida: “según el color del cristal con que se mira”.

Llegué al periodismo en el mes de mayo de 1966, recuerdo aún aquella portada color morado de la revista Punto, de Antonio Indio Velázquez, con la fotografía del director general del IMSS, Ignacio Morones Prieto, que yo le llevaría a su camerino del Teatro Blanquita, a Marco Antonio Muñiz, porque mi director me pidió que lo hiciera.

(Quería probar si tenía yo agallas de reportero o no, para hacerlo. Por supuesto que lo hice).

El Indio, maestro gráfico de la fuente policiaca, y la exprimera voz del trío Los Ases, se habían conocido en el antro de Graciela Olmos, “La Bandida”, donde también acudían otros parroquianos conocidos en el ambiente de la prensa de entonces, como Alberto Domingo o Luis Cantón Márquez, “El Chino”, padre de los Cantón Zetina.

Pero este no es el punto; el punto es que yo me inicié en aquellos años y con esa escuela, a la que le incorporé otra que yo no conocía y que hasta ahora vine a descubrir, permítaseme la expresión, pero es una expresión intrínsecamente espiritual decir, gracias al sentido deceso de mi señora esposa en días pasados.

¿Y cuál es esa “otra escuela”? Ahora lo puedo decir, antes la sospechaba, pero no me lo creía. Es tan impresionante aquella “escuela” que me voy a permitir contextualizar la narrativa con una anécdota que recordaba este fin de semana con Ileana, una amiga de los Altos de Jalisco.

Le comentaba que cuando ingresé al diarismo mis primeros años fueron en la fuente policiaca, donde resolví muchos casos antes que la Policía (entre 1976 y 1985, después de Manuel Buendía y el terremoto) y mi principal herramienta, a diferencia del método universitario que nunca abrevé, era la intuición, misma que Antoine de Saint Exupéry, en El Principito, describe de otra manera:

“Solo el corazón ve, lo esencial es invisible a los ojos”.

Desde entonces yo sabía ver con el corazón y es con lo que ahora recupero la paz.

Ahora entiendo por qué se sorprendería el sacerdote José Alonso (hermano de Ernesto, el Señor Telenovela) cuando en septiembre de 1947, en el templo de San José, en Aguascalientes, y al derramar el agua bautismal se iluminara mi frente, y ni mis padrinos Carrillo, ni mis padres, ni el presbítero, se explicarían aquel suceso.

El Principito sería una de mis primeras lecturas, además de “Enriquezca su vocabulario” de la revista Selecciones, en la escuela de la vida que me llevó a La Guerra del Fin del Mundo, 100 años de soledad y la Divina Comedia, entre muchas otras lecturas.

Es decir, fueron mis “corazonadas” las que me llevaron a resolver muchos casos policiacos, galardones periodísticos para mí que están en los archivos del periódico La Prensa, por los cuales nunca me interesé -ni me interesaré- en recibir reconocimientos.

Pero ahí están las notas exclusivas y los reportajes, como el de Papá Nabor en la Nueva Jerusalén, de Puruarán, Michoacán; y el plagio de aquel procurador fiscal de la Federación, junto con su familia, a cargo del crimen organizado, a la que un comando policiaco de élite, liberara en un operativo quirúrgico, pulcro, sin detonar un solo tiro, y mi periódico sería el único que publicaría la nota, claro, porque me había robado una copia de la averiguación previa del escritorio del oficial secretario del MP, pero la “sacristía” cometería el error de firmarle aquel trabajo a otro reportero de nombre Gabriel Rodríguez.

Aquellas “corazonadas” las llevé también a la fuente política. Pero repito, no es este el punto. El punto es empezar a hablar a partir de hoy en este espacio, del mundo de los muertos y especialmente de un tema que una especialista espiritual, Carmen de Sayve, denomina: “Aprendiendo a morir”.

Durante 30 años de conversar con los muertos Carmen ha escuchado repetidamente esta pregunta que le hacen las almas del purgatorio: “¿Por qué en vida no hay escuelas que nos hablen de lo que hay al morir”; todavía más dramático cuando un suicida se queja con la médium: “¿De qué me sirvió quitarme la vida si solo cambié de cuerpo?”

A partir de hoy, al periodismo político le incorporaré el relato espiritual, no sé si en crónica o como una novela, ya veré, donde no tendré mucha competencia, porque no es fácil hablar de la muerte que no existe y del miedo a la muerte que es la causa de todos los males, cuando al morir, como escribiera Dostoyevsky, no hay “crimen, ni castigo”, solo la prolongación de la vida, pero esta vez, eterna.

Ya he platicado en este mismo espacio de temas espirituales, como el macro exorcismo ordenado por el Papa Francisco a México, practicado en 2015 en la catedral de San Luis Potosí, para sacarnos unos demonios que han resultado más poderosos, porque siguen aquí, tan sueltos, como cuando asesinaran a Francisco Ruiz Massieu en 1994.

Por supuesto, todo tema que desnude al alma será polémico, aún a costa del prestigio del autor, pero yo me digo al resolver el discernimiento: “¿Qué vale la imagen de una vida de periodista frente a tantas otras de personas que pueden ser ayudadas, enseñándoles qué hay después de la muerte y por qué no deben temerle, porque es sin lugar a dudas, infinitamente mejor que el plano terrenal, pero casi nadie lo sabe?

LA COSA ES QUE…

Esta primera parte lo es también de la presentación del tema: Morir viviendo, a la que le seguirán por lo menos otras dos esta misma semana, luego de las cuales entraremos de lleno al relato integral.

Reitero, la imagen personal del autor, que soy yo, no es nada importante comparada con el nivel de conciencia que mucha gente puede alcanzar con estas lecturas, que le ayudarán a entender mejor al mundo de los muertos y por qué no habrá nada que temer cuando nos llegue el momento, además de lo sencillo que es levantarse de un duelo y recuperar la paz, siempre que se tenga la voluntad de hacerlo.

Muchas gracias.

Qué tal.

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