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Rumbo a la constelación Vulpecula

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Por Dr. Rolando Ísita Tornell*

Nos conocimos por la mirada. Las kilométricas charlas fue lo nuestro, “somos unos chismosos”. Verla, toda una fascinación. Por lo que me consta, profundamente buena, pura, abierta… vulnerable, por lo mismo. No es necesario un sesudo análisis documentado con citas que este mundo como es y los que le rodeamos, para una persona como ella, el arte le permitió ver esa su manera de detectar belleza, detalles, luces y sombras, enfoques y perspectivas; sus obras ventanas para asomarse a sus fascinantes y conmovedores refugios, creo. Uno de los personajes de sus ensoñaciones de persona buena, tierna, inocente: El Ratón Pérez.

El acceso a su naturaleza íntima fue jugar, en serio, y no actuar de niño y así, como cuando corrimos en el bosque, despedazando una innecesaria férula que traía puesta sobrerrepresentando aprehensiones, celebrando juntos la travesura, corriendo, experimentando.

Por convicción le presenté el mundo lo más nítido, fáctico a mi saber y alcance. Defendimos juntos el derecho que suele tacharse peyorativamente como rebeldía, ¡que no se nos oculte el mundo tal como es a los niños! Ella es quien decidía qué, cómo, cuándo responderle a sus preguntas del mundo social. Ese mundo atrás de las personas, real, inmediato, lo descubrió, lo entendió, le fastidió.

Sí, lo nuestro eran kilométricas charlas, sus enseñanzas, porque ¡vaya que me dio lecciones radicales! Todo eso me lo fue narrando desde que la conocí, incluyendo aquello mío que le sirvió y, lo que no; me dio instrucciones precisas, severas y convincentes de que su fascinante mundo de ensoñaciones tiernas, bellas, que le permitió dar vida -en imagen cuando menos- al legendario Ratón Pérez, no tenía discusión; de que es imaginariamente tan sabio y documentable el arte fantástico en la historia, que me compartió con erudición… Pero en la esgrima real, lo suyo nunca fue confrontar la doblez, la zafiedad, embustes, engaños, el autoritarismo cultural cotidiano, “el tú a tú” de espada-lengua para pelear. No tuvo ni quiso armas.

Todo esto lo detectó nítidamente desde su naturaleza íntima buena, fue parte de nuestra última charla y sus últimas instrucciones.

Asumió con plenitud el Universo por su belleza más que por sus explicaciones físicas. Ella buscó y eligió la constelación Vulpecula por su representación simbólico-mitológica de el zorrito (y el ganso); planeó meticulosamente un discreto tatuaje en su cuerpo, sólo las estrellas representativas y las líneas imaginarias con las que se representan las constelaciones. “No todo es ciencia, Papo”, defendió con orgullo y concluyó que… también es arte y se parecen.

Escogió su puerto de partida en plena Naturaleza… Charlamos de los tlacuaches que “descubrió” y le encantaron, de una arañita blanca, de la luminiscencia de los cocuyos, de algún detalle de uno de sus cuadros: los cables de Internet y sus sombras colgando de la pared de una casa decimonónica, me evocaba a Harold Foster… Me hizo prometer no tomar las armas para defender convicciones conquistadas a pulso y quieren arrebatar sin reglas; ni para cambiar este mundo que le dolió hasta el hueso, le hartó y resolvió evacuarlo. Nunca me imaginé que se estaba despidiendo, poco después partió hacia Vulpecula. ¡Buen viaje, Raquel Ísita Riviello. Te quiero! (1990-2020).

*Comunicación de la Ciencia DGDC UNAM-Ensenada

risita@dgdc.unam.mx

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