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Un ilustre desconocido

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Gino Raúl de Gasperín Gasperín

No pocas veces sucede que una obra de arte sea ella misma más conocida que su autor. En música y pintura sucede con frecuencia quizá porque ambas artes entran por los sentidos, siempre más fáciles de impresionar que por la lectura que exige más trabajo y dedicación.

Es el caso de una obra de arte literario que se ha impuesto a través de los siglos y que es timbre de gloria para el idioma castellano: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Esta es la obra, publicada en dos partes: la primera en 1605 y la segunda en 1615, pero de su autor, Miguel de Cervantes Saavedra, poco se ha difundido. Esto obedece a que la vida de don Quijote es, con mucho, más interesante que la de su propio autor. Con todo, muchos grandes escritores se han abocado a escudriñar los hechos y deshechos de Cervantes y miles de folios se han escrito rastreando los pasos que en su vida (bastante azarosa) dio este singular y extraordinario escritor.

«La vida y entorno familiar del alcalaíno tampoco se prestaron a que alcanzara el prestigio social que su formidable imaginación literaria y su pluma inigualable merecían», dice Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la Lengua, en su reciente libro Cervantes. Fue hasta el siglo XVIII cuando se empezó a hurgar en la historia personal de Cervantes hasta llegar a los años cuarenta del siglo XX cuando se escribió «la más extensa y documentada biografía en siete tomos del Príncipe de los ingenios».

Aunque dudamos que en la vida de Cervantes hayan sucedido tantas cosas «heroicas y ejemplares» como para llenar tantísimas páginas no por ello deja de ser interesante. Cervantes quiso ser escritor en un tiempo en que no había sino esta y dos opciones más: ser religioso o ser soldado. Como ingresar al servicio de la iglesia no se le ocurrió ni de broma y ser escritor solo estaba reservado a unos pocos que servían de escribanos en la Corte, a más de que don Miguel carecía de una formación literaria apropiada, no le quedó más que ingresar en la milicia. Para su mala fortuna y buena para la nuestra.

En su familia no había, ciertamente, modelos a imitar. Vivía con dos hermanas, Andrea y Magdalena, muy dadas a la barraganería y al amancebamiento. La primera cargaba con una hija traída al mundo por una de esas ocupaciones. El mismo Cervantes tuvo una hija natural con Ana Franca, Isabel, que siguió muy bien el ejemplo de sus tías… Para mantener tan simpática familia, se empleó de recaudador de impuestos, ocupación ya de por sí bastante desagradable y odiosa. Y no tardó en comprobarlo: para abonar su poco prestigio social, tres veces fue a dar a la cárcel, y todo junto le acarreó no pocos desprestigios y enemigos.

«La vida de un gran escritor no tiene por qué ser necesariamente santa y … la mala fortuna de Miguel no resta un ápice a su gloria de autor inigualable». Totalmente de acuerdo, y más después de habernos heredado la mejor «novela» de todos los tiempos. Para don Miguel debió ser todo esto la causa y razón de que optara por subirse a las galeras y aportar lo que bien tuvo en su haber: la osadía de ser un soldado en tiempos de moros. Lo que no es poco decir. Y, aunque valiente y esforzado al grado de quedarle inutilizada la mano izquierda en la batalla de Lepanto (1571), no pudo salvarse de probar las hieles del cautiverio y fue encerrado en las hediondas mazmorras de Argel desde 1575 hasta 1580.

Sucedió así: Después de la batalla de Lepanto, cuando viajaba de Nápoles a España en la galera Sol, el barquichuelo fue azotado por dos tempestades. Perdido el rumbo, fue asaltado por embarcaciones de piratas berberiscos. Fue hecho prisionero y llevado a Argel donde los turcos los mantuvieron encerrado mientras esperaban que alguien pagara un jugoso rescate, como era costumbre. Miguel trató de escapar cuatro veces, pero sin suerte, hasta que unos monjes trinitarios desembolsaron una fuerte cantidad de dinero por su liberación.

No obstante que la publicación de El Quijote le aportó buenos ingresos, su prestigio social nunca fue tan bueno como hubiera merecido. Al morir no fue acompañado sino por un puñado de conocidos y su tumba no tuvo una leyenda que ensalzara su nombre y, como dice el presidente de la Academia, «ni una hermosa frase que recordara su grandeza». Con el tiempo, sus restos fueron a dar, tristemente, a un osario común…Pero descansa en paz.

grdgg@live.com.mx

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