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La vida detenida/ 39

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Mauricio Carrera

-De repente, la vida en capicúa –afirma como quien no quiere un amigo escritor.

Aclara: todo se le presenta en números que se leen lo mismo al derecho que al revés. Ve el reloj y son las 11:11 o o las 20.02; pide la cuenta y debe 77 pesos; o pasa una patrulla y sus placas son 2442.

-Coincidencias –le digo.

-No. Se me ha metido a la cabeza que he de morir pronto.

-¿Por?

-Porque morí a los 18 años.

El silencio es obvio. Una pausa dramática que me hace pensar en embustes o camisas de fuerza. O, acaso, un asomo de delirio senil. Es octogenario, y aunque a sus ochenta años se ve entero y lúcido, uno nunca sabe. Le doy el beneficio de la duda y le insto a explicarme. Lo hace con toda la seriedad posible.

-Festejé mis 18 años en un cabaret de la colonia Obrera.

Imagino la escena. El ambiente, animado, lleno de borrachos y mujeres cariñosas, música cabaretera para ser bailada de cachetito o de cartón de cerveza.

Mi amigo –un clásico en vida de la literatura mexicana- bebía un trago a solas cuando se desató una enorme bronca. Mentadas de madre, trancazos, gritos e insultos, botellas y sillas que adquirían la calidad de un abrupto vuelo. Ajeno a la batalla campal, se refugió detrás de una columna.

-De pronto, sentí un golpe en el pecho. Un golpe tremendo.

Apenas alcanzó a ver una mancha roja en su camisa azul, cuando se desplomó.

-Algo pasó y todo pareció detenerse. Yo tenía conciencia de estar en el piso, pero era como si no estuviera. Supe que me habían disparado y que estaba muerto. “No, no es posible”, me dije. “Aún no es tiempo. Quiero vivir”. Ya nadie me escuchaba, ni yo mismo.

Despertó en una cama de hospital. Su madre, que lloraba a su lado, se alegró de verlo recobrar la conciencia. Lo regañó con ternura por el enorme susto que le pegó. “Por andar donde no debes, mijito”.

-De pirujo –le digo sus verdades.

Mi amigo continúa:

-Morí a los 18 años y volví de la muerte. Aún conservo esa camisa manchada de sangre, para quien no me crea.

-¡Quién hubiera dicho que llegarías a los ochenta años! Jodido y todo, pero llegaste –me sonrío.

-Ese el problema –responde-. Ahora que la vida se me presenta en capicúa, no dejo de pensar: si volví de la muerte a los 18, regresaré a la muerte a los 81. El mismo número, al revés. Eso temo.

De ser cierto, a mi amigo le quedan cuatro meses de andar por el mundo y contar sus historias.

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