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Stalin, el letrado maligno y su demonio

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Se ha tachado a Stalin de zafio, arribista y poco sofisticado. Su biblioteca personal muestra, en cambio, a un lector obsesivo, cáustico, ingobernable. En su figura convivían el intelectual y el tirano sanguinario.

Si hay algo difícil de entender, resultando moralmente ajeno a la comprensión, es el demonio –en el sentido socrático­– de los tiranos. Desde la antigua hybris hasta las modernas patologías, incluido el sadismo y descartado, no sin dificultades, el inefable Mal teológico, todas las explicaciones suelen ser insatisfactorias. Tratándose de Stalin, las biografías contemporáneas, al escudriñar cada rincón de su vida y de su obra, coinciden en que su muy bien ponderada astucia y su aterradora inteligencia criminal permitieron el desprecio por su inmensa cultura libresca y su avidez por el conocimiento, como si el tirano no pudiera ser, al mismo tiempo, el insaciable guardián no de una, sino de varias bibliotecas.


Souvarine (1895-1984), habiendo sido uno de los secretarios de la Tercera Internacional, retrató por primera vez la naturaleza sustancialmente totalitaria del régimen estaliniano. Judío ucraniano que será el modelo del intelectual desencantado que empieza por utilizar los instrumentos del marxismo contra los bolcheviques y termina por denunciar la empresa entera, buscando la sustancia y no el accidente, Souvarine, llamado con justicia el “primer disidente”, no baja a Stalin de “ignorante” en las primeras páginas de su Staline. Se burla de él porque, como el corso Bonaparte, de lengua italiana, el georgiano Iósif Vissariónovich Dzhugashvili siempre tendrá al ruso como segunda (y defectuosa) lengua, afirma Souvarine, quien a lo largo de su obra pionera –escrita antes de los procesos de Moscú pero ampliada en cada una de sus reediciones– repetirá los tópicos contra Stalin de la inteliguentsia revolucionaria que vivió exiliada antes de 1917 en las grandes ciudades europeas.

 Deseoso de aprender idiomas, ya en el poder Stalin pedía, sin haber logrado gran cosa, variadas gramáticas de lenguas extranjeras para estudiarlas.

Zafio, astuto, arribista, carente de gusto artístico y de toda sofisticación, el antiguo seminarista –que fue expulsado en 1899 del seminario teológico de Tiflis por mala conducta y no por ser mal estudiante– no podía ser un intelectual. Precisamente lo contrario afirma Geoffrey Roberts: sea como se entienda la palabra “intelectual”, en el sentido enciclopedista o romántico, Stalin lo fue, sin ninguna duda. No solo eso. Tras reconstruir, en Stalin’s library. A dictator and his books, el catálogo de las bibliotecas personales del dictador, que fueron dispersadas por toda la Unión Soviética tras su muerte, como si fueran las propias cenizas del verdugo, el profesor británico documenta sin margen de error que Stalin, no habiendo sido, desde luego, un teórico marxista original ni un gran escritor, fue no solo el amo de todas las Rusias sino, probablemente, el soviético más curioso y cultivado de su tiempo. Ello se demuestra, también, en sus temerarias incursiones, después de 1945, en la genética y en la lingüística. En público, Stalin defendía los puntos de vista de clase para las ciencias; en privado se mofaba de Lysenko y de todos aquellos deseos de llevar la doctrina al darwinismo o las matemáticas. En ese universo impredecible, sujeto al capricho despótico, a veces era más peligroso pecar por exceso de obsecuencia que mostrar cierta disidencia.


El minucioso examen de la marginalia estaliniana, realizada por Roberts, delata a un lector obsesivo, cáustico, ingobernable, quien aunque siempre leyó políticamente –sobre todo a sus enemigos, reales o supuestos, desde las obras de Trotski hasta los discursos de su muy querido F. D. Roosevelt– en muchas ocasiones –como lector de Shakespeare, de los clásicos rusos o de los poetas y dramaturgos soviéticos que atormentaba y perseguía y amaba, como el caso de Bulgákov– fue más inteligente y sensible que sus comisarios, cuya obediencia ciega y escasas entendederas le causaban risa o suscitaban severos extrañamientos: de consuno con Gorki, la “cultura proletaria” y sus asociaciones fueron liquidadas en 1932, mucho después de lo que Stalin hubiera querido, y sustituidas por un aburguesado realismo socialista, afecto al sentimentalismo. El humor ligero, en cambio, lo ofendía y con la ironía de Gógol, su preferido, tenía suficiente. Otro converso, Dostoievski, no le hacía ninguna gracia mientras se conocía su Tolstói al dedillo.

Todos estos cambios en su temperamento de lector hacían un oficio de alto riesgo, como todo empleo en el Kremlin, el ser bibliotecario de Stalin.

Trotski jamás hubiera aceptado que, sin su pedantería de literato de salón, Stalin fue mejor lector que él, no solo de la realidad soviética y del mundo que a la URSS le tocó enfrentar (y crear), sino de los libros propiamente dichos. Incluso Stalin, redactor seco y eficaz que llegó a editar personalmente todo lo que era de su interés en periódicos, libros, discursos e investigaciones académicas en sus vastos dominios, se burla sin piedad de las metáforas fósiles de Trotski o de sus arrebatos humanitarios. Trotski, ya se sabe, subestimó a Stalin en todos los renglones y su destino trágico en buena medida fue la consecuencia del desprecio por la cultura de su victimario. Aunque “el narcisismo de las pequeñas diferencias”, como las llama Roberts, era esencial para la purificación constante del alma bolchevique, Stalin, a diferencia de Trotski, no tenía el vicio literario de las minucias. Descalificaba teóricamente a sus rivales para reprimirlos o liquidarlos, pero era ajeno al ocio teorético. La impresión que Stalin dejaba en sus visitantes, algunos tan intachables como George F. Kennan, embajador de Estados Unidos tras la muerte de Stalin y “paloma” frente a los soviéticos durante la Guerra Fría, era de majestad política e intelectual.


En las primeras páginas de su Stalin, sobre el cual cayeron las primeras gotas de sangre del golpe de piolet que le propinó Ramón Mercader el 20 de agosto de 1940, Trotski suda la gota gorda para que no se considere despectiva su calificación de Stalin como “asiático” o se piense que está hablando mal de los camaradas georgianos. Lo compara, siguiendo a Bujarin, con Gengis Kan; le es imposible ocultar que la madre de Stalin, como la de Hitler, lo soñaba eclesiástico; asegura que a la remota Georgia difícilmente llegaban los libros de Marx o Darwin y ni siquiera eran accesibles Tolstói, Dostoievski y Turguénev, autores que los apologistas estalinianos creen que su joven héroe leyó, aunque no le queda más remedio que aceptar los testimonios que pintan al seminarista educado a la manera jesuítica como lector omnívoro, pero sin método, incapaz de procesar “científicamente” lo consumido. Trotski, que, a diferencia de su hermano enemigo, sí fue un gran historiador y un hombre de buena pluma, prefiere concentrarse en la rudeza de Koba, llamado Sosó de niño, como revolucionario profesional.


Del Stalin, de Trotski, no exento de pasajes magníficos, se concluye que el primero se hizo a sí mismo en los bajos fondos de la clandestinidad revolucionaria, colindante con el crimen y no, como su biógrafo, en las tertulias socialdemócratas más distinguidas de Londres, París, Berlín, Nueva York y San Petersburgo. El empíreo del marxismo-leninismo era para el refinado Trotski; el Hades, desde luego, el sitio adecuado para el basto Stalin.

 Pero el que ríe al último, ríe mejor y, con sus lápices de colores, el dictador alababa, al margen, con sus subrayados (pomeki en ruso) las lecciones trotskistas sobre la necesidad del Terror rojo contra “el renegado Kautsky” y distribuía sus truculentos “Ja, ja” en los puntos débiles o romanticoides de los escritos del rival asesinado, al cual se dio el lujo de calificar, poco después de haberlo ultimado, de “persona capaz”. El propio Stalin, tiempo atrás, corrigió la redacción del texto que daba noticia de la muerte de Trotski en Pravda.


Nadie duda de la idolatría de Stalin por Lenin, pero sorprendentemente (al menos para mí) gracias a Roberts me entero de que el primero no tuvo empacho en comentar públicamente el célebre testamento leninista de 1923 donde lamentaba su violencia y sugería su sustitución.

 “Sí, soy un tipo rudo”, pareció decir un Stalin que Roberts se niega a calificar como psicópata o paranoide; la paranoia no estaba, leemos en Stalin’s library. A dictator and his books, tanto en él como en la genética del poder soviético. “Primero bolchevique y luego intelectual”, creyó Stalin que el marxismo-leninismo era una ciencia cuya práctica requería del genocidio, careciendo por completo de compasión o empatía, como ese Iván el Terrible rehabilitado a mediados de los años treinta. Esa rehabilitación del zar fundador interrumpió, después de un acre reproche de Stalin, el filme de Eisenstein, lo cual dejó moribundo al cineasta.


Ciertamente, Stalin “no tuvo alma” como escribiese Paz en “Aunque es de noche”, su memorable poema; pero también es verdad que, si seguimos la definición de Al Alvarez del intelectual como aquel para quien las ideas son emociones fundamentales, Stalin, insiste Roberts, fue un intelectual.

 Y no solo eso: jamás dejó que nadie le escribiera discursos ni artículos y como editor de la millonaria edición de la Breve historia del Partido Comunista de la URSS, en 1939, no había quien le aguantara el paso. Él, como todos los bolcheviques, se educó en la universidad de las imprentas clandestinas y en la redacción literal del pesadillesco mundo que idearon y construyeron.

También, leyendo Stalin’s library. A dictator and his books, sorprende que el culto a la personalidad, la principal acusación de Jrushchov en el XX Congreso, no sea lo más relevante. Stalin, como todos los tiranos de la época, se dejaba querer, pero tenía la coquetería de censurar mitologías sobre su infancia o distorsiones históricas destinadas a complacerlo, adicto como era a las precisiones cronológicas, advirtiendo contra todo exceso antileninista dado a exagerar “el papel del individuo” en la historia. Nunca negó, por ejemplo, el protocolo secreto del pacto germano-soviético de 1939 que cedía a Rusia los Estados bálticos y la Polonia oriental, dado a conocer por los abogados de los criminales nazis en Núremberg. Antes que eso justificó esa partición como necesaria a fin de hacerse de un frente en el norte para una agresión nazi que sabía que llegaría tarde o temprano. Y no parecen consistentes, arguye Roberts, las acusaciones contra Stalin como plagiario de textos de Lenin.


Un dueño del mundo debe conocer todos los libros del mundo y así se concebía Stalin, quien heredó la biblioteca de Lenin (que no coleccionaba libros) y, por un tiempo, a su bibliotecaria, Shushanika Manuchar’yants. Más allá de los temas propios de la doctrina marxista-leninista o los del estadista –diplomacia, historia militar, asuntos económicos, constituciones extranjeras–, sus bibliotecas contaban con toda clase de libros literarios y científicos, lo mismo clásicos que novedades, y el dictador pasaba buena parte del día leyendo y subrayando. Su personaje extranjero favorito era Oliver Cromwell, según le contó a H. G. Wells, y fue un lector asiduo de Bismarck. De tarde en tarde, leía a Maquiavelo, aunque es dudoso que el áulico florentino tuviera mucho que enseñarle. De Nietzsche anotó que, aunque el filósofo estaba en las antípodas del marxismo, debía agradecérsele su lucha contra “el individualismo y la anarquía” de la sociedad capitalista.


Por desgracia, los volúmenes de orden literario fueron, para Roberts, los más difíciles de recuperar, aunque, como Lenin, los gustos de Stalin eran bastante convencionales. Excepción hecha del poeta Maiakovski, cuyo culto ordenó, le era ajeno el mundo de la vanguardia y es inimaginable verlo reunirse, como lo hizo Trotski en México, con un Breton. El tirano requería de traducciones, mandadas a hacer exprofeso para él, de toda clase de literatura. Se deleitó con la versión al ruso de México insurgente, de John Reed. De los libros con el ex libris de Stalin, guardados por el Instituto Marx-Engels-Lenin tras su fallecimiento, se cuentan 19,500 ejemplares, aunque debieron ser el triple. En torno al Kremlin y su par de dachas, había un verdadero sistema de intercambio bibliotecario, que no se interrumpió ni en los días más aciagos de la guerra contra Hitler. Previsiblemente, Stalin era negligente a la hora de devolver préstamos a bibliotecas públicas o a camaradas bibliófilos (y subrayaba salvajemente los libros propios y ajenos) y a las lecturas de su hija Svetlana, inclinada a las letras, les prestaba mucha atención.

El comunismo soviético, a diferencia de los orgullosamente ignaros populismos de la actualidad, se gloriaba de ser heredero de las tradiciones intelectuales de Occidente, de la Revolución francesa y de la filosofía alemana. Los revolucionarios rusos de todas las facciones eran gente de libros y, de no haberse topado con la llave de la historia (para retomar la célebre imagen de Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia), en ratones de biblioteca se hubieran quedado. Su paradoja fue que ese fondo ilustrado, al desarrollarse en Rusia, se convirtió en un despotismo no del todo imprevisto por Marx y sobre todo por los anarquistas (contra quienes Stalin escribió su primer libro ¿Anarquismo o socialismo? en 1907). Esa paradoja llevó a los marxistas heterodoxos de la Escuela de Frankfurt a ver en el totalitarismo del siglo XX un desenlace de la Ilustración, aunque pareciese su negación.

¿Civilización y barbarie? No me parece adecuado, siendo liberales, seguir haciendo circular aquella moneda acuñada por Benjamin que lleva una y otra en cada cara, pero el estalinismo hizo de la URSS, hija de la inteliguentsiadecimonónica, una sociedad letrada, donde se leía en público y se leía a escondidas. Para leer se vivía y por leer podía ser uno desterrado o asesinado. Esa sociedad de lectores empero, cuando buena parte de ellos leyeron con fanatismo, no podía ser tampoco una sociedad democrática. Y solo interesado en liquidar a los enemigos de la raza aria, el otro socialismo, el nazismo de Hitler, al carecer de un mundo nuevo que construir, no necesitaba de libros y por ello el Führer fue un lector mediocre. Stalin no quemaba libros y a diferencia de Mao, otro lector maníaco, murió pudiendo leer.

 Prefecto, ordenaba cómo leer. Se conmovía Stalin con los versos de Victor Hugo contra la quema de la biblioteca del Louvre por los comuneros en 1871 y, como Lenin, soñaba con un partido de letrados para una nación de letrados. Los subrayados de Stalin en sus libros eran marcas de sangre sobre el rostro de la infortunada Rusia. Fueron la expresión de su demonio. ~

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