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¡Buen viaje, “Pepe”! Ing. José A. de la Herrán

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DESDE EL CAMPUS

Rolando Isita Tornell

Estábamos sentados en el extremo de una larga mesa, en alguna celebración social con amigos y colegas divulgadores de la ciencia. Conmigo, él ya portaba un prestigio en la comunidad astronómica, por un lado, y en la comunidad de comunicadores de la ciencia, por otro.

El Ingeniero de la Herrán ya era razonablemente reconocido en la mediósfera

(considérese que el posicionamiento de la ciencia en la opinión pública es precario), junto con los astrónomos Julieta Fierro o Miguel Ángel Herrera. Su tema favorito en la comunicación pública era acusadamente la exploración espacial. Yo llevaba algún tiempo produciendo y conduciendo programas sobre la ciencia en las radios pública y universitaria. El “Inge” me conocía, pero ninguno de los dos nos habíamos visto en persona.

José tamborileaba con sus dedos sobre la mesa, observando a todos lados y a la vez a ninguno. Me hizo pensar en un tipo que conozco y que llevo dentro, tímido y preguntando “qué hago yo aquí” (por lo menos, observar).

En los corrillos de la comunidad había escuchado que el Inge prácticamente nació y vivió en la ingeniería radioeléctrica, su padre tenía que ver con la ingeniería electromagnética de las transmisiones de “La voz de América Latina desde México, con 100 mil watts de potencia”.

“Oye Pepe. ¿Merodeaste en las transmisiones de Gabilondo Soler en vivo, Cri Cri? Sí, fíjate que sí -me contestó-, me gustaba mucho cómo tocaba el piano, pero más me gustaba cómo lo hacía Agustín Lara, ¡porque también merodeaba en “La hora azul!”- como dices. ¡Qué envidia, Pepe!, pero te habrás perdido entonces de las copas de los árboles y de la bicicleta.

-Lo de los árboles todavía lo hago y, chamaco, lo hacía cuando se podía. ¿La

bicicleta? … ¡tuve una (moto) Indian! Y agregó: “Me gustaba, y me gusta aún patinar sobre ruedas. Hubo quien me contó que cuando las salas del entonces nuevo Museo de Ciencias Universum aún estaban vacías, el Inge se ponía a patinar por las tardes con elegantes patines de figura.

El Observatorio Astronómico Nacional de San Pedro Mártir, en Ensenada, tiene tres telescopios ópticos. El mayor, con espejo primario de 2.1 metros de diámetro, tiene una montura que fue diseñada y acoplada por el Ingeniero José de la Herrán, también tuvo que ver con la construcción y funcionamiento de las cúpulas de los tres telescopios. Al respecto, jugando, yo le decía a Pepe “estás inventariado en la UNAM”.

En alguna ocasión, Pepe de la Herrán escenificó en el teatro de Universum, junto con un amigo físico, cómo hicieron para escribir las partituras para piano de las canciones compuestas por Agustín Lara. Él cuenta que aprendió a tocar el piano (y otros instrumentos) de oído y viendo. Practicaba con un piano viejo que su padre instaló en la planta de transmisión de la emisora, donde se pasó buena parte de su infancia.

De tanto observar y escuchar a Agustín Lara en “La hora azul” de la XEW, Pepe de la Herrán podía replicar la forma de tocar del “Flaco de Oro”. Su colega observaba y escribía las notaciones musicales en el papel pautado. “Nos tardamos varios meses en trascribir las canciones de Lara. Hoy, existen programas de computación que detectan los sonidos musicales, los procesan e imprimen la partitura en menos de un minuto”. Esto último era parte de la motivación de Pepe para hacer la dramaturgia de la anécdota, en el escenario de un museo que divulga la ciencia.

José de la Herrán se ocupaba en sus fines de semana en conseguir instrumentos y aparatos antiguos que resultaron de la aplicación del conocimiento o como instrumentos para obtenerlo. Estereoscopios, microscopios; radios de galena, de onda corta, cámaras fotográficas analógicas (se diría ahora), bombillas eléctricas, “linternas mágicas” (primeros proyectores de imágenes) y muchísimos otros. Buena parte de su

colección forma parte del patrimonio del museo Universum de la UNAM, y otra decoró su casa en Coyoacán, a la que nos invitó algún domingo a Enrique Anzures (hoy director de Radio IPN) y a mí.

-Oye, Pepe, ¡seguramente tuviste el Meccano N° 10- le solté. Esbozó gran sonrisa y me dijo: “No sólo el N° 10, sino 10”. Un día te los voy a mostrar”. Ese día llegó en una exposición de máquinas, grúas “pluma”, armadas con Meccano en el museo Universum, por el Inge de la Herrán.

José Antonio Ruiz de la Herrán Esparza es protagonista de muchas hazañas con los telescopios y radio telescopios, de ello hablarán otros. Para mí Pepe fue un niño curioso, inquieto, experimentador, toda su vida. Este es mi homenaje para él.

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