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Disquisiciones…

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Muertes por Covid.

No me quiero morir, pero me encuentro en un limbo en el que puedo asegurar que tampoco me importaría mucho; pienso no en mi que tengo la fortuna de casi llegar al otro extremo de la madeja.

Me parece muy acertada la fatalista expresión mexicana: no tengan miedo, muchachos, que para morir nacimos.

Doce meses de reclusión en los que he variado la percepción sobre vida y muerte. Si al inicio del encierro me apachurraba un poco leer en la lista de fallecidos los nombres de amigos, conocidos y personas admirables por cualquier causa, a estas alturas no me alteran en absoluto.

Pienso, eso sí, en los que quedan detrás. Finalmente uno se muere y ya. Pero los que quedan siempre con el dolor de una ausencia, la partida de un ser querido.

Para mi la muerte es la culminación de un ciclo: nacer, crecer y morir. Es natural y estoy convencido de que al fallecer, mueren las neuronas, se apagan recuerdos, sentimientos y se pasa sin remedio a la nada.

No creo en los caminos de luz ni en otros planos celestiales. Ni creo tampoco en las invocaciones a los poderes divinos. Si existen, son crueles, inhumanos y juegan con nosotros.

Imaginen un Dios de bondad, tal así, que en sus ratos de ocio se le ocurrió intentar el exterminio de la raza humana. El propósito no podrán explicarlo los más sabios doctores de las leyes sagradas.

No es una prueba dentro de eso que llaman los caminos de Dios a los que se cuelga la trilladísima frase de: Son inescrutables, no sabemos pero aceptamos que Dios tiene un plan.

Me parece que el proyecto es acabar con los bichos que pululamos por todos lados, dejar que resurja la naturaleza en todo su esplendor.

Hoy, y lamento compartirlo pero estamos en la tesitura de ser francos, realistas y algo que nunca llegará, empáticos.

El encierro, la limitada visión del mundo ha propiciado una callosidad en los sentimientos. Veo pasar la información de quien se nos adelantó, con mente serena y sin agobios sentimentales. Los muertos están muertos, enfatizó el Gatell en una de sus intervenciones publicitarias.

Repetimos la matanza que no cesa pero de acuerdo con la experiencia, los empezamos a contar, son números no personas, salvo que caigan en un ámbito íntimo, familiar, amistoso.

Me apena el adormecimiento de mis sentimientos. Maximo que anuncios, obituarios y condolencias no me provocan frío ni calor.

A partir de la eterna matadera que comenzó con Felipe Calderón, aprendimos que muchos muertos son sólo parte de una estadística, pero sin merecimientos para el llanto.

Y sí, en los anuncios de que tal o cual pasaron “a mejor vida”, se cuelgan toda suerte de frases, pensamientos que nunca rinden homenaje al muerto, sino que buscan representar la humanidad y el ingenio de quien escribe una condolencia.

Reitero mi poca disposición para morirme pero igual quiero que se entienda que no me asustaría saber que estoy en la lista.

Sin enfermedad ninguna, todavía lúcido y con ligeros achaques en la movilidad, desde luego que por edad ya debo tener cerca la raya. La que marca el fin de una existencia.

Me angustia pensar en la reacción de mis tres hijos. Los nietos no me conmueven porque son tan jóvenes y se están abriendo camino en la vida, ellos olvidarán pronto y que maravilloso que así sea.

Lo que divaga mi pensamiento es por la ausencia de dolor en cuanto a la pérdida de amigos y conocidos. La familia bien, por fortuna.

Me gustaría que me incineraran. Y que mis cenizas se depositen en la más rústica maceta de barro donde habrán de sembrar un árbol, cualquier árbol.

En los doce meses de claustro, mi esposa, Magdalena y yo, reencontramos algo que no habíamos perdido: la solidaridad, el cariño, el buen humor y sobre todo, una cercanía que al alcanzar casi 60 años de vida marital, hemos conservado y estimulado.

Si lo vemos con ojos comprensivos, puedo afirmar que la pandemia a nosotros, en cierta forma, nos ha beneficiado mucho. Y lamento decirlo porque en mi afirmación no hay desdoro ni complacencia, no nos cayó como anillo al dedo. Es una desgracia que festinan los lópeces y que sufrimos los demás.

Siento pena por mi carencia de emociones ante la incontenible cauda de malas nuevas. Personalmente tengo buena disposición para jalarle las barbas a San Pedro o, admitiendo que nunca fui un santo, retorcerle el rabo a Belcebú.

En fin, como no espero tumba, no pienso en mi obituario. Y para los que pierdan su valioso tiempo leyendo esta cadena de sandeces, no tengo un solo malestar por lo que amenazo con seguir cascareando la canica, expresión de doña Borola, por lo menos hasta que el Peje desocupe el Palacio Virreinal.

Se me ocurrió lo aquí dicho, porque ya lo he comentado, mi madre y mi hermana murieron al cumplir 83 años, mi hermano acaba de fallecer al apenas entrar a los 84.

Si respeto la que parece jettatura familiar, estoy en espera, pero si vivo hasta que YSQ abandone la Silla del Águila, entonces tengo para medio siglo más…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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