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Mi padre, el narrador

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Relatos dominicales  

Miguel Valera  

Yo no sé en dónde mi padre aprendió a narrar, pero creo que las mayores enseñanzas que me dejó están ahí, en las historias que me contó. De niño, mientras un candil iluminaba la mesa de la cena y antes de ir a dormir, escuchaba embobado las cosas que nos decía a mis hermanos y a mí. Un día de un nahual, otro de un hombre que se encontraba con un muerto y también sobre las tuzas que querían acabar con sus siembras. Siempre, en todas las historias, había una enseñanza.  

La oscuridad, que llegaba temprano en el mes de octubre, era mi aliada, porque el candil de petróleo se prendía más temprano y a pesar de que terminaba con la nariz un poco renegrida, podía colocarme en primera fila de esa mesa larga de la casa paterna, listo para escuchar la historia de ese día. Mi madre, que no descansaba, distribuía tortillas fritas con frijoles, salsa y queso, y cuando se podía, un poco de jamón o aguacate encima. Y ahí, iluminado por ese halo tenue de luz, el rostro de mi padre y su voz elocuente de narrador.  

Como niño que era le creía todo a pie juntillas y jamás cuestionaba la veracidad de sus historias. En el mundo de mi infancia todo era real y todo verdadero. Todo esto que les cuento, añadía, me lo contaron mis padres y yo se los cuento a ustedes para que nunca lo olviden, solía decirnos. Muchos años después, cuando leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, recordaba ese pasaje en la obsesión de Aureliano y Arcadio Buendía, de colocar etiquetas por todo el pueblo en los nombres de cada objeto, para evitar el terrible mal del olvido. Creo que eso era lo que intentaba mi padre al contarnos las historias que le había contado mi abuelo.    

Yo creo, pienso al escribir esto, que mi padre aprendió a contar las cosas leyendo la Biblia, porque desde que yo era niño siempre lo recuerdo pegado a una edición latinoamericana que había en casa. En ese “libro de libros”, decía, se encuentra todo lo que uno puede saber. Siguiendo su ejemplo, desde mi primera juventud me volví asiduo a esos textos y aunque me desconcertaban muchas cosas, sobre todo la violencia y la visión de un Dios guerrero, destructor de pueblos malos como Sodoma y Gomorra, me impresionaban los consejos de los libros de sabiduría y, en la adolescencia, la voz amorosa del Cantar de los Cantares.  

Sobre todo, así lo creo también, aprendió a contar, leyendo la naturaleza, desde que sale el sol hasta el ocaso. Sí, ahí, entre los abrojos, entre los cornizuelos, en la lucha que emprendía contra el “pica-pica” y debajo de los árboles. Un día, nos dijo a la luz del candil, se le apareció un duende. Lo quería perder en una zona en la que apenas había empezado a trabajar. Se detuvo a la sombra de un árbol, tomó agua de la garrafa roja que cargaba y se volteó la camisa; a los cinco minutos encontró el camino de regreso.  

Desde esa época aprendí a mirar más allá de mi propia mirada, con los ojos de la imaginación, creando mundos fantásticos que siguen grabados en mi interior. No sé si esto sirva para algo, pero como lo he dicho en otras ocasiones, si la eternidad existe, esta se encuentra en la memoria, en lo que los padres y los abuelos nos contaron.  

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