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KAIRÓS

Francisco Montfort

Árbol que crece torcido jamás su tronco endereza. ¿Este es el destino fatal del Estado mexicano? Surgió con los abusos de rapiña de los generales que lo crearon. Ahora conoce otro momento estelar de corrupción con el gobierno del señor López. Un siglo de expoliación de los dineros públicos.

La etapa inicial de exacción de rentas por generales, funcionarios y hombres de negocios, fue considerada, por algunos marxistas, como una nueva fase de “acumulación originaria de capital” de la naciente sociedad burguesa mexicana. ¿Ahora es la fase de acumulación de la izquierda mexicana?

Exacción de rentas de clases parasitarias, que no generan nuevo valor. La racionalidad capitalista sigue débil a pesar de los esfuerzos realizados desde 1986 hasta 2012.

La preocupación por el nivel de corrupción del Estado mexicano ni es nueva ni ha corrido a cargo sólo de la sociedad civil.

Tal vez Adolfo Ruiz Cortínez inició la exoneración de los presidentes y el castigo a sus colaboradores.
Desde su toma de protesta borró la amplia sonrisa de Miguel Alemán Valdés. Y apretó con dureza a muchos de los colaboradores del primer presidente civil de México.

La corrupción de los funcionarios públicos y los políticos fue soportada por la sociedad mexicana durante décadas, mientras los ciudadanos sentían y percibían que los efectos del modelo de desarrollo les aportaban beneficios directos o indirectos.

A partir de 1968 la corrupción se volvió inaceptable. La “década perdida” conoció un clímax en los niveles de corrupción. Con un modelo de desarrollo sustentado en el llamado “capitalismo de Estado” más el “capitalismo de cuates”, con Echeverría y López Portillo, la corrupción fue una de las causas de pérdida de legitimación del sistema priista.

La moderación de Miguel de la Madrid limitó, sin desaparecer, la corrupción. Alcanzó estelaridad durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Y nuevamente el modelo de desarrollo y el decidido empuje a la modernización de mujeres y hombres permitió cierta tolerancia a sus excesos de corrupción.

Ernesto Zedillo perdonó los actos de Carlos, pero no los de Raúl Salinas de Gortari. El sexenio zedillista no fue de escándalos de corrupción. Recuperó el descalabro económico del “error de diciembre” y tuvo un buen crecimiento económico. Dio impulso definitivo a la reforma democrática, reformó el Poder Judicial, permitió la alternancia sin conflictos.

Los dos gobiernos del PAN no tuvieron grandes excesos y escándalos de corrupción, por lo menos no en la figura presidencial. Vicente Fox creó un valioso instrumento para menguar estas conductas mediante el Instituto de Acceso a la Información. Ninguno de los dos presidentes panistas hizo gran cosa por limpiar la corrupción en las procuradurías, el sistema judicial y el sistema de partidos.

El regreso del PRI en 2012 fue catastrófico en este sentido. No sólo aumentó la corrupción y su visibilidad. Irritó y desesperó a la sociedad cansada de excesos de corrupción y de promesas incumplidas relacionadas con su propio bienestar: además no logró revertir la exclusión y la desigualdad siempre existentes desde el siglo veinte en nuestro país.

Este caldo de cultivo facilitó el triunfo del señor López. Y el regreso de la mancuerna fatídica del capitalismo de Estado y capitalismo de cuates con sus niveles de corrupción en gran escala, extendidos, también, por el regreso del patrimonialismo, el descarado nepotismo, los privilegios, de sobremanera los desvíos de recursos (para el Movimiento de Renovación Nacional y para funcionarios y la familia presidencial), la prevaricación y, como novedad, las alianzas con el crimen organizado.

Los escándalos de corrupción que tanto escandalizaron a la sociedad mexicana con otros gobiernos ahora parecen ser, nuevamente, aceptados con resignación (gracias, tal vez, a la distribución de dineros públicos en efectivo) y, en algunos casos, justificados y festejados (porque “los otros robaban más”), al menos por sus seguidores y con el ominoso silencio de sus intelectuales orgánicos y periodistas comprados.

¿Por qué la corrupción en el Estado mexicano ha resultado incontrolable? ¿Es imposible erradicarla o cuando menos reducirla a un nivel que no sea disfuncional para un Estado democrático y moderno, es decir, un Estado exitoso? La solución no depende del voluntarismo de una sola persona, como pretendió el señor López.

La corrupción no se detuvo porque el “presidente no roba”. Paradójicamente (y no tanto) en lugar de desaparecer la corrupción se realiza ahora con los modos del presidente, con hipocresía mayúscula: sobres amarillos y grandes maletas en efectivo, empresas fantasmas, desvío de recursos destinados a los programas de Bienestar, bajo la pantalla de una eficaz propaganda resumida en la frase: “los corruptos eran los de antes (funcionarios y políticos de los partidos tradicionales).

¿Cómo erradicar esta disfuncionalidad del Estado mexicano?
francisco.montfort@gmail.com

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