La primera ocasión que tuve para ver a Fidel Castro, no me produjo gran emoción: su figura empequeñecida por la distancia era apenas apreciable.

Estábamos en el Estadio Latinoamericano, Fidel allá hasta donde dicen los beisboleros que se voló la barda y yo, nosotros, un grupo de periodistas mexicanos, en las alturas detrás del ampayer y el catcher.

Fue la cadencia de su voz, ligeramente aguda pero sin visos discursivos, una charla con miles de espectadores que al finalizar la intervención del líder enlazaron las manos y, así lo reportó La China Mendoza, en increíble contrapunto entonaron La Internacional: unos se balanceaban de un lado a otro y los que seguían lo hacían en sentido inverso. Un ballet no ensayado.

Cuando llegamos a La Habana y bajamos del One Eleven de Cubana de Aviación, un turbohélice veterano d mil batallas pero útil como el primer día de su existencia. Hacía el viaje al principio una vez a la semana y luego dos, nuestro primer cuidado fue cambiar nuestros pocos dólares por pesos cubanos.

Antes de salir al viaje, nos enteramos de las amenazas de grupos enemigos como Alfa 66 y otros, para efectuar un ataque contra la capital del país insular. Íbamos y no creo que yo fuese el único con las tripas pegadas al espinazo lo que aumentó al presenciar por todos lados gente con pantalón verde y camisa de azul, con la pistola al cinto o la metralleta corta colgando de un cinto de cuero.

Hasta allí, preocupante pero cuando Rogelio Naranjo y yo fuimos a cambiar nuestras monedas, se no pararon los pelos de la nuca: atrás del cristal, una anciana de mirada vivaz con el respectivo uniforme, tenía la consabida metralleta corta sobre el mostrador, totalmente a la mano.

Para Rogelio y para mí, debutantes en el oficio desde las páginas de la revista Sucesos para todos, todo lo que veíamos nos causaba la mayor curiosidad. Nos habíamos enchufado completo el libro Perfil de Cuba qué nos había regalado la embajada en México.

Nada nos sorprendía pero nuestras ganas de ver y comprobar eran muchas.

Quedamos gratamente impactado por el discurso de Castro, por entonces sin dudar, el santo laico mayor del altar revolucionario caribeño. Y de hecho latinoamericano si no es que Mundial. Todavía ni exista el fetichismos por El Che y Korda no había impreso la emblemática gráfica.

Alojados en el Habana Hilton’s, rebautizado Habana Libre, bajó el grupo a cenar al restaurante con ambiente de los mares del sur, donde el menú era espléndido pero la cerveza Hatuey ligera, la servían en un vasos con hielo para impedir su rápido calentamiento.

Estábamos disfrutando nuestra cena en silencio, cuando al enviado de La Prensa, César Silva Rojas sacó una bolsita con chiles serranos. La ovación supongo que se escuchó hasta el malecón, a diez calles de distancia.

Con ese aderezo Silva Rojas alejaba del grupo el Síndrome del Jamaicón. En una mesa vecina el ministró del Interior Ramiro Valdés que entre discretos aplausos, casi para sí mismo, comentó: ¿mexicanos, verdad?

La experiencia de los lugares visitados fue inolvidable. No cabía duda de que el pueblo, la gente que permanecía y no había intentado huir, estaba de Patria o Muerte con la Revolución. En otra forma no cabía entender cómo un pueblo inconforme, con armas de todos los calibres, participaba en entrenamientos militares y en programas sociales para beneficio de todos.

El Heraldo, El Sol, Novedades, sus enviados frustrados buscadores de piedritas que llegaron al colmo de “descubrir” el clandestino sistema de espionaje popular llamado Comités de Defensa de la Revolución. Y que se sorprendieron cuando Naranjo les hizo ver que cada cuadra haba un letrero anunciando una sede.

Dábamos como cabeza del grupo a Miguel López Azuara, enviado de Excélsior quien mediaba para que los izquierdosos no entabláramos polémicas con los derechosos. Así fuimos de La Habana a Santiago de Cuba pasando por la Ciénaga de Zapara, observando a los guardias fronterizos de la base gringa de Guantánamo, que cuando detectaban que los veíamos, mostraban sus atributos masculinos, los sacudían y hacían toda suerte de visajes obscenos.

Al regreso estuvimos bajo la furia de un huracán. Los capitalinos dicen presuntuosamente, “Habanero, huracanero” y efectivamente en pleno ojo del fenómeno meteorológico, había gente por las calles ensordecida por el cambio de presión, que tapa los oídos con un estruendo de un millar de aviones de hélice.

Alrededor, una pared brillante como de nubes y al centro una especie de cilindro que se eleva hasta un cielo que se aprecia oscuro.

Fue la segunda ocasión que vimos, López Azuara y yo, a Fidel. El comandante, en un yip muy golpeado, con un pie en el estribo mientras recorría La Rampa, donde está el Habana Libre. Atrás, en un cuidado Land Rover, su hermano Raúl, ambos sacando de la calle donde volaban enormes hojas de lámina y culebreaban los cables rotos.

La gente que se divertía con un necio que quería una y otra vez cruzar la calle con su motocicleta y cada que lo intentaba terminaba en el suelo, se distrajo para aplaudir a los Castro a quienes, por cierto no hicieron caso.

Laborando con la agencia oficial, pude estar presente cuando el liderazgo visitó a periodistas argentinos y uruguayos alojados en el hotel. Sorpresivamente, a las tres de la madrugada, apareció. Bajaron los informadores y me sumé al conjunto.

Fidel fue contundente, Uruguay y Argentina, países eminentemente urbanos, no pueden optar por la lucha armada. Su liberación será por la decisión de sus pueblos en las urnas.

Aproveché para meter a México en ese baile. “A tu país la liberación le llegará por el norte, cuando los americanos sean libres, también México lo será”.

Esta reminiscencia corresponde a los años 60 y nada tiene que ver con la actualidad en la que y como impresión personal, me temo la mano imperial en los disturbios…

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