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El poder sólo quiere silenciar a las otras voces

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Stephen Greenblatt y Antonio Saborit. Foto: Barry Domínguez.

Stephen Greenblatt es profesor en la Universidad de Harvard y autor de una extensa obra: Sir Walter Ralegh: The Renaissance Man and His Roles (1973), Renaissance Selffashioning: From More to Shakespeare (1980), Marvelous Possessions: the Wonder of the New World (1991), El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo (2011) y Ascenso y caída de Adán y Eva (2017). Es en la actualidad el editor general de The Norton Shakespeare así como de The Norton Anthology of English Literature. Como historiador de la literatura ha dedicado parte de sus reflexiones al llamado nuevo historicismo, como se ve en títulos como New Historicism (1995) y Practicing New Historicism (2000), así como a la historia comparada de la cultura, como se puede apreciar en libros colectivos como Redrawing the Boundaries: The Transformation of English and American Studies (1992) y Cultural Mobility. A Manifesto (2010). Greenblatt es autor de una biografía esencial de Shakespeare, Will in the World. How Shakespeare Became Shakespeare (2004), así como de un puñado de títulos sobre su obra: Shakespearean Negotiations: The Circulation of Social Energy in Renaissance England (1988), Hamlet in Purgatory (2001), Shakespeare’s Freedom (2010) y Tyrant. Shakespeare on Politics (2018). Y sobre Shakespeare fue la conferencia que impartió el 24 de febrero en el auditorio Rosario Castellanos de la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción de la UNAM: “Survival Strategies: Reflections on Literature in a State of Siege”. Minutos antes de empezar esta conferencia puse sobre la mesa unas preguntas.

“La literatura es el recurso tecnológico más maravilloso que han creado los humanos, practicado hasta ahora durante miles de años, para consignar la experiencia”. Esto lo señaló usted mismo hace poco más de diez años en un diálogo con M. H. Abrams. ¿Qué dice en este momento?

Al menos para mí, si bien desde luego no se trata del único recurso tecnológico, la notable fuerza de la literatura tiene que ver con el hecho de que me permite acceder a mundos sumamente alejados del mío, como el de Gilgamésh y Uruk, allá en el momento en el que los humanos idearon el poner por escrito sus historias. Puedo entrar a ese mundo y sentir, de una u otra forma, cuando Gilgamésh llora la muerte de su amigo Enkidu, de hecho puedo entender lo que ocurre ahí –no obstante que la obra no fue escrita para mí o que yo no tengo ninguna relación con ese mundo–. Lo mismo aplica –pensando en otras obras de la Antigüedad– al momento en el que Héctor y Andrómaca están con su hijo en las murallas de Troya. Y esto se extiende hasta el presente, o lo suficientemente cerca del presente, al ingresar a un mundo también tan ajeno como el del mundo rural inglés de Jane Austen, en el que de pronto se siente que se nos transmite la sensación de la textura de la experiencia realmente vivida.

En innumerables formas dejamos rastros de nosotros mismos. Casi desde el surgimiento del homo sapiens empezamos a dejar nuestras huellas. Tal es el caso de las cuevas, digamos en Francia, en las que vemos los dibujos que dejaron las personas con las impresiones de sus manos sobre las paredes. Pero las impresiones de esas manos –que a mí me parecen fabulosas junto con las pinturas de los bisontes y de los rinocerontes– son mucho más elusivas que la literatura, pues a decir verdad no conocemos la experiencia de vida de la gente en las cuevas de Chauvet, o en Font-de-Gaume o de Lascaux. Se trata de un registro fabuloso de lo que sucedió en este caso con la presencia humana, el cual nos viene de hace unos 35 mil años con la tecnología que los humanos empezaron a emplear entonces para dejar un rastro de ellos mismos. Pero la literatura significó ciertamente un hecho asombroso en ese empeño por dejar la huella de uno mismo, porque de hecho la literatura fue capaz de representar la experiencia interior de los seres humanos en formas diferentes a la impresión de una mano en la pared, la cual al menos para nosotros es muy difícil de entender o cuyo significado se nos escapa. Y esto ha sido así por miles de años.

Ahora, gracias al desarrollo de otras tecnologías, contamos con diversas maneras de consignar la experiencia humana y de transmitirla. Pues el tema no es nada más cómo registramos nuestra propia experiencia, sino como la transmitimos de una generación a otra. Siento que conozco mejor a Michel de Montaigne mejor de lo que conocí a mi abuelo, y en cierto sentido siento que lo conozco aun mejor de lo que conozco a mi padre o a mi hermano. La experiencia de vida que Montaigne logró comunicar me lleva muy cerca de él. Esa para mí es la magia de la experiencia literaria. De ahí que no sea una pérdida de tiempo dedicar una buena parte de nuestra vida adulta en este terreno.

Foto: Juan Antonio López.

El poder ocupa un lugar central en la experiencia de la vida. Y uno de los versos que consigna una de sus diversas expresiones, acaso la más cruda, pertenece a Ismene, al postular que ella –a diferencia de su hermana Antígona– es muy débil o frágil para enfrentarse al Estado. Alguna vez así lo tradujo al inglés Paul Roche. Y el poder nos lleva al tema de la censura

En este caso se puede decir que hay una especie de historia esquizofrénica. Por una parte, la literatura ha ido de la mano con la fuerza del poder, probablemente hasta la antigüedad más remota a la que nos podamos remontar. Y al principio mencioné a Gilgamésh: en un sentido profundo el poema está atado a la celebración del fundador de Uruk y al constructor de esos muros, al inmenso poder del mismo gran hombre. La parte esquizofrénica radica en que el poder en términos generales solo quiere que se cuente la historia que alguna vez el mismo poder contó, así como solo quiere silenciar a las otras voces. De suerte que pareciera que las únicas personas que son capaces de presentar alguna oposición, al rehusarse a rendirse ante el poder, serían las héroes ocasionales y espectaculares como Antígona, los cuales pagan el precio de su negativa a rendirse. Pero lo interesante de la cita sobre Ismene es que ella representa curiosamente una alternativa para dar con un mundo que no se puede silenciar, que no puede ser censurado del todo, que no se puede destruir, y que sobrevivirá desde un ángulo oblicuo con relación a las luchas centrales. En todo caso, tal vez porque yo mismo de joven estuve mucho más vigorosamente comprometido en protestas, conforme me voy haciendo mayor me intereso más en personas y figuras literarias que operaron desde un ángulo más oblicuo.

Tomo un ejemplo cercano a mi propio trabajo. En estos momentos estoy metido en la escritura de un trabajo sobre Christopher Marlowe. Él representa la figura literaria que crea la posibilidad de la literatura renacentista inglesa. Pero pagó un precio muy alto por ello debido a que se opuso de una manera fantástica a las fuerzas del Hombre. Lo asesinaron cuando tenía veintinueve años, después de haber escrito Tamerlán y Doctor Fausto y El judío de Malta. Ese es un modelo. Te sublevas como Antígona y das la pelea. Y sobrevive un informe policiaco con lo que Marlowe decía: locuras, si lo que querías era sobrevivir en 1592 y 1593. Es todo lo contrario a Shakespeare, su exacto contemporáneo, quien también alguna vez debió encontrar una manera de hablar en relación con el mundo de la censura. Y ese es el ángulo oblicuo.

Gran estudioso de William Shakespeare.
Foto: Juan Antonio López.

Lo que nos lleva de regreso a Ismene. Shakespeare parece estar más cerca de Ismene que de Antígona

Está más cerca de Ismene, es cierto. Shakespeare no se quiso pasar la vida encerrado en prisión, o no quiso que le amputaran las orejas o todas esas cosas tan desagradables que ocurrían al enfrentar las tareas del censor. Hay que recordar lo que era la Inglaterra isabelina: estaba mucho más cerca de Irán, del Irán contemporáneo, o de Corea del Norte, que lo que está al México de hoy o a Estados Unidos. Si rebasabas ciertos límites te metías en grandes problemas –y había gente que se atrevía a rebasar los límites–, pero Shakespeare no lo quiso hacer. Y encontró maneras no de retirarse, sino de decir las cosas a su modo, con una fuerza semejante o superior a las que dijo Marlowe. Me parece que Shakespeare no las puede decir debido al ejemplo de Marlowe: él ve lo que le pasa a Marlowe; y encuentra la forma de decirlo al transitar por los márgenes de la censura. Buena parte de la literatura así está escrita, si se piensa bien esto. Está escrita de tal manera que no provoque, al menos no de manera inmediata, la ira de las autoridades.

¿Shakespeare era más consciente de su propia fragilidad o más consciente del poder del Estado?

A mí me parece que Shakespeare era mucho más consciente del poder. Hay un momento muy extraño en los momentos finales de la última pieza que escribió, La tempestad, en la que se ve claramente a sí mismo en la figura del Mago. Próspero es el dios del poder. Su poder es inmenso. Y al final de la pieza rompe su vara mágica y “ahoga” su libro, dice. Y luego se vuelve hacia el público y pide perdón si ha hecho algo peligrosamente equivocado. Y yo pienso que el sentimiento de tener un poder inmenso y al mismo tiempo la necesidad de ser perdonado algo nos dice del doble sentimiento que tenía Shakespeare sobre su propia persona.

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