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David Siller Casasola: La rapidez es lo que cuenta ahora en la comunicación masiva

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David Siller.

*La radio, televisión comercial con sus líderes de comunicación son obsoletos y se están yendo al carajo
*Todo cambia. Ayer el Linotipo, la grabadora, la libreta de notas y muchas monedas de 20 centavos para el teléfono
*Dejamos de ser la región más transparente para convertirnos poco a poco en la zona más contaminada del aire. En una ciudad de ciudades

*Me preguntaron si conocía a Gabo y les dije que desde hacía más de 100 años de soledad, y solté una carcajada.
*¿Qué pienso de México? Voy a utilizar una metáfora. Veo a un sujeto enfermo en una sala de terapia intensiva
*… ¿Lo ayudamos, o lo dejamos morir? That Is The Question.

Por Carlos Alberto Duayhe

Sin riesgo de equivocaciones puedo asegurar que David Siller Casasola es un artista de la pluma: su enorme sensibilidad en el periodismo –en particular la crónica- por un lado, y la creación literaria, por otro, lo describen tal cual.

Aparte es un investigador sin tregua, poseedor de una intuición y disciplina que nos remiten a esa fase de cambios permanentes de la que fue y sigue siendo actor primerísimo; amigo sin tropiezos y eso sí, sus virtudes y amores eternos: la música y su gran chilangolandia.

Aquí, sí que David por David.

“Nací en la ciudad de México en diciembre de 1950. Entonces la ciudad era una metrópoli cuya mancha urbana se extendía de los Indios Verdes al norte, hasta lo que fue la fábrica de papel Loreto y Peña Pobre, al sur; al poniente, la ciudad se extendía de Tacuba a San Lázaro, en el oriente.

Con los abuelos paternos
“Mi madre, mis dos hermanos y yo vivíamos en la casa de mis abuelos paternos con un tío (abogado, gran lector y amante de la ópera y la música clásica). Mis recuerdos arrancan desde los cuatro años, cuando me llevaban al kínder Amado Nervo. En la casa materna había varios tesoros que llamaban mi atención; una biblioteca con libros de jurisprudencia, obras clásicas, infinidad de discos de 78 y 33 revoluciones por minuto, principalmente obras de Beethoven, Chopin, Tchaikovsky, Brahms, Verdi, Vivaldi, Händel, Mussorgsky, Ravel, entre muchos otros y de artistas operísticos como María Callas y Mario lanza; discos de obras operísticas como La Traviata, Aida y Carmen, por citar a unas cuantas. Recuerdo discos con trabajos de Rubinstein, Pablo Casals y Erik Satie. Había también muchos folletos y programas de temporadas en el Palacio de Bellas Artes que organizaba la sociedad Daniels, de la cual mi tío era cliente. Otra joya era un radio enorme de madera de los años cuarenta que tenía ojo mágico y un tornamesa para discos. El lugar de honor lo ocupaba una televisión de la marca Zenit, cubierta con mantelillos de estambre bordados por mi abuela.

Invariablemente, todas las tardes, mi abuela, mi madre y yo escuchábamos por la radio, la XEW, con los programas del bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes, el Panzón Panseco, concursos de aficionados, las radionovelas de Carlos Lacroix y el monje loco, entre muchos otros.

“Durante el día mi madre escuchaba Radio Centro (la música ligada a su recuerdo). Mis hermanos escuchaban 6.20, Radio Éxitos o Radio Mil y mi tío, tomaba por asalto la radio para escuchar la X L A, con toda la programación de música clásica. En resumen, mi cabeza se llenó de música escuchando las voces de Agustín Lara, Curiel, las Hermanas Huerta, Juan Arvizu, María Victoria, María Luisa Landín, Los Panchos, Pérez Prado, la orquesta Aragón, Jorrin, Arturo Núñez, Ray Conniff, Glenn Miller, Ray Anthony, los violines de Villafontana, Perry Como, Frank Sinatra, Dean Martin, Edith Piaf …

Los fines de semana la familia rodeaba a la abuela y veíamos los programas que a ella le gustaban como las peleas de box, la lucha libre y los toros principalmente.

“Mi tío y mis hermanos (los tres ya muertos) eran lectores voraces de libros clásicos, de aventura y ciencia ficción. Antes de aprender a leer, mis primeras hojeadas a los libros, fueron con la Divina Comedia y El Quijote; me entretenían, me gustaban, me fascinaban y me hipnotizan los grabados de Doré y Durero. Pasaba el tiempo deleitándome y observando detenidamente los detalles de estos grabados. Mi hermano Jesús, el mayor, todas las noches me leía las obras de Julio Verne (Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en 80 días, 20,000 leguas de viaje submarino…), de Salgari y su serie de libros sobre el pirata Sandokán.

Mi abuelo
“Mi abuelo, fue uno de los obreros fundadores de Excélsior, laboraba todas las noches en las rotativas, así que a diario llegaba el periódico a casa. A mí me gustaba levantarme temprano los sábados para ir a recoger el diario para separar las tiras cómicas donde se publicaban las aventuras del Príncipe Valiente, Mutt y Jeff, Roland el temerario (Flash Gordon), Educando a papá y la historia según Jimmy Hatlo. Con estas tiras cómicas, aprendí a leer.

Recuerdo que mi abuelo, después de su jornada laboral, pasaba a los expendios de diarios y revistas que estaban ubicados en la calle de Donato Guerra. Llegaba a casa con un grueso paquete bajo el brazo y repartía revistas para la familia. A mí me tocaban los cómics: La pequeña Lulú, Tarzán, Lorenzo y Pepita, los cuentos de Walt Disney, vidas ilustres, el Santo y revistas de Box y lucha, que eran para mis tíos, hermanos de mi madre y que eran luchadores profesionales. Es decir, mi vida a esa edad transcurría entre las letras, la escuela, el futbol americano y la lucha libre.

Mi hermano Rafa (el de en medio), jugaba futbol americano de la liga intermedia en la preparatoria. Me llevaba a los encuentros, acompañado de su novia con la que me quedaba en las tribunas para echarle porras al equipo.

Luchadores profesionales
“Mis tíos, Honorato, Tony y Raúl fueron luchadores destacados los años 50. El primero, por su peso y estatura, se fue a los Estados Unidos para trabajar en los diversos circuitos de este deporte. Tony hizo mucha fama como enmascarado, fue campeón mundial y fue una leyenda. Nunca perdió la máscara y a pesar de su fama pasó desapercibido como persona, hasta su retiro a finales de los años 70. Su hermano Raúl fue muy popular con el mote del Chico Casasola, el novato de oro de 1951, gran pareja del Santo (duraron un año invictos en la Arena México y la coliseo), campeón nacional completo, fue fundador del primer sindicato nacional de luchadores. Hizo fortuna: puso una granja avícola en el estado de Hidalgo, una huevería, una cantina y un gimnasio, el Atlas, en la colonia Guerrero.

Raúl Chico Casasola, pareja de El Santo.

A conocer la gran ciudad, con chocolates
“Cuando cumplí 12 años, mi madre me regaló un radio portátil, que tenía un chícharo para el oído; compraba dulces y chocolates: napolitanos, tehuanos, Tonis, paletas Mimí, chocolates Larín o de Sanborns (manicero, cocolete, tecolote…) y tablillas de chocolate de la Vaquita Woongs. Tomaba un camión o un tranvía y mientras devoraba las golosinas ante mis ojos veía pasar la vida y el paisaje urbano y escuchaba por la radio música de rock, preferentemente Radio Capital y Radio Éxitos. Mis viajes eran por toda la ciudad, bajaba en la terminal de camiones y tranvías y volvía a subir a otros para el regreso. Así conocí varios rumbos de la capital y sus colonias. En vacaciones me gustaba caminar por paseo de la Reforma, Insurgentes, San Juan de Letrán, la Alameda Central, la colonia Santa María la Rivera, San Rafael, la Tabacalera, avenida Juárez…

Disfrutaba comprar discos
“Miraba aparadores de ropa, me metía a las librerías, entre ellas la de Cristal, en la Alameda Central, las librerías de viejo de avenida Hidalgo y la calle Donceles, tiendas de música, pero lo que más disfrutaba era ir a comprar discos en la tienda Mercado de Discos, que estaba frente al teatro Blanquita; seleccionaba varios acetatos y me metía a los gabinetes para escuchar los de los Rebeldes del Rock, las Camisas negras, los Sinners, los Blue Caps, los Hooligans, los Locos del Ritmo, Los Hermanos Carrión, de Elvis Presley, Bill Haley, Boby Darin, Paul Anka, Neil Sedaka, los Venturosos, los Shadows. Más tarde de los Beatles, los Rolling Stones, los Kings, los Zombies, los Yardbirds, Bob Dylan, Moody Blues, los David Clark Five y todos los de la ola inglesa.

Siempre salía con uno, dos o tres discos bajo el brazo para escucharlos en la vieja radio de madera de la casa.

Luego, los cines
“Los jueves era un día de cine y acompañaba a mi hermano Jesús a los estrenos en los cines: Chapultepec, Reforma, Paseo o París. Los sábados, mi tío me daba cinco pesotes para ir a los cines de doble función; revisábamos la cartelera en el Excélsior y me seleccionaba el cine y al regresar tenía que platicarle la historia que había visto en las películas. Los domingos recibía mi “domingo” y me lo gastaba, en las matinés del cine Soto, Apolo, Briseño y Capitolio, o bien en el Avenida donde además de caricaturas veía películas de los Tres Chiflados, el Gordo y el Flaco, el comando Kodik, Bud Rogers, Tarzán, el Zorro, entre otros. Me fascinaban las películas de los monstruos de la Universal, como Frankenstein, el Hombre Lobo, Drácula y el Monstruo de la Laguna Negra, El Hombre Invisible o bien de vaqueros contra indios, de
guerra, de piratas, de caballería, de Hopalong Cassidy, de Robin Hood… todo por 1.50 pesos y el resto de los cinco pesos para palomitas, vaso de Pepsi con hielo y caramelos Salvavidas. A la salida, en la calle de Soto, compraba una paleta de nuez y en una tienda una cajetilla de cigarros Faros, Delicados o Del Prado.

Megalópolis
“La ciudad crecía y crecía. Avenida de los Insurgentes se extendía hasta más allá de Tlalpan. Los Indios Verdes ya no eran el límite de la ciudad, la mancha empezaba a llegar a los rumbos de Ecatepec; más allá de Tacuba, la ciudad ya casi llegaba a Atizapán; San Lázaro tampoco era ya límite, se poblaba la colonia Moctezuma y empezaba a surgir ciudad Nezahualcóyotl. Poco a poco se iban reduciendo las áreas verdes de Magdalena Contreras, Tlalpan y se empezaba a poblar el Ajusco. La Sierra de Guadalupe se poblaba con viviendas mal construidas sobre las faldas de los cerros. Los ríos, se entubaban. Llegaban y llegaban cientos de nuevos capitalinos, que provenían de Oaxaca, Veracruz, Chiapas y Puebla. La ciudad dejaba de ser metrópoli y se iba a transformando en megalópolis. Seguía creciendo. Dejamos de ser la
región más transparente para convertirnos poco a poco en la zona más contaminada del aire. En una ciudad de ciudades.

Frankie
“Por este tiempo, llegó a mi vida Frankenstein. El dueño de un taller de reparación de bicicletas me reconstruyó una con varias piezas de desecho.

Así nació Frankie, una rodada 24, fea pero efectiva. Fue mi compañera por más de dos años, hasta que me la robaron, cuando fui a comprar una torta de milanesa en el Pavito, una tortería ubicada en la calle de Soto. La dejé recargada en un poste y cuando salí, ya había caminado con nuevo dueño.

Sobre ella recorrí todos los andadores de la unidad Nonoalco Tlatelolco, Insurgentes hasta los límites con Tepito. Con Frankie circulé por toda mi
colonia, la nueva Santa María, San Rafael, el Centro, la Doctores, la Roma y la Condesa. Por supuesto, la Alameda central y Chapultepec.

El maestro Larrondo En 1966, cuando terminé la secundaria (la 4, ubicada en San Cosme y Naranjo), entré a la preparatoria, donde me pasé los mejores años de mi adolescencia. Ya para concluir el segundo año de bachillerato, en una hora libre, fui a la cafetería de la prepa y ahí encontré a mi maestro de literatura, Ignacio Larrondo, quien me apreciaba mucho. Me invitó a su mesa y en la plática me preguntó a qué área me iba a encaminar en el último año de bachillerato. Le dije que entraría al área de Humanidades; que quería estudiar Letras Españolas o Historia. Me preguntó si mi familia era adinerada.

Le respondí que éramos clasemedieros. Se sonrió y me volvió a cuestionar:

¿Por qué quieres estudiar Letras Españolas o Historia?
-Porque quiero ser escritor, contesté.

¿Has escrito algo?, preguntó.
Saqué de mi portafolio un manuscrito, de algo que yo consideraba un cuento.
Se lo mostré. Prendió un cigarrillo y empezó a leer, mientras daba sorbos al café. Luego de varios minutos. Levantó la mirada, me observó y sonriente me dijo:
“Escribes fatal, con faltas de ortografía y tu sintaxis es un desastre, hay muchas deficiencias en la redacción, pero tu historia no es mala, esto parece un fusil a Gustavo Sainz o José Agustín. Está bien que quieras ser escritor, pero no vas a ganar dinero y si estudias Letras Españolas o Historia, vas a terminar como yo, dando clases todo el día para sobrevivir”, y soltó una carcajada.

¿Por qué mejor no estudias periodismo? Los mejores escritores han sido reporteros como por ejemplo Wiki Collins, James Joyce, William Faulkner, John Dos pasos, Ernest Hemingway o Norman Mailer. ¿Has leído algo de ellos?
-No—contesté— nada.

-Te voy a prestar unos libros, entre ellos uno que te va a interesar, se llama El oficio del Escritor.

Al día siguiente puso en mis manos: Sin novedad en el Frente, de Erich María Remarque; El Enviado Especial, de Ernest Hemingway; Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed; Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer; la Dama de Blanco, de Willki Collins y el mencionado: El Oficio del Escritor.

-Te los regalo—me dijo— y ojalá un día me des la sorpresa de ser un gran periodista y un buen escritor.
Jamás volví a ver al maestro Larrondo. A los tres años de este encuentro, murió. Le guardo un grato recuerdo.

De la UNAM a… “ahí te lo dejo”
Un año después llegué a la Facultas de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Por esta época, entré a trabajar al periódico Excélsior, con ayuda de un tío quien me llevó a la oficina de Don Julio Scherer García, en Reforma 18.

Don julio me abrazó y del hombro me llevó hasta el escritorio del jefe de información, don Arnulfo Uzeta.


-Compadre—le dijo—aquí te traigo al sobrino del maestro Casasola, que quiere ser reportero, a ver qué puedes hacer por este estudiante de
periodismo. Ahí te lo dejo.

El señor Uzeta, me miró de arriba abajo y me dijo:

Así que usted es un periodista de probeta. ¿No?
Se rio y expresó:
-Está bien, preséntese usted mañana.
Inicié como ayudante de redacción. Así pasaron dos años.
Más tarde, como suplente en la mesa de redacción, luego como redactor en el departamento de corresponsales. Un día me solicitaron para ayudar en la sección B que dirigía Ana Cecilia Treviño, quien me dio la oportunidad de publicar mis entrevistas con escritores como José Agustín, Gustavo Sainz, René Avilés Favila, Gerardo de la Torre, Luis Carrión, entre otros. Algunas entrevistas eran ilustradas por Rogelio Naranjo, quien más tarde se convertiría en cartonista de las páginas editoriales.

En 1975 el director de Últimas Noticias, primera edición, don Jorge Villa Alcalá, me dio la oportunidad de reportear policía. Así se fue cumpliendo la profecía del maestro Ignacio Larrondo de que reporteando encontraría los temas para mis historias.

Don Julio
Un año después, el 8 de julio de 1976, se dio el llamado golpe a Excélsior y con un grupo de reporteros y editorialistas, salimos de ese diario
solidarizándonos con don Julio Scherer.

Al unomásuno: ya deja de escribir pendejadas, me dijo Carballo

Carlos Narváez, Víctor Manuel Juárez, Jorge Fernando Ramírez de Aguilar y
David, en el unomásuno.

De manera breve pasé por Proceso, éramos muchos para estar en la redacción de la revista. Don Jorge Villa, me invitó a trabajar en el Diario de
México. Estuve también poco tiempo y Enrique Loubet jr, me incorporó a su equipo en la dirección de comunicación social del Conacyt. En 1977, Manuel Becerra Acosta, me dio cobijo en el UNOMASUNO, donde aterricé en la sección cultural y ahí realicé muchas entrevistas, crónicas y reportajes. Mi amigo Marco Aurelio Carballo, me invitó un día a comer y me dijo: ya deja de escribir pendejadas y ponte a reportear en serio. Y va de nuez, otra vez a policía; luego, a hacer suplencias en todas las fuentes. Me tocó cubrir la gira por la ciudad de México, del entonces candidato a la presidencia de la República por el PRI, José López Portillo. Realicé varias crónicas que le gustaron a Don Manuel Becerra Acosta y le sugirió a Carballo que me designara para la sección urbana, donde publiqué infinidad de crónicas y reportajes. Más tarde me nombraron coordinador de la sección. Dos años después, me nombraron subcoordinador de información general y ahí estuve hasta 1983, año en el que hubo una separación de reporteros, editorialistas y directivos que se fueron a fundar La Jornada. Unos meses después, recibí
otra invitación para ir a trabajar al canal Once, en el área de noticias, como jefe de redacción. El trabajo de escritorio me fastidiaba, me aburrí y
renuncié.

Revista Época
En 1992 pasé a formar parte del grupo de directivos de la revista Época que dirigió magistralmente Abraham Zabludovsky. Ahí trabajé durante siete años como editor de la sección Camaleón. Abraham vendió la revista y al poco tiempo ésta tronó económicamente y salí de ese lugar, antes de que echaran a la calle al equipo con el que se elaboraba la revista.

A la Corett
Me tomé un año sabático y posteriormente fui invitado a coordinar la dirección de comunicación social de la Corett, dependencia de la entonces
SEDESOL. Ahí estuve seis años. La edad se me vino encima, tenía ya 60 años, me dieron una excelente liquidación y durante un breve tiempo me dediqué a dar asesoría en materia de comunicación a dos gobiernos estatales. Junté un dinero y busqué mi libertad financiera y puse un negocio del que vivo hasta la fecha y además me pensioné y ahí la llevo.

Una novela
En mis ratos libres, escribo lo que hasta ahora es un proyecto de novela, cuya historia ubico en los años de 1930 a 1950, la ciudad de México es el escenario, donde se desarrolla la trama.


En la redacción de Diario de México. Entre los ahí presentes Rafael Rodríguez
Castañeda, Miguel Ángel Rivera, Federico Gómez Pombo, Ramón Márquez,
Francisco Cárdenas Cruz, Don Jorge Villa Alcalá, Emilio Viale, Juan Aguilera,
Leopoldo Gutiérrez. Abajo: Rodolfo Rojas Zea, Roberto Vizcaíno y David, el
último a la derecha.

-David, sé que muchas personas se pueden omitir, aunque ¿quiénes están presentes en tu gran carrera de periodista y escritor?
-Mis maestros, compañeros y personas a quienes les tengo admiración y reconocimiento son muchos. Mencionaré a los que considero más significativos: En la UNAM: Fernando Benítez, Hugo Gutiérrez Vega, Manuel Michel, Manuel Buendía, Gustavo Sainz…

Del oficio: Julio Scherer García, Manuel Becerra Acosta, Ana Cecilia Treviño, Jorge Villa Alcalá, Eduardo Deschamps, Enrique Loubet jr, Jaime Avilés y Miguel Ángel Velásquez, sólo por mencionar algunos.

Admiro a muchos escritores cómo Wilkie Collins, James Joyce, Jane Austin, las hermanas Brontë, Hanna Kent, Víctor Hugo, William M. Thackery, Leon Tolstoi, E.T.A. Hoffman, Bram Stocker, J.R.R. Tolkien, H.P. Lovecraft, John Dos Passos, Mario Puzo, George R.R. Martín, Bradbury, Andrzej Sapkowski, Manuel Payno, Ángel de campo, Ricardo Garibay, Jorge Ibargüengoitia, José Agustín, Gustavo Sainz y René Avilés Favila, entre otros.

¿Y de tus periplos profesionales?
-Muchos. Mencionaré tres:
La primera: En 1975, tenía fama de ser buen entrevistador de escritores. Una tarde un reportero de Excélsior me preguntó si quería hacer una entrevista con un gran escritor. Me dijo que él tenía una cita con el autor, pero que la dirección le había encomendado la realización de un trabajo fuera del país. Le dije que estaba interesado en dicha entrevista y en una cuartilla me escribió día, hora y lugar en el que el escritor me esperaría. Me presenté el día indicado en unas suites de la calle de Hamburgo en la Zona Rosa. Toqué la puerta y casi se me caen los pantalones. Ante mis ojos estaba Mario Vargas Llosa. La entrevista se publicó en Excélsior y más tarde la seleccioné para conformar mi libro Aquí, Allá y en Todas Partes, que el Conaculta publicó en la serie de Periodismo Cultural.

Mario Vargas Llosa.

La segunda: Una tarde, leía el Excélsior, mientras me zampaba una torta de queso roquefort con aguacate que compré en la cantina la Mundial. Ahí estaba pasándome la torta con una Coca-Cola. De súbito entró a la redacción Don Julio Scherer: Hermanito ven por favor. Me tomó del brazo y fuimos a su oficina: Mira hermanito, toma las llaves de mi coche y ve a dejar a Don Julio Cortázar al hotel Camino Real. Le devolví sus llaves y le dije que lo llevaría en mi auto, un Renault R8. No sé cómo, pero el Cronopio Mayor, entró y cupo en el carro compacto. Iniciamos la charla. Me preguntó cuál era mi función en Excélsior. Le hablé de mis trabajos periodísticos y recordé el libro que me regaló el maestro Larrondo. El Oficio del Escritor y empecé a cuestionarlo: ¿a qué hora escribe?, ¿cuánto tiempo?, ¿escucha jazz, mientras escribe?,
etcétera. Preguntas breves y sencillas. Llegamos a su hotel, nos despedimos en la entrada; me dio un apretón de mano acompañado de una palmada en el hombro y me deseó suerte en el oficio. Llegué a la redacción y ahí estaba Marco Aurelio Carballo a quien le conté mi experiencia. Me dijo que era un pendejo, por qué no llevé grabadora, ni tomé notas. ¿Te acuerdas de todo lo que te dijo?, Me preguntó. Le dije que sí y me apuró: Pues escríbelo ahorita para que no se te olvide. Así lo hice. Le mostré mi escrito y me ayudó en la redacción. Dos días después, la entrevista se publicó en la sección B con un gran desplegado y;

Julio Cortázar

La tercera: A finales de 1975, Ana Cecilia Treviño me dijo que tenía para mí una gran entrevista. Me dio el teléfono de la casa de Gabriel García Márquez.

De inmediato marqué y el mismo Gabo contestó la llamada. Le solicité la entrevista y me citó al día siguiente en su domicilio. Acudí al archivo de Excélsior y saqué copias de las entrevistas y todo lo relacionado sobre la obra del escritor. Estudié la información y al día siguiente me presenté a la cita.

Me abrió la puerta la sirvienta y ya Gabo me esperaba en la sala de su departamento. Saqué el tambache de copias, puse la grabadora. Me miró y me dijo que traes ahí. Le mostré las copias. Y empecé a cuestionarlo. Con una sonrisa me ordenó: Guarda todo eso y mejor conversemos. Esa entrevista, también la publiqué en Excélsior y posteriormente pasó a formar parte del contenido de Aquí, Allá y en todas Partes.

Secretaría de Cultura.

Dos años más tarde, un grupo de reporteros platicábamos en la sala de redacción de la revista Proceso. Todos callaron cuando Gabo hizo su
aparición:

¡Hola Gabo!, lo saludé. Me sonrió y se dirigió hasta donde estaba yo.
¿Cómo estás? Me abrazó y me preguntó:

¿Qué es de tu vida? Breve charla y le cuestioné:

¿Qué te trae por acá?
-Vengo a ver al jefe ¿está?
-Te acompaño-le respondí-y subimos a la oficina de don julio. Me despedí de él y bajé para reunirme con mis compañeros, asombrados me preguntaron si lo conocía y les dije que desde hacía más de 100 años de soledad y solté una carcajada.

Gabriel García Márquez

Pasan los años y lo digital en el horizonte ¿qué dices tú?
-Las expectativas que veo en la era digital. Todo cambia. Ayer el Linotipo, la grabadora, la libreta de notas y muchas monedas de 20 centavos para el teléfono. Hoy día puedes grabar, tomar fotografías, video, con un teclado escribir y mandar la información por celular. Los diarios impresos tienden a desaparecer. Hoy, por aplicaciones, redes sociales o en YouTube, entre otros sitios, estás informado con sorprendente rapidez. Ya no tienes que esperar al día siguiente para consultar las noticias. Hay muchos comunicadores que tienen sus propios canales y son muy buenos. La radio, televisión comercial con sus líderes de comunicación, son obsoletos y se están yendo al carajo. Ya están viejos y aturden con sus gritos para informar. Ya tienen poca credibilidad. Prefiero informarme en las redes sociales o en las páginas que tienen diarios y revistas. Leo principalmente columnas para tener así el contexto de la información. Ya no tengo que esperar hasta el día siguiente
para informarme. Por ejemplo: En el juicio de Genaro García Luna, a los 10 minutos de que se dio el fallo, ya las redes sociales tenían abundante información al respecto. Dos horas después había una gran cantidad de opiniones de diversos comunicadores. Para qué esperar entonces los noticiarios de la noche, los opinadores de la radio comercial o las publicaciones del día siguiente. La rapidez es lo que cuenta ahora en la comunicación masiva. Así lo veo yo y creo que todavía me falta por ver más innovaciones en la era digital de nuestros días.


-Bueno, y del país, desde tu perspectiva ¿qué piensas ahora?

¿Qué pienso de México? Voy a utilizar una metáfora. Veo a un sujeto enfermo en una sala de terapia intensiva. Está gravemente enfermo con
adicciones de alcoholismo, drogadicción, depresión, angustia, situación que lo lleva a ser violento. Está acostumbrado a la corrupción, mal nutrido, neurótico. Estos males los ha soportado durante años, décadas. Puede sanar, pero su rehabilitación no será rápida, tardará varios años. Ha padecido la burocracia. Su salud, educación y trabajo es muy deficiente. El lugar donde vive es deficiente en producción de alimentos, con una economía muy raquítica. Está saturado de propaganda política, cree poco en los partidos políticos y sus líderes. No sabe cómo buscar nuevas formas de organizarse socialmente para lograr vivir en una auténtica democracia, pero sigue creyendo que un día todo cambiará. Piensa que su medio ambiente mejorará, que sus ríos y mares y recursos naturales serán limpios. Piensa que todos sus males terminarán cuando el centralismo y la concentración se acaben… ¿lo ayudamos, o lo dejamos morir? That Is The Question. ¿Cómo ves? porque yo así lo veo. Es un tema difícil y polémico. Pero yo no soy político militante, sólo soy un simple comunicador, que quiere un mejor país para que vivan mejor las nuevas generaciones.

Hasta aquí esta entrevista con David Siller. Hace muchos ayeres, muchos, que no nos vemos en persona. Guardamos amistades de mujeres y de hombres en común y de vez en vez de su vida sé algo por reuniones de exalumnos universitarios o vía las redes. Recuerdo que tenía un gran auto amarillo, creo Chrysler, allá por los ochenta. Sea cual fuere, eso sí, amigo que estuvo, está y estará hasta por cien años y no de soledad. Abrazo defeño donde esté.

Aquí, allá y en todas partes

DAVID SILLER
Aquí, allá y en todas partes reúne el trabajo periodístico de David Siller en siete apartados: La Literatura, El cine y sus tramas, La música, Lo popular, La ciudad, Algo de la colección particular y La otra realidad.

A decir de Rafael Cardona, prologuista de este título: Los textos que conforman este volumen son de alguna manera como pájaros de diferente especie que volaron por diversos cielos y que no tienen nada en común sino llegar ahora a esta jaula de páginas donde cada uno será fiel a su trino y podrá convivir con los otros plumajes, porque al igual que las aves fueron hechos por un mismo creador.

La diversidad de temas o colores no evita la similitud esencial de estas palabras en jaula de papel. Su autor, David Siller, es también un hombre de muchos tonos y diversos matices que se emociona con el tope a través de las cuerdas en una arena de lucha libre que queda en trance de éxtasis cuando escucha una guitarra de bolero, de jazz o de rock and roll. Le interesa lo mismo Budy Holly que Ninón Sevilla, Agustín Lara
o Chava Flores.

Lo importante es que David Siller no llega a este punto de su trabajo desde la poltrona de una biblioteca, sino a través del ejercicio constante de una profesión que envuelve y fascina: el periodismo, que ejercido con limpieza y curiosidad intelectual se convierte en literatura, testimonio y alegría. Secretaría de Cultura.

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