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Con la mirada escondida  

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Relatos dominicales  

Miguel Valera  

Es un niño raro, decía la madre de Julián. No le gusta mirarme a los ojos, no le gusta jugar, no me contesta cuando le llamo. A veces creo que un espíritu maligno se apoderó de su alma y me lo quitó, porque desde que era un bebé tenía una sonrisa, como una mueca. Nació en un día de tormenta; el cielo se caía; las ramas de la higuera se tambaleaban, azotando las láminas. A la partera le dio miedo. Luego de sacármelo de las entrañas y limpiarlo, se quedó dormida en el sillón, acurrucada, con el terror pegado al rostro.  

Desde que era un bebé, insistía Amira, no mostraba expresiones en el rostro. Le sonreía, le hacía cariños, lo arrullaba cuando lloraba y su rostro era siempre como el de un adulto enojado. Estaba segura que un espíritu se había apoderado de él la noche de tormenta en que nació. Le llevó a doña Tencha, quien una tarde de abril le pasó dos huevos por el rostro y el cuerpo; los estrelló en un vaso con agua y le dijo que ahí se veía y olía a choquilla, una palabra que según le escuché decir alguna vez al abuelo, “es el olor desagradable que guardan las cosas como resultado de un mal lavado o secado”. “Este niño nació mal”, comentó la curandera.  

El padre, metido en largas jornadas del campo, dejó que Amira se encargara del “hijo raro” que había procreado. En “El Morro”, el bar del pueblo, donde se la pasaba con los amigos, solía evitar hablar de su hijo, “el rarito”. Con que no te vaya a salir maricón, le decían sus amigos, con sarcasmo. Anselmo se crispaba y para contenerse apretaba los puños y los dientes, pidiendo otra cerveza para apaciguarse.  

Deberías de convivir más con él, le decía La Chata, una mujer rolliza que atendía el bar desde hace más de una década, convirtiéndose en amiga y confidente de los parroquianos. No puedo, contestaba. Dios me castigó. Desde que era un bebé he intentado jugar con él, pero se molestaba cuando le movía la fila de juguetes que hacía. Además, tiene una obsesión con las ruedas y yo quería subirlo a un caballito o hacer otras cosas. Un día lo callé y regañé, porque quería estar repitiendo la misma palabra. Yo creo que se quedó traumado del día que nació, cuando la tormenta casi nos tira la higuera y la casa, decía displicente.  

Cuando la maestra Lorena llegó a ese pueblo y preguntó, en su visita de casa por casa, por qué Julián no iba a la escuela, intentaron escondérselo. Ya tenía 12 años y necesitaba educarse, pero ante el desinterés del padre, Amira prefirió mantenerlo escondido. No, no, no pueden hacer eso, dijo la maestra después de varios encuentros, de observarlo, de intentar platicar con él, de jugar y convivir. El niño tiene Trastorno del Espectro Autista, requiere de una atención especial, pero su hijo es muy inteligente y puede salir adelante.  

La madre miró sorprendida a la maestra cuando le explicaba los detalles de esta condición. ¿Sabía usted, le dijo, que grandes personajes de la historia han tenido autismo, como el músico Beethoven o los científicos Isaac Newton, Charles Darwin o Albert Einstein? La madre, que desconocía esos nombres, seguía sorprendida. Desde ese día, la vida de Julián cambió. Al conocer el problema los padres dejaron de creer en fuerzas oscuras y maldiciones, llevaron a Julián a las clases de la maestra Lorena, conscientes de que su hijo podría hacer su vida normal y salir adelante.  

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