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Los espías…

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Episodios de choques, a lo mejor encuentros con espías avecindados en México o de plano subproductos nacionales.

Como corresponsal de la prensa cubana en los años más álgidos de la Revolución de los Barbudos, era un relativo interés para toda suerte de sapos (espías) y orejas (metiches especializados en escuchas).

La gusanera prefería tenerme que arriesgarse a que les enviaran como corresponsal a algún militante entrenado.

Un tipo llegado de Miami me invitó en el bar del Hotel Continental Hilton, en la confluencia de Reforma e Insurgentes. Jesús Cruz, de la embajada me sugirió que aceptara y lo colocase de frente al ventanal de la esquina. Lo identificarían.

Lo hice; después de una plática en la que insistía en comprar mis escritos. Mi respuesta era que tramitásemos el asunto mediante Prensa Latina.

Tres tragos después, el tipo se despide, molesto, con una nada amable frase: no sé si usted es tonto o un sujeto de absurda lealtad.

Le sugerí que eso lo decidiera él.

Vamos al restaurante francés de Paseo de las Palmas, propiedad de un gringo grandote, atlético, de luenga melena cobriza, dedicado a su changarro y a relaciones públicas.

Le decíamos Jim de la Selva y se movía del Club de Corresponsales a oficinas del gobierno federal. Seguro conocedor de la pequeñez humana o al menos mexicana, propaló la versión de que las minúsculas lamparitas de las mesas eran micrófonos .

Causó que los funcionarios se convirtieran en asiduos visitantes, donde podían verlos haciendo contorsiones para acercarse a la lamparita cuando hablaban.

Los Imperios se enfrentaba a las dos embajadas, vecinas, de Cuba y la Union soviética.

Desde edificio en la antigua Calzada de Tacubaya, los gringos fotografiaban a todo dios. Así en una acción escenográfica colocaron a Oswald el oficialmente aceptado asesino de Kennedy, en la representación caribeña dialogando con Jorrín, el portero quien tiempo después dijo que le había preguntado por una visa y él lo mandó al Consulado.

Fueron pocos segundos pero suficientes para la gráfica.

El muy viejo aeropuerto era un galerón con altas paredes de vidrio. No existían los gusanos, así que por una puertecita en la sala de partida, se accedía a la escalerilla de la aeronave.

En ese sitio, un hombre chaparrón, güero de ojos claros y rostro gatuno, en un atril con una vetusta máquina de escribir, interrogaba a los viajeros a La Habana.

Por mis constantes viajes y la necesidad de despedir personas que iban a la isla, nos conocíamos aunque nunca pasamos del educado saludo y despedida.

El joven su informe original lo entregaba a la Embajada de Estados Unidos, y la copia a Gobernación, vía Dirección Federal de Seguridad, en manos de Fernando Gutiérrez Barrios.

Éste, el espía mayor en México temible porque además de toda suerte de secretos políticos, conocía vidas y milagros de la gran delincuencia, pero nunca supo que lo iban a secuestrar y que su liberación costaría al país enorme bonche de divisas. Nunca enteraron bien del asunto.

El güero del aeropuerto, cuando se desataron marchad y manifestaciones, fue enviado a las calles. Su tarea, infiltrarse como sapo y “sapear” anticipando movimientos de los protestantes.

Cuando iba a haber represión, nos advertía: pañuelo blanco en la mano izquierda o pañuelo blanco en la mano derecha.

Eso nos salvaba de una paliza segura.

Llegó a México el ministro boliviano de Gobierno o del Interior, Antonio Arguedas. Había huido a través del desierto con una bala en una pierna y el Diario del Che en una mochila donde portaba las manos del rebelde.

Lo alojaron en el Hotel Virreyes bajo vigilancia de vista. Fui a verlo, platiqué con él, llegó un escritor de Siempre y bueno, el diario se publicó a la vez en México, Argentina, Italia, Francia, España, obviamente Cuba y fue como la Biblia, los fieles querían su ejemplar.

Las manos del Che llegaron a La Habana, donde luego se refugió Arguedas. El reporte de la “inteligencia” menciona mi visita y el arribo de José Natividad Rosales y es todo.

Gustavo Díaz Ordaz le tenía tirria a Prela. En una maniobra que consideró magistral, dejó saber que me investigaban y que pronto me recluirían en las que elegantemente denominábamos como “las ergástulas” (celdas) del sistema.

Hubo negociaciones en la cúpula y se decidió secuestrar al segundo, un chileno Víctor Vaccaro, casado con una peruana que le adornaba la frente con singular dedicación y alegría.

Víctor se me perdió dos días, furioso, hablé a La Habana y les pedí que lo enviaran a otra oficina. De allí se agarró Gobernación para inventar el cuento de que lo echaron del país por petición mía.

Con la directiva de los corresponssales, nos presentamos en la oficina del subsecretario, Hernández Ochoa, creo.

Después de citar parte de mi imprudente explosión telefónica, abrió una carpeta con decenas de fotos para mostrar mis actividades ilegales.

Jose Quiroga, O Estado de Sao Paulo, a la sazón presidente de la asociación y Chuck Green, de la AP gringa, quisieron ver los contenidos, a la vez que señalándome me presentaban.

Hernandez Ochoa había asegurado que personalmente a él hice la petición. Su respuesta fue levantarse de su asiento, recoger el documento y decir, señores no tengo nada que en explicarles. Esta reunión se acabó.

Tres abogados citaron a una conferencia. Presentarían una acusación contra Díaz Ordaz por una serie de delitos bien documentados.

La reunión en modesta oficina del centro. Llegan pocos reporteros pero desde temprano, sujetos malencachados se apodera del ingreso al despacho.

Comienza la declaración, los anticipados ocupan todo el frente, no permiten que se acerquen los reporteros. Al finalizar, entregan copias del acta de consignación, pero la acaparan los abusivos.

Reclamo: No se vale, no son periodistas. En las manos las credenciales que los acreditan, la mitad de El Sol y la otra mitad de El Heraldo.

Uno de ellos, en voz baja y tomándome del brazo me dice que me dará una copia, tiene dos, peto que ya no esté chingando

Acepto, me llevo mi copia, le envío otra a a los cuates de EFE, una más para UPI y de allí se desparrama. La denuncia tiene más repercusión foránea que local. Gracioso, los espías oficiales hacían el mismo trabajo que los periodistas. Y con el mismo horario.

Espionaje de chisguete, los conocíamos; en el Café La Habana ellos entraban y se ubicaban en las mesas de la izquierda, nosotros los izquierdosos ocupábamos las del lado derecho.

Ni allí ni afuera nos saludabamos, lo que no era obstáculo para que ocasionalmente nos avisaran de algún operativo y la advertencia si el pañuelo iba diestra o siniestra.Hay mas y todo a nivel folclórico, de ahí que tuvieron que inventar delitos como la disolución social ante la imposibilidad real de documentar delitos de quienes no los cometían. La culpa: disidencia…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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