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Jóvenes percibidos como desechables y reemplazables ocupan el fondo de la esfera criminal: Claudio Lomnitz

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Claudio Lomnitz
    • El miembro de El Colegio Nacional, Claudio Lomnitz, dictó la primera parte de la conferencia Las clases sociales y el campo religioso en el crimen organizado.
    • El antropólogo social continuó con la quinta de siete conferencias que integran el ciclo Nuevo Estado, nuevas soberanías.
    • En el lumpen criminal ubicó “a los jovencitos que se rentan o se compran por algún sueldito ínfimo”.

La economía criminal tiene una tendencia “aristocratizante” que mantiene en el fondo de su esfera a una clase lumpen, constituida regularmente por jóvenes cuyas vidas son vistas como desechables y reemplazables, sin una mínima esperanza de vida, destinados a aparecer desmembrados tirados en la vía pública o en fosas clandestinas, afirmó el antropólogo Claudio Lomnitz, miembro de El Colegio Nacional, al dictar la primera parte de la conferencia Las clases sociales y el campo religioso en el crimen organizado.

Durante la quinta de siete conferencias del ciclo Nuevo Estado, nuevas soberanías, realizada de forma presencial en las instalaciones de la institución y transmitida a través de sus redes sociales, Lomnitz categorizó las tres clases sociales que, afirmó, existen al interior de la economía criminal: señores, allegados y lúmpenes criminales, por medio de las expresiones simbólicas-religiosa de los ritos mortuorios.

En el fondo de ese escalafón, el antropólogo ubicó entre “los menos importantes” a “los jovencitos que se rentan o se compran por algún sueldito ínfimo”.

La clase criminal más baja, explicó, no tiene oportunidad “para cultivar el reconocimiento de los grandes señores, son empleados de sus empleados, son eventuales tan reemplazables como puede ser cualquier barrendero en un Oxxo”.

Para determinar las diferencias de clase entre los criminales, Lomnitz utilizó como ejemplo las prácticas mortuorias que, dijo, “en Culiacán, Sinaloa, expresan de manera especialmente nítida la diferenciación social que existe entre los agentes de la economía ilícita y los miembros de la sociedad normal”.

Esta división, señaló, se afirma en el terreno mortuorio con la creación del Panteón del Humaya, “conocido por ser un narco cementerio donde están enterrados muchos de los señores más famosos del narco, junto con sus familiares y allegados”.

“El Panteón del Humaya hace visible la existencia, la fisonomía y el poder de una sociedad al interior de la sociedad y nos ayuda, además, a visualizar un campo de diferenciación entre las clases sociales que participan en la economía ilícita: una jerarquía en la que se pueden distinguir grandes señores, sus allegados más fieles, así como, por contraste, un populacho desechable opuesto, de empleadillos eventuales que con frecuencia son jóvenes pobres que sirven como carne de cañón en las faenas que emprende la aristocracia o, si no, para llenar las cárceles del estado cada vez que el gobierno necesita mostrar que está tomando medida para controlar la violencia y la inseguridad”, dijo.

En el Humaya señaló los monumentos fúnebres, algunos incluso con aire acondicionado, que despliegan símbolos aristocráticos, “algunos tienen crestas heráldicas, otros simulan castillos, capillas barrocas o ponen animales nobles, como caballos o gallos, pero el símbolo aristocrático que es común en todos es la monumentalización de la propia familia; los monumentos de los grandes señores son criptas familiares que mantendrán a sus familias unidas para siempre”.

En torno a esos mausoleos, Lomnitz distinguió tumbas más sencillas, a ras de suelo, pero sin grandes construcciones que pertenecen a los allegados del señor y que se encuentran en la segunda clase de la esfera criminal.

El Panteón del Humaya, agregó, “es una necrópolis específicamente para una sociedad paralela, donde las tumbas de los grandes señores del narcotráfico y sus familias ocupan el centro, definen las avenidas, los puntos centrales; en tanto que los allegados de estos señores o posiblemente miembros de la clase media que no sean allegados, ocupan tumbas dignas, pero normales, lotes individuales que van recubiertos de alguna capa provisional de cemento o de alguna losa, nada ostentosa”. Lomnitz recordó el caso de José Aréchiga Gamboa, El chino Ántrax, que al mismo tiempo que su lote y el de su familia, adquirió otros 50 para repartir entre sus allegados.

Pero aun cuando junto a los “espacios generosos, tanto para los familiares difuntos como para la visita de los vivos” de los monumentos de los grandes señores, están las tumbas de “una serie de allegados o amigos que acompañaron al gran señor en vida. Esos allegados difícilmente pueden garantizar la trascendencia de sus propias familias y quedan eternizados a la sombra de su patrón”.

Para Lomnitz, la posibilidad de proteger y hacerse cargo de los suyos, incluso después de la muerte, marca la diferencia. “La capacidad de la familia para siempre es seguramente el logro máximo de los grandes guerreros de esta casta, sus historias frecuentemente son contadas como la epopeya de un joven marginal, explotado y sin una familia que fuera capaz de protegerlo, que surge con una gran hombría, manifiesta en su arrojo, con visión empresarial y valentía, y que termina haciéndose cargo no sólo de su destino, alcanzando una fama individual, cada uno de ellos tiene corridos, sino también la capacidad de proteger a los suyos”.

Una visión cruda

La necrópolis del Humaya, dijo Lomnitz, está negada a la tercera clase, sólo perteneciente a los grandes señores y sus allegados. Para buscar el lugar mortuorio de esa casta lumpen, “necesitamos buscar en los panteones municipales o en las fosas clandestinas, pues la clase lumpen criminal se despega de la familia a edades muy tempranas, ya que sus familias no tienen con que retener a esos jóvenes; se trata de personas que no tienen grandes expectativas de vivir muchos años, al grado que la sociología mexicana apela al concepto de juvenicidio”.

Mientras la parte dominante enarbola un sentimiento de comunidad a través de la organización de sociedades secretas y de la exaltación de la reproducción familiar, “la otra parte está marcada por la fragmentación y más aún por la pulverización de la familia, por el trabajo infantil, la muerte temprana y aún, muchas veces, por una fragmentación póstuma y para toda la eternidad, que es el sentido práctico que tiene el acto de desaparecer a alguien”.

“El contraste mayor que puede haber a los aires de nobleza que se gastan los grandes señores de la soberanía fantasmal con lo que aparece cada día en el espacio público, es el contraste que hay con las partes de cuerpos desmembrados, tirados en la vía pública o entierros de desaparecidos en fosas clandestinas”, señaló.

“La imagen mayor de la disposición al interior de las sociedades secretas es la del cuerpo divorciado de su parentela, poseído ya por un nuevo patrón que al final lo puede descartar como si fuera basura, de hecho, impedir la realización de un entierro es un acto deliberado que aparece con alguna regularidad en los anales de la violencia mexicana, aunque la práctica no ha sido estudiada como merece”, agregó.

“La negación de un entierro es un acto de castigo deliberado, o si no es una situación que puede ser tolerada cuando ocurre en las filas de halcones o minoristas”, enfatizó.

Lomnitz concluyó que “esta visión general, aunque cruda, de la constitución de clases sociales al interior de la economía criminal, es el punto de partida indispensable para pasar a una discusión de teología política en eso que he llamado el polo negativo de la soberanía de nuestro país”. Ese tema, afirmó, será también el de la siguiente ponencia.

La conferencia Las clases sociales y el campo religioso en el crimen organizado, que forma parte del “Nuevo Estado, nuevas soberanías”, se encuentra disponible en el Canal de YouTube de la institución: elcolegionacionalmx.

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