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Para escribir memorias hay que separarse de la propia historia: Vivian Gornick

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Periodista y feminista estadunidense. Foto: Barry Domínguez.

Vivian Gornick fue lo que nunca hubiera querido ser: “Yo era la mujer que no podía dejar a su madre porque se había convertido en su madre”.

¿Cómo llegó a decirse una verdad tan dolorosa? ¿Cómo la escribió en una página en blanco para confesársela a todo el mundo y se convirtió en un fenómeno editorial en 13 idiomas? Apegos feroces (Fierce attachments) está entre los 50 libros más vendidos en Amazon.

Escribir aquella dura verdad hizo de Vivian Gornick (Nueva York, 1935) una grande de la memoria literaria. La lucha por su independencia contra su madre viuda es el vórtice en torno al cual se estructura su libro más aclamado, que alterna recuerdos de infancia y de un presente que transcurre en el barrio neoyorquino del Bronx, donde la periodista, emblema del feminismo radical estadunidense, creció dentro de una familia de judíos ucranianos socialistas refugiada a causa de la Segunda Guerra Mundial.

A esta experiencia narrativa dedicó la conferencia magistral que inauguró la IV Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (Filuni), que se desarrolla hasta el domingo 4 de septiembre en el Centro de Exposiciones y Congresos de la UNAM. La autora fue presentada por Rosa Beltrán, coordinadora de Difusión Cultural.

Gornick es una voz indispensable en el periodismo y el activismo feminista radical estadunidense de los años 70 y 80, en diarios como The Village VanguardThe Atlantic y The New York Times, en los que dio cuenta del movimiento desde su propia experiencia. Ha ejercido la crítica literaria y también la vida académica.

Siempre pensó que escribiría su historia sobre la relación con su madre y una vecina en una novela. Ambas mujeres eran viudas, pero mientras aquélla la asfixiaba en su soledad y el recuerdo del padre, la otra llevaba una vida rodeada de hombres. Ambas, sin embargo, vivían en torno a una máxima, de la que Gornick, feminista, quiso hablar: que no se puede vivir sin un hombre al lado. Alguien le hizo ver que aquel relato sólo podía escribirse en una memoria. “Esto únicamente podría surgir de un narrador que fuera yo misma y, al mismo tiempo, no yo. Yo era muchas cosas: una mujer de mediana edad, divorciada y feminista; era una académica y periodista, amiga y hermana. Pero para la página, tenía que convertirme en una narradora que no podía dejar a su madre porque se había convertido en su madre… Así que me senté y escribí Apegos feroces”.

Después de tres décadas de practicar la autonarrativa, advierte que hacer literatura de una historia personal no es fácil. Se requiere distinguir entre la situación real y la historia por relatar; entre la persona que sé es en la vida diaria y el narrador en la página; elegir lo que se cuenta y lo que se deja fuera. Es necesario, además, que el narrador se convierta en un personaje, y en una voz confiable para el lector. Se trata de un proceso subjetivo, que, sin embargo, no es caprichoso: “Una memoria se organiza en torno a una idea, lo que escribo se acomoda para contarla”.

“Lograr la creación de este narrador es vital en una memoria. Hay que saber por qué se habla, pero también quién habla. ¿Quién es este que soy yo hablando?”

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