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Rodolfo Chena Rivas
Los macrodatos demográficos de la ONU indican que, a fines del año 2022, la población mundial cruzó la barrera de los 8 mil millones de personas, de las cuales se ha estimado que 50.5% son hombres y 49.5% mujeres. En ausencia de datos antiguos precisos, esta proporción nunca ha sido difícil de hipotetizar para extenderla hacia el pasado más remoto. ¿Por qué frente a este hecho biológico-demográfico evidente, la “Mujer” permaneció invisible en amplísimos periodos? A mediados del siglo pasado (1948-49) Simone de Beauvoir escribía en “El segundo sexo”, obra estimada fundacional para el feminismo de nuestro tiempo, lo siguiente: “Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que en la especie humana hay hembras; constituyen hoy, como antaño, la mitad, aproximadamente de la población…

Si su función de hembra no basta para definir a la mujer… tendremos que plantearnos la pregunta: ¿Qué es una mujer?…A un hombre no se le ocurriría la idea de escribir un libro sobre la singular situación que ocupan los varones en la Humanidad…para él, ella es sexo… La mujer se determina y se diferencia con relación al hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, él es lo absoluto, ella es lo Otro…[pero]…de buen o mal grado, individuos y grupos se ven obligados a reconocer la reciprocidad de sus relaciones.

Cómo es posible, entonces, que esta reciprocidad no se haya planteado entre los sexos, que uno de los términos se haya afirmado como el único esencial, negando toda relatividad con respecto a su correlativo, definiendo a éste como alteridad pura? ¿Por qué no ponen en discusión las mujeres la soberanía masculina? … ¿De dónde le viene a la mujer esta sumisión?”. En su muy reciente “El ABC del género”, Mariana Gabarrot dice de Beauvoir: “En este texto señala que no se nace mujer, se llega a serlo, poniendo el acento en la construcción social de la feminidad y la masculinidad. Desde entonces, podríamos decir que se entiende el sexo como una serie de características biológicas, y el género como las derivaciones sociales de las mismas…Por lo tanto, no podemos hablar de feminismo sin género, y viceversa”.

El feminismo es un movimiento social que se ha expresado en diversas “olas”; y quienes lo sostienen hablan de cuatro caracterizadas como épocas. Al respecto, dice Marta Lamas, en “Dolor y Política”, que, con criterios y diferencias sobre temporalidad, expresión de pensamiento, pasiones narrativas y afectividades, habría que entender la Cuarta Ola feminista “por su definición como un nuevo impulso de movilización que tiene cuatro elementos distintivos: un interés mayor en la lucha contra la violencia sexual, el manejo del internet, el sentido del humor y la perspectiva interseccional”.

Sin duda, el feminismo tiene acentos diversos, según latitudes y espacios culturales disímbolos, y, en consecuencia,
admite distintas orientaciones teóricas y praxis específicas, aunque no con extremismos que impidan un proceso identitario que hace coincidencia en la exigencia de reciprocidad. ¿Por qué no se podía o no se quería visibilizar la condición femenina? Pues porque no era
suficiente hurgar únicamente en las diferencias biológicas, sino explorar las condicionantes de carácter social. Por ello, la realidad del feminismo que hoy parecería ser una verdad de perogrullo, se encontraba, en tiempos pasados no tan lejanos, en un sorprendente grado de invisibilidad.

A riesgo de que una visión corta me haga una jugarreta indeseada, propia de mi condición o adscripción socialmente masculina, me gustaría decirle en estas líneas a las mujeres con las que comparto una sincera relación filial, fraterna o amorosa, que respeto su esfuerzo y compromiso en pro de la dignidad para superar falacias discriminatorias sobre sexo o género provenientes de otro u otros “gremios”, lo cual merece y necesita manifestarse todos los días como conmemoración o rememoración presente de hechos históricamente trágicos para las mujeres, y de sus icónicos triunfos conquistados literalmente a “sangre y fuego” e incorporados en la conciencia social de todo tiempo y lugar; haciendo que la realidad de hoy no pueda entenderse sin el vigor de la manifestación y la movilización en pro de la asunción de auténticos estándares justos de visibilidad sobre la condición femenina y su demanda de reciprocidad. Sin duda.

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