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Esa falda volando

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Ya déjenla en paz. La pobrecita ha servido para todo, habita los sueños de media humanidad y está clavada con chinches en las paredes de todo cincuentón que se respete. Nacida Norma Jean Baker y maltratada por su familia, Marilyn Monroe fue la belleza occidental por antonomasia del siglo 20. Ahora, desde agosto pasado, Marilyn posa de nueva cuenta en la calle intentando sujetarse la vaporosa falda que vuela desnudándole las piernas.

La memorable escena pertenece a la película del genial Billy Wilder, “La comezón del séptimo año”, donde Marilyn protagoniza a una modelo que está enloqueciendo a su vecino (Tom Ewell), ahora que se ha quedado temporalmente soltero. El escultor Seward Johnson ha dispuesto la estatua monumental de la actriz en la zona financiera de Chicago, de modo que es la delicia de parroquianos y visitantes, que la observan enorme cual sílfide lúbrica, refrescándose con la brisa que asciende de la rejilla del Metro neoyorquino.

    La presencia de Norma Jean es equivalente a la de Simonetta Vespucci, la belleza inmortalizada por Leonardo da Vinci en 1485 cuando pintó a la musa florentina en su portentoso cuadro “El nacimiento de Venus”. La escultura de Marilyn, de nueve metros de altura, intenta perpetuar los atributos que en vida desbordaban a la exquisita actriz: su belleza de pasmo, su frivolidad, su coquetería, su jovialidad y su descaro… y las panties que todos miran bajo aquel revuelo estival.

    Paradojas de la vida, la hermosura de Marilyn (todos lo sabemos) fue su condena. Cuando el 5 de agosto de 1962 fue hallada muerta en su cama junto al frasco de los barbitúricos, nació la leyenda. ¿Puede hablarse, en su caso, de una belleza “excesiva”? La respuesta está en los centenares de libros que se han escrito alrededor del mito Marilyn. Entre ellos la extraordinaria novela documental de Jed Mercurio (“Un adúltero americano”) en la que narra la vida secreta del presidente John F. Kennedy, el insaciable sátiro.

Cuenta Mercurio en su deleitable novela que el presidente católico no podía pasar una semana sin acostarse con dos o tres muchachitas, de esas inocentes que hacen presencia en los cocteles ofrecidos en la Casa Blanca. Una de esas chicas (que le fue presentada por Frank Sinatra en Las Vegas) fue ni más ni menos que Marilyn Monroe. Entonces el autor sugiere un “affair” que está a punto de llegar a escándalo de estado (como antecedente del caso Lewinsky) y cuya áspera ruptura habría provocado el hallazgo de aquel frasco vacío de Nembutal en la residencia de Brentwood.

Luego de estar casada con el beisbolista más afamado de su momento y con el escritor de moda (Joe di Maggio y Arthur Miller, respectivamente), Marilyn rompió con ellos porque lo suyo era incontenible. Apenas ser presentada, los hombres se trastornaban. Era algo así como el diablo mismo, el Súcubus que nos visita de noche para perdernos en el infierno de lascivia que sólo conocemos, modestamente, Dominique Strauss Kahn y yo.

    Marilyn, la rubia que ha acompañado las fantasías sexuales de por lo menos tres generaciones de caballeros, fue para su infortunio, al mismo tiempo, una mártir de su propio encanto. Destinos no muy disímiles, por cierto, que han compartido otras mujeres igualmente hermosas ligándose a la voracidad del gran poder… Eva Perón, Frida Kahlo, Antonieta Rivas Mercado, por mencionar algunas.

Retornando a la escena de Billy Wilder (que debió filmarse dos veces) donde Marilyn se agarra infructuosamente la falda sacudida por la ráfaga ascendente, deberemos enfrentar la noticia triste de la demografía: en esta ciudad ya sólo lleva falda una de cada nueve mujeres, de modo que ya nadie podrá esperar el “milagro Marilyn” sobre las rejillas de ventilación, digamos, del Metro Pino Suárez. Los pantalones, y la veneración a Santa María Goretti, mártir de la castidad, terminarán por situarnos en nuestro lugar.

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Escritor y periodista o periodista y escritor, David Martín del Campo, combina el conocimiento con el diario acontecer y nos brinda una deliciosa prosa que gusta mucho a los lectores. Que usted lo disfrute.

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