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Cucho, el gato de Altamirano

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Miguel Valera  

—¿Y los animales van al cielo?, me preguntó Sofi esa tarde fresca que anunciaba lluvia en Xalapa. Quise decirle que sí, que el Cielo o Paraíso es un lugar maravilloso en donde conviven hombres y animales, como se ve en las imágenes de la Atalaya, una revista que reparten los predicadores de la agrupación religiosa Testigos de Jehová, pero me contuve, sabedor de su astucia mental.  

—No estoy seguro, le contesté. El viejo Aristóteles decía que sólo el alma de los seres humanos es inmortal y que por eso es “espiritual”, pero que la vida que bulle en las plantas es “vegetativa” y la del “animal”, sensitiva, que concluía cuando los organismos dejaban de tener capacidad para sostenerse por sí mismos. La verdad es que no lo sé.  

En algunas culturas, me contestó con voz suave, piensan que sí hay un cielo para las mascotas o que los animales ayudan a los humanos en su viaje al inframundo, como pensaban los nahuas y los mayas. Ahí, por ejemplo, los perritos ayudaban a las almas a cruzar el gran río del inframundo para encontrarse con el dios de la muerte. Pero sí, tienes razón, lo más seguro es que quién sabe, pero por si sí o por sí no, yo le voy a poner un platito de leche a Cucho, el gatito de la calle de Altamirano.  

Sofi, como muchos vecinos de esta rúa capitalina, se entristecieron cuando encontraron al gatito muerto. Nadie supo qué pasó. Era la mascota de la calle. Ahí, vecinas y vecinos se acercaban para dejarle de comer. El animalito seguramente fue mascota de alguien y ese alguien se cansó y de pronto lo abandonó, como lo hacen cientos, miles de personas en el mundo con esas mascotas que compran o reciben de regalo en alguna festividad.  

En el sitio, muy cerca de la iglesia de Los Corazones, colocaron un cartel en donde se leía: “Sé responsable con tus mascotas y no las abandones. Si no las quieres mejor búscales un hogar donde les brinden amor y atención o mejor no te hagas de una responsabilidad que no vas a cumplir. Una mascota no es un juego que puedes venir a tirar aquí, como le pasó a Cucho y a sus otros amigos que también ya pasaron a mejor vida por gente irresponsable a las que se les hizo fácil venir a abandonarlos”.  

Y en otro cartel: “Cucho, 2020-2022” “A las personas que alimentaban a Cucho se les informa que falleció y no se sabe cuál fue la causa de su muerte. En nombre de Cucho les damos las gracias por tratar de hacer sus días agradables”. En el lugar colocaron flores en su memoria.  

Sofi lloró cuando leyó el cartel y esa noche, que me preguntó si habría vida después de la muerte para los animales, no supe qué contestarle. Cuando fui a su cuarto para ver si ya se había dormido, la encontré rezando. Le pedía a Dios que no olvidara el alma de Cucho y que, si se había portado mal, que no lo mandara al infierno y que le permitiera regresar a tomar la leche que le dejaba en el altar de muerto. Se me hizo un nudo en la garganta y me alejé de la puerta, para dejarla en su intimidad espiritual.  

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