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La abuela Chite…

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Era la madre de Alfonso, mi progenitor. Nacida como creo también mi padre, en la Hacienda de Tzindurio, lugar nativo de don José María Morelos y Pavón.

De apellido León, estaba emparentada con los Morelos con quienes tuvimos una estrecha relación familiar hasta que el destino nos marcó rumbos distantes.

Chite, me explicaron cierta ocasión, era una contracción de Concepción, Conchita, Chita y de acuerdo con las variantes lingüísticas tarascas, que la e la convierten en I, la o en u y en el caso que presente, la a se transforma en e.

Para que el lector se haga todavía más bolas, mencionaré que uno de los paseos predilectos en tiempos remotos, era el balneario de Cointzio. Que se escribe así pero si pregunta en esa forma, nadie le dará razón porque coloquialmente es Cuincho.

La abuela Chite, vieja rezandera, dio a luz quince retoños, el mayor, Pancho, que se dice que murió aplastado por una carga de troncos en un vagón ferrocarrilero.

Nunca oí la más leve mención ni al hecho ni al tío, cuya hija se casó con un tío, el médico Enrique Morelos, lo que resultó en dos hijos que eran mis sobrinos pero también mis primos.

Entre el primogénito y el menor, mi padre, trece mujeres con las que sólo tuvimos relación social o contacto, con tres de ellas la más querida, Guadalupe, criadora de cerdos en Puruándiro y casada con un facultativo, el doctor Maldonado.

En Morelia, a las cinco de la mañana todos los días, Chite cruzaba en diagonal la Plazuela de la Soterraña. Subía una cuadra corta, se paraba frente a la iglesia cuyo cura malgeniudo apenas se preparaba para la misa de seis.

Regresaba a su casa, tomaba un chocolate con pan y volvía para estar en la primera misa del día. El cura bilioso la miraba entrar al templo y le huía.

Le aterrorizaba la posibilidad de que le pidieran confesión y de hecho nada para confesar, pero sí mucho para oír.

Chite cumplía cien años, con dentadura completa, ojos que le permitían ensartar una aguja y aunque lenta, toda la movilidad del mundo.

Tenía un vicio: prendía un Faro con la colilla del anterior, cuya ceniza engullía colocándola en la palma de la mano. Con la lengua apagaba al que había dado fin..

Nunca aprendió a”dar el golpe”, aspiraba y exhalaba el humo desde la boca. Pero no poda dejar de lado los Faros, Tigres o los Carmencitas.

El día de su cumpleaños estábamos en Puruándiro. Mi padre con Maldonado celebrando a pesar del disgusto de la abuela por mirar a su hijo bebiendo alcohol, seguramente Charanda.

Se encontraban en una azotea que era a la vez terraza, allí en tinas de latón calentábamos al sol el agua para bañarnos, allí mismo estaban sillas y la mesa para pasar el rato.

Abajo, un salón que servía como almacén de granos para las gallinas y los puercos. A la mitad, una gran abertura por la que se subían y bajaban las cargas.

Como todos teníamos conciencia del hoyo nunca se le tapaba.

La viejita rezandera con los ojos entrecerrados mientras repetía toda suerte de sortilegios religiosos, subió a pedirle a mi padre que dejara de beber.

No tenía motivo, era una sobremesa trasladada a la comodidad de la terraza.

Caminó por la azotea y en su ensueño religioso no vio el agujero. Cayó unos cuatro metros.

Alarma, carreras, enojo de Chite que no permitió que el médico la revisara. Varios días observándola sin que se quejara de molestias

Regreso a Morelia y todo siguió igual. Sólo que Chite empezó a perder la memoria y ocasionalmente preguntaba a mi padre quién era él, de quién era hijo.

Mayor tortura no podrían inventar.

El siguiente año mi padre sufrió sintiéndose responsable del accidente de Chite, que murió exactamente al cumplir 101 años de vida…(En la foto la ex hacienda de Tzindurio).

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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