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El gran Petróvich

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De La Torre Gerardo

La noche del 23 de diciembre de 2011 sonó mi teléfono. Dormía y
no me dio tiempo de contestar. Dejaron un mensaje:«Llámeme
cuanto antes, es importante. Felipe Cazals». Felipe estaba en
Acapulco y le llamé cerca de las once de la noche.
—Le tengo malas noticias —dijo el cineasta.
—Me las imagino.
Dos semanas antes me había enterado por los periódicos de que
Pedro Armendáriz había viajado a Nueva York para que lo atendiera
un especialista. Tenía una molestia en un ojo y sospechaban que el
problema lo causaba un tumor. En Nueva York inmediatamente lo
hospitalizaron.
—Petróvich no va a regresar de Nueva York —dijo Felipe Cazals con
voz tensa, seca.
—¿Cómo? ¿Qué pasó?
—Nomás eso le digo. Pedro no va a regresar.
Hubo un silencio largo, agobiante.
—Tómelo con calma —dijo Felipe—. Uno por uno nos iremos
yendo, no hay remedio. —Y colgó.
Dormí mal. Cualquiera. Y el día siguiente, a la hora de comer,
descorché una botella de champán que Pedro me había regalado y

que guardaba para alguna ocasión especial. Difícil hallar otra
ocasión tan especial. Serví copas para la familia, incluida la sobrina
de catorce años. Alzamos las copas y brindamos por Pedro. Así
sencillamente. Por Pedro.
Empecé a tratar a Armendáriz júnior hacia 1980. Eran tiempos
difíciles para el cine mexicano. Gobernaba el país José López
Portillo, quien colocó a su hermana Margarita al frente de la
cinematografía. Pronto, el cine nacional se hundió en el marasmo y
mucha gente de la industria (directores, fotógrafos, editores,
escritores, técnicos e incluso choferes, utileros y demás) emigró a la
televisión.
Por esos años comencé a trabajar en una casa productora llamada
Arte/ Difusión. Hacíamos para la tele programas culturales y
educativos en los que participaban directores como Felipe Cazals,
Gonzalo Martínez, Alberto Bojórquez, Jorge Fons, Arturo Ripstein,
Julián Pastor, Alberto Mariscal…
Yo era guionista y coordinador de guionistas. Pedro Armendáriz
llegó como jefe de producción.
Nos hicimos buenos amigos y días más días menos, aparte de la
discusión de ideas, proyectos y enmiendas, nos sentábamos a
comer en el restaurante de los Estudios Churubusco y no
desdeñábamos whiskies y tequilas.
Uno que otro viernes, en etapas de soledad o saciedad conyugal,
nos refugiábamos en el Antillanos de la colonia San Rafael y
bailábamos salsa con irreprochables desconocidas.
Pedro era un hombre afable y de gran sencillez.

En los foros cinematográficos (que frecuentó desde niño,
acompañando a su padre) se llevaba bien con el mundo entero, del
director al más humilde ayudante.
Aún hoy, con frecuencia me parece oírlo dirigiéndose a un
compañero actor, al fotógrafo, al utilero: «¿Qué hubo tú, cara de
sopa?» Todos éramos cara de sopa.
Agradecimos siempre su sentido del humor.

Una tarde, sentados en el bar de los Churubusco, contemplábamos
su rostro tristón, atribulado. «¿Qué te pasa, Pedro?». El actor
meneó la desconsolada cabeza, dijo con voz apagada: «Este año no
he ganado ni un solo peso». «Hombre, Pedro, será cosa pasajera,
algo te ha de caer». «Ni un solo peso», repitió Armendáriz, y de
pronto su rostro se iluminó: «¡Puro dólar!», dijo. Y echó a reír.
En 1977 Antxón Eceiza y Armendáriz se hallaban en Moscú,
invitados al festival de cine para presentar el filme Mina, viento de
libertad, dirigido por el vasco Eceiza, quien era simpatizante
declarado de la ETA (Euskadi Ta Askatasuna, País Vasco y Libertad)
y no se sentía nada cómodo en la Unión Soviética.
Una mañana —refirió Antxón— estando en el baño escuchó golpes
muy fuertes en la puerta de la habitación y una voz profunda, muy
rusa, que decía algo como: «Vrinska vresivaias skaravinskaia
bialuski, ¡pasport!». Y de nuevo los golpes y la voz rotunda:
«Sviodinesk soravkaskjo marganaia traskeren, ¡pasport!». Deprisa,
nervioso, abandonó Eceiza el baño y se puso a buscar en la maleta
el documento que entendía le solicitaban.
Mientras, el vozarrón y los golpes, cada más sonoros, resonaban en
el cuarto. Al fin, con el pasaporte en la mano y el cinturón aún sin

abrochar, Antxón abrió la puerta y se encontró con el sonriente
rostro de Petróvich Armendáriz. ¡Pinche Pedro!
Antxón Eceiza murió en San Sebastián, a los setenta y seis años,
poco más de un mes antes que Pedro.
A Armendáriz hijo le encantaban las bromas, y cuando le tocaba ser
la víctima sabía encajarlas y reírse. «Tú tienes más nombre que tu
papá, Pedro». «No, hombre, cómo crees. Mi padre trabajó con John
Wayne, con Orson Welles, con Sean Connery». «Sí, pero tú eres
Pedro Armendáriz júnior, seis letras más».
Arquitecto de profesión, Pedro comenzó a labrarse la carrera de
actor luego de la muerte de su padre en 1963. Debutó en el filme
Fuera de la ley (1966), dirigido por Raúl de Anda hijo, y a lo largo de
su existencia participó en más de 150 películas.
Su madre, doña Carmen, ha sostenido siempre que Pedro era mejor
actor que su padre. Palabras más palabras menos, dijo que Pedro
su marido era actor de un solo registro y Pedro su hijo era mucho
más versátil.
Pedro hijo de Pedro comenzó a internacionalizarse casi desde el
principio de su carrera. En 1967 participó en The Undefeated, filme
de Andrew McLaglen, y contaba Armendáriz:
«En mi primera escena, a caballo, tenía a John Wayne a mi
izquierda, a Rock Hudson a mi derecha. Y me estaba meando del
susto».
En esa escena, Wayne acaba desenfundando la pistola y despacha
al otro mundo al bandido Escalante, personificado por Pedro. Para

Pedro era motivo de orgullo que lo hubiese matado John Wayne,
aunque fuera en película.
La realidad fue más cruel. Pedro no sabía que se hallaba al borde
del final. Entiendo que se dio cuenta en Nueva York, internado en el
hospital. Uno de sus hijos contó que solamente les dijo: «Nada de
lloriqueos».
La familia le concedió a Pedro el funeral que quizás hubiera
deseado.
A la muerte de su padre —el protagonista intachable de
Enamorada y María Candelaria—, después de despedirlo en la
funeraria, la banda de irlandeses legítimos o adoptivos (John Ford,
Wayne, Victor McLaglen, Ward Bond, Harry Carey Jr, Ben Johnson)
se encerró en la casa de Wayne a beber whisky horas y horas y a
cantar baladas irlandesas en honor del difunto.
Llegada la hora de Pedro hijo de Pedro, una tarde de enero nos
congregamos los amigos en su casa. Sobre una pequeña mesa
estaba la urna que contenía sus cenizas, una botella de Macallan,
una cajetilla a medias de cigarros Camel.
Y fotos, muchas fotos. En los muros, sobre las sillas y los sillones, en
los libreros, habías fotografías de Pedro rodeado de sus amigos.
Corrieron el whisky, el tequila, los tintos; también algunas lágrimas.
Las vidas tristes que se recluyen y se agotan en sí mismas, por poco
que duren parecen siempre dilatadas, perennes, fatigosas.
Hay en cambio vidas ricas y fecundas que se vuelcan sobre los
demás y con su fuego alumbran destinos ajenos.
Y qué breves resultan sus destellos aunque se trate de vidas
prolongadas. Así fue el tránsito de Pedro, pleno de energía y de
pasión.

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