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…y mandó a parar

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Así coreábamos los simpatizantes de la naciente Revolución Cubana, la Rebelión de los Barbudos a la que se pegaron como lapa todos los izquierdosos del continente, reclamantes habituales a una invitación.

A mi oficina de Prensa Latina llegaban toda suerte de sujetos esgrimiéndolo como pago por su simpatía al movimiento social que paró de cabeza al Universo. A 90 millas de distancia del Imperio, había nacido una Nación que orgullosa, retaba al poder absoluto en el mundo.

Envidiable, en el resto de América Latina surgieron los iluminados que rompieron o pretendían romper el paradigma de los alzamientos populares. En Cuba eran intelectuales quienes habían encabezado la insurrección. Fracasaron en Uruguay, Argentina, México y varias naciones más donde imaginaban que al conjuro de la academia se doblegarían obreros y campesinos.

Cantábamos las estrofas del trovador guajiro, Carlos Puebla, y las repetíamos como un exorcismo: “Y llegó el comandante y mandó a parar”.

No se trataba de haber terminado con las notorias injusticias en un país convertido en burdel y refugio para las mafias de la droga y del juego. No, era un reclamo que en alguna parte aludiendo a la Organización de Estados Americanos, afirmaba que con la isla se habían sentado 31 (países) “más otro que se siente suman 32… con OEA o sin OEA ya ganamos la pelea”.

No era la blandengue trova cubana tan de moda mucho tiempo después. Eran cantos de libertad, de una libertad en la que habían tenido un sólo derecho, morir de inanición.

Al inicio de la lucha era doloroso ver, tal cual sucedía en México en el Mezquital de Hidalgo, a las familias campesinas semitapadas con harapos, colguijes que apenas ocultaban los cuerpos desmedrados, los puros huesos. Las manos de todos, implorando una limosna.

Regados por todo el panorama rural, los bohíos de palma y barro con un solo cuarto que servía para todos usos: dormitorio, cocina —cuando había qué cocinar— y sitio de reunión familiar.

Una caza habitual no siempre exitosa, las ratas de campo, que cocinadas se convertían en un festín. Esa era Cuba, así que cuando llegaron los barbudos, se expulsó a quienes recorrían la geografía en coludos Cadillac acompañados por ostentosas güeras a fuerza; a los marginados les derribaron sus precarias viviendas y los apiñaron en enormes residencias del legendario barrio del Vedado con otras familias; cocina de verdad, baños y tarjeta de racionamiento, vieron la luz, el infinito.

De entrada fue fácil entusiasmar a los cubanos, que salieron en brigadas buscando a quienes alfabetizar, capacitar hasta alcanzar la situación como el país con el menor índice en el mundo de analfabetas. El 99 por ciento de cubanos mayores a 15 años saben leer, escribir.

Hubo escuela para todos y se obligó a trabajar a todo ser viviente. Era la única manera de contar con tarjeta de racionamiento, escasa en su contenido pero ciertamente igualitaria. Nadie almacenaba, nadie especulaba y si había vagos en la familia, entonces tenían que reorganizar el consumo y repartir las limitadas raciones entre todos.

A estos flojonazos que se negaban a trabajar o estudiar, los llamaron “desafectos” y fueron objeto de una represión selectiva: sin imputarles delito, eran enviados al campo a trabajos de redención o reeducación, que no funcionaron, por cierto. Quedaban bajo la lupa de los Comités de Defensa de la Revolución, uno por cada cuadra, desde donde se vigilaba en detalle a cada vecino.

Los CDR surgieron tras dos atentados con bombas, atribuidos a exiliados en Miami y organizaciones patrocinadas declaradamente por el gobierno de Estados Unidos, empeñado en regresar a Cuba al seno continental, vía la OEA, a la que Fidel Castro tituló “el Ministerio de Colonias yanqui”.

Poco tenía de haber visto la luz el naciente Gobierno, todavía no declarado marxista pero ya responsable de la expropiación de más de mil millones de dólares en propiedades en manos principalmente gringas, cuando explotó los almacenes “El Encanto”.

Murieron muchos clientes y gran parte de los empleados, empeñados en rescatar víctimas entre los escombros humeantes de la tienda por departamentos más grande del país.

Poco tiempo después el barco francés “La Coubre” explotó en el puerto mientras descargaba. Cientos de trabajadores del muelle, vecinos, paseantes, fueron casi pulverizados por la fuerza de los explosivos.

En una concentración a la que asistieron casi todos los pobladores de la capital y pueblos cercanos, Fidel propuso, de hecho anunció la creación de los Comités de Defensa de la Revolución. Fue recibido con gran entusiasmo y antes de la siguiente semana empezaban a funcionar.

Dos visiones, la de quienes se dolían por la estúpida pérdida de vidas en los atentados y quienes, a la fecha, los han catalogado como sistemas de espionaje contra el ciudadano común, y de control de toda clase de inconformidades.

Obvio, no todo ha sido lo amable que nos hubiese gustado a quienes nos sentimos de alguna forma partícipes en la gesta inicial o intermedia. Pero es absolutamente cierto que con todos los defectos posibles, los cubanos aceptaban los errores de los barbudos.El cambio de concepciones primitivas pero de contenido popular, por las actuales decisiones emanadas por un gobierno integrado por la burocracia partidaria, es motor indudable de las protestas, sin duda justificadas…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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