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La breve historia de la salud

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Magno Garcimarrero

Hace dos mil años, la gente creía que la salud era un don de los dioses y, por el contrario, las enfermedades eran el ataque del demonio a los cuerpos abandonados por dios al haber caído en pecado: por eso en vez de hablarse de enfermos se hablaba de endemoniados y poseídos. La curación no estaba en manos del propio enfermo sino de semidioses que con sólo tocar al endiablado hacían huir al Maligno sanando con ello al poseso. Los Testamentos evangélicos dan cuenta de ese típico fenómeno. El Chamuco solía ahuyentarse tomando formas horripilantes de guarasapos, serpientes y otras repugnantes sabandijas que brotaban de la boca, orejas, nariz o ano del endemoniado. Quizá de ahí la reminiscencia en el canto infantil que usan las madres para curar al niño: “sana, sana, colita de rana…” De ahí también el éxito de embaucadores y milagreros como el niño Fidencio, santones como aquel famoso que hubo en El Salto del Tigre, Ver., de cuates que curan el mal de ojo como los Garcimarrero en su infancia jalacingueña y, madres gordas que ahora venden amuletos por televisión y a larga distancia.

En casi todo el siglo XX se siguió creyendo equivocadamente, en la salud como milagro divino en que la voluntad humana no intervenía para nada; cosa parecida se pensaba de la pobreza, del matrimonio, de la progenie y de la muerte. “Matrimonio y mortaja del cielo baja”, “La salud es lo importante, el dinero va y viene”. La Suerte era la única aparente generadora de la riqueza. De la salud, se pensaba que la daban: primero Dios, y luego los médicos y las medicinas; los seres humanos se descuidaban; los gobiernos descuidaban a sus ciudadanos, los dejaban vivir en medio de la suciedad, las familias se componían de un padre, una o más madres, un tremendal de hijos, varios cerdos, algunos perros y gallinas compartiendo el domicilio y en últimas épocas a ese heterogéneo grupo familiar se agregó un invariable antropólogo dispuesto a publicar su investigación como “Los hijos de Sánchez” de Oscar Lewis, o un pasante de psicología haciendo su servicio social en la Clínica de Conducta.

La alimentación se efectuaba sin ningún conocimiento de las dietas balanceadas ni de los efectos terapéuticos de la comida diaria; las personas abusaban de los alimentos, de la bebida, del trabajo, del sedentarismo y cuando enfermaban conjuraban médica y farmacéuticamente el mal, esto es, se supuso que la salud era un producto de patente que se expendía en las farmacias, droguerías y boticas, o que radicaba en la receta del facultativo por obra y gracias del diploma colgado en la pared del consultorio; cuando este no atinaba, siempre estaba el santo patrono como último recurso.

Pero llegaron tiempos más lúcidos, finales de siglo, algunos hombres inconformes de vivir sólo su época redescubrieron las viejas prácticas de los pueblos clásicos, olvidadas por conveniencia en el oscurantismo fanático, y se recuperó la idea griega de la salud como un hábito diario, comprometido con el ejercicio físico que mantiene el tono muscular, el ritmo cardiaco, la flexibilidad de las articulaciones, la textura de la piel, en fin que amortigua el avance de la senescencia; la alimentación equilibrada de acuerdo a las normas nutricionales que sólo el estudio y la cultura nos aporta; la higiene personal, la capacidad para encontrar alternativas de acción distintas al tabaquismo, alcoholismo y drogadicción.

Una vez encontrada la salud como condición voluntaria y cotidiana de los seres humanos, no se hizo esperar la consecuencia de convertirla en preocupación estatal, así que se le dio calidad de garantía social; en México es un derecho de todo mexicano. En el artículo 4° Constitucional el Estado ha asumido la obligación de preservar la salud de todos los habitantes de este país, preocupándose por ofrecer un ambiente social saludable, servicios higiénicos, centros deportivos, clínicas y hospitales, distribución equitativa de la riqueza, programas alimentarios y combate contra las drogas. Ya casi vamos llegando al primer mundo. Acaso falte el derecho a la muerte voluntaria, asistida, cuando ya no haya remedio, pero al menos ahora sabemos que la salud es un modo de asumir la vida y no un regalo divino.

M.G.

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