JOSÉ MARTÍNEZ M.

CUARTA PARTE

El magnate Carlos Slim comparecía ante el ministerio público por un pleito sobre los derechos de propiedad de la digitalización de Telmex, empresa que recién había adquirido. El demandante Antonio Otero exigía un multimillonario pago de compensación. Slim estaba a punto de ir a la cárcel, sus abogados hicieron malabares para librarlo y que el juicio siguiera sus cauces por otras vías.

En medio de los reclamos estalló una trifulca. Un escándalo del que pocos conocen. Ignacio Cobo –su amigo incondicional– allí mismo se agarró a los golpes con los acompañantes de Otero. En medio del estrépito de las reclamaciones vociferantes, Nacho Cobo con el rostro enrojecido se trenzaba a los puños.

“Hay que hacer algo”, decían los abogados de Slim, a quien sacaron del lugar en medio del bullicio y lo llevaron corriendo hasta donde lo aguardaban varios autos. Esa fue la última pelea de Nacho quien terminó ronco de tantos gritos, retirándose del lugar buscando desesperadamente una cantina para tomarse unos tequilas. Los hechos ocurrieron un año después de la privatización de la compañía telefónica con la que Carlos Salinas favoreció a Carlos Slim.

Treinta años atrás después de que Nacho se trasladó de Chihuahua a la capital del país para realizar sus estudios en el CUM, Carlos Slim fue uno de sus primeros amigos. Nacho se adaptó de inmediato a la Ciudad, con “un costal de buena suerte y grandes regalos”, según evoca su primo Guillermo Arana, uno de los más famosos playboys de Acapulco en la pasada década de los sesenta y que ahora en su vejez vive en Cozumel.

Con el paso del tiempo Nacho se rodeó de amigos y aliados. En la colonia Del Valle donde vivía con su familia, tenía su club privado en un rinconcito de su casa, lleno de grandes y cómodos cojines, objetos interesantes de poco y mucho valor para ser intercambiados o vendidos o simplemente como decoración. Nacho hacía grupo, familia y pandilla con todos sus amigos y cuates: La “Rana”, el “Tico” (que murió en Costa Rica), el “Falso”, José Luis Arana, Carlitos Cárdenas, Pancho y Toño Artigas, Carlos Slim y sus hermanos y amigos, Alfredo el “Coreano”, José Mario, Luis Fernando y otros entre los que había gente peligrosa como Los Gatunos, una pandilla de la colonia Roma, que como otras partes de la Portales, Del Valle, Narvarte, Mixcoac, Tacuba y Escandón marcaban sus territorios, su sagrado espacio vital, las gavillas más bravas con frecuencia se pasaban de la raya y armaban escándalos en las calles, levantaban y violaban muchachas, robaban tiendas y vinaterías porque les gustaba el chupe y ponerse bien pedotes, algunos pocos fumaban marihuana y tomaban anfetaminas.

Las pandillas más gruesas se instalaban en las fronteras de la delincuencia como los Conchos, Los Gatunos y los Nazis de la Portales, que en el nombre llevaban la fama. Así como Nacho era amigo de Los Gatunos también tuvo amigos deportistas como los Pumas del equipo de básquet de la UNAM, donde él era una de las estrellas.

Fueron los tiempos en que Nacho estudiaba en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Nacional, donde cursó hasta el octavo semestre para darle gusto a su papá, en tanto su hermano mayor José Mario y Carlos Slim estaban a punto de concluir sus estudios de ingeniería en 1963.

Nacho abandonó la UNAM y se metió después a estudiar Administración de Empresas en la Universidad Iberoamericana donde se graduó con honores en 1968. Nacho Cobo era un joven apuesto, alto, esbelto y de cabello rubio al que sus compañeros universitarios apodaban El “Mormón”. En esos años cuando alguno de sus amigos se encontraba envuelto en algún problema, sin saber cómo, Nacho los resolvía como por arte de magia o por mañoso.

A diferencia de Nacho quien realizó sus estudios en escuelas privadas, Carlos Slim estudió la preparatoria y la universidad en una institución pública. Fue a la Prepa 1 en San Ildefonso cuando en el Centro se hallaba el barrio universitario. Los primeros veinte años de la vida de Slim trascurrieron en el Centro Histórico donde visitaba las oficinas y la tienda de su papá lugar en el que aprendió a trabajar. Sin habitar en él, Slim estudió, conoció, caminó y vivió el Centro de la ciudad.

En su juventud a Slim le encantaba jugar futbol americano y béisbol en el Parque Lincoln frente a su casa en la colonia Polanco, donde el reloj era el home y su casa donde conectaba los home runs. De adolescente, le tomó gusto a los coches y a echar carreras: “Una vez iba bajando por Palmas cuando me salió un camión y me volqué. Por poco nos matamos”.

En esos años Slim se convirtió en un asiduo visitante de los Cobo, en cuya casa había fiesta todos los días a la hora de la comida, el comedor se hacía cada vez más y más grande para albergar a los incontables parientes y amigos que estaban invitados; en ocasiones se hacían dos o hasta tres turnos para comer. La economía familiar era favorecida de una forma espontánea, el dinero jugaba un papel secundario y todos contribuían con muchas ganas y alegría; jamás hubo una queja o una protesta contra la inquebrantable autoridad de don José Ignacio Cobo, a quien llamaban, el “Monseñor”, y de su esposa doña Lupita.

Los Cobo era una familia feliz. Cuando los hermanos Cobo eran adolescentes y alguno de los hermanos hacían travesuras sabían que serían castigados con la “santa Rita”, un fuete de cuero. Guillermo Arana, quien vivió largas temporadas con la familia evoca: “Quién iba a pensar que de los cuates de Nacho de aquellas épocas, Carlos Slim llegaría a ser el ‘hombre más rico del mundo’? ¿Quién iba a saber qué soñaban los Cobo cuando me tocaba dormir en el cuarto de los hombres, con sus tres literas de dos camas cada una, con sus repentinos malos olores, sus balbuceos y sus sinfónicos ronquidos durante toda la noche? ¿Qué soñaban los Cobo para su futuro?”

Continuará…

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