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En busca de una certeza

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Gerardo de la Torre y Roberto Bravo, en la Ciudad de México.

(Gerardo de la Torre 1938-15 de marzo, 85 aniversario de su nacimiento)


Por Roberto Bravo

“Cinco seres casi exactamente iguales. Cuatro de ellos sentados en la banqueta; yo sumido en el vano de una puerta. Comíamos y bebíamos lo mismo, nos gustaban las mismas mujeres, vestíamos ropas parecidas, hablábamos el mismo lenguaje cargado de dobles sentidos y obscenidades sin disfraz, veíamos las mismas películas y cada uno de nosotros estaba dispuesto a dar un brazo por cualquiera de los demás. Nos queríamos como lo que éramos: amigos de la infancia, seres qué en cualquier circunstancia, bajo condiciones favorables o desfavorables, confiarían absolutamente en cada uno de los otros, y cada uno, a su vez, respondería a la confianza depositada. Sí más que amigos y
más que hermanos. Sin embargo, yo, con mi botella de cerveza en la mano, con medio cuerpo hundido en el vano de la puerta, pensaba que era uno de ellos y al mismo tiempo no lo era. Trabajaba como ellos, con las manos, pero no le veía sentido a mi
trabajo.”

Esta escueta escena nos muestra algo que la existencia nos hace percibir como cotidiano, y pasamos indiferente frente ello como mero acto repetitivo asociado a la realidad, pero que la conciencia del personaje del cuento “El vengador” de Gerardo de la Torre hace que reflexionemos en una clase social distinta con la que coexistimos. Y este planteamiento narrativo es importante porque hace verosímil una realidad subjetiva de la vida que el escritor instala en la existencia de un mundo real, objetivo.

Cuando el personaje confiesa su insatisfacción acentúa su idealización del grupo al que pertenece y encuentra en él valores de bondad, sinceridad, voluptuosidad, desafío… que le satisfacen, pero no se siente parte de ellos, aún cuando representan aquello que el busca en el mundo.

En los libros de Gerardo de la Torre encontramos ese conflicto de ser parte, y no ser parte que en sus historias trasluce la tensión entre la clase intelectual, la dirigente y la trabajadora. De esa confrontación e idealización con lo que no se es nace el desgarramiento interior de sus personajes.

Es sencillo querer cambiar el mundo para responder a los que crees de tu clase con las aspiraciones que tienes para ellos, sin darte cuenta que esos deseos son tuyos no suyos, por eso no es posible hacerlo.

Cambiar al mundo es una pasión inútil que genera culpa en los actores de Gerardo, porque se reconocen parte de él, pero son conscientes de su individualidad e impotencia incluso en sus relaciones sentimentales.

Gerardo de la Torre fue parte de un grupo de escritores surgido a mediados de 1965 que habrían de dar un giro muy importante a la literatura en México: José Agustín, Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz y Gerardo de la Torre. Los tres primeros renovaron el lenguaje de lo publicado hasta entonces, y Gerardo hizo una literatura de filiación política de corte realista Si José Agustín, reinventando todas las posibilidades técnicas de la novela de esa época escribe Se está haciendo tarde (final en laguna), una de las novelas más intensas de nuestra historia literaria, Gerardo de la Torre, recurre a la forma tradicional del relato, pero lo hace con un lenguaje libre de todo ornamento para contarnos lo que ocurre a la clase trabajadora de la que él se sentía parte.

A Gerardo de la Torre comencé a leerlo en 1972, en un cuadernillo de lectura editado por el INJUVE: El otro diluvio, y lo conocí y nos hicimos amigos en los ochenta, en las comidas que hacíamos un grupo de escritores en el restaurante “La Bodega”.

Nervioso, agitado, se integraba con sus conocidos. A esas reuniones iban Vicente Leñero, Paco Ignacio Taibo I, Rodrigo Moya, Rafael Ramírez Heredia y escritores de mi edad como Hernán Lara Zavala, Silvia Molina, Aline Peterson, Marco Aurelio Carballo, David Martín del Campo, Guillermo Samperio, Leo Mendoza, Bernardo Ruiz, Andrés Ruiz …

En ese tiempo pasaba Gerardo por una época económicamente difícil, y se medía para beber. Después, embarneció, usaba el pelo corto, vestía deportivo casual (muy al estilo estadounidense como usan en todo el planeta), y se conservó inquieto y sensible hasta el final de su vida. Siguió siendo apasionado del Baseball, aunque solamente lo veía en la TV.; consideraba al libro como una reliquia, adquiría uno y otro lector de libros
electrónicos, los cargaba con cientos de títulos con los que renovaba su biblioteca, hacía guiones de películas, programas de TV., traducía del inglés, daba clases en la escuela de escritores de SOGEM y corregía una y otra vez sus textos.

Su último libro de cuentos La vida rápida, es una antología de lo publicado antes y de cuentos inéditos, fue impreso por Editorial Lectorum en su colección Marea Alta en 1918.

De este importante volumen, transcribiré a continuación uno de sus textos inéditos:

¨GOLPES DE GRACIA
–No quiero saber más de ti –había dicho Cristina al borde de la histeria–. No me busques. Nunca más.

En casa, mientras golpeaba con furia el costal de boxeo al que acababa de adherir una foto del rostro de Cristina, Alfonso recordaba esas palabras y el rostro desencajado, rabioso, de la mujer que las pronunciaba. Lanzó un jab y un recto de derecha que dieron en el centro de la cara aborrecida. Atacó de nuevo con el jab, disparó un gancho que dio a un lado de la foto. Frenético, descargó una andanada con
las dos manos.

De repente lo acometió un golpe de nostalgia y sus desfallecidos brazos cayeron a los lados. Un instante después se arrojó sobre el costal y lo abrazó con desesperación.

Sus lágrimas humedecían sin tregua el maltratado rostro de papel¨.

No hay una cultura universal, existe un arte nacional nacido de nuestra identidad para establecer diálogos con las culturas del mundo. Internacionales son las agencias y los corporativos editoriales.

Con la obra de escritores como Gerardo de la Torre son con quienes debemos establecer la comunicación con las otras civilizaciones.
Gerardo no sólo es un autor que por la calidad y el carácter comprometido de su obra ha superado el paso del tiempo, fue también una persona honesta y de una pureza de corazón que salió indemne siempre que fue puesto a prueba.

Su escritura da testimonio de algo que no se cansó de pregonar: “Literatura es lenguaje”.

Daniel Sada, Rafael Ramírez Heredia, Rodrigo Moya, David Martín del Campo, Lorenzo
León, Marco Aurelio Carballo, Hernán Lara Zavala, Roberto Bravo, Un investigador de
USA, Leo Mendoza, Gerardo de la Torre y Bernardo Ruiz
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