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El día del fin del mundo

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Relatos dominicales

Miguel Valera

Elvira está preocupada porque escuchó en la televisión que un investigador chileno dijo que el fin del mundo sería en este 2024. Ayer que acudió al mercado, deseó en su corazón que ojalá sea pronto, porque el kilo de carne de res ya está arriba de los 200 pesos, el de pollo está tocando los 100 y el aceite vegetal en 50 pesitos. El dinero no alcanza para nada, le dice a don Justo, el carnicero del barrio de El Dique, en Xalapa.

Joel, su marido, que trabaja como ayudante de albañil, gana 200 pesos diarios y le da 100 a Elvira para que haga comida todos los días para ellos dos y sus dos cachorros —Ana y Joelito—. Enojada, triste, angustiada, Elvira cree que lo mejor sería que se concretara el fin del mundo, tal como lo anunció el investigador chileno Felipe Arancibia Venegas. Con todo, se espanta cuando en la tv escucha que este lunes 08 de abril veremos un eclipse de sol y vienen a su memoria las historias que su abuelo le contaba sobre la lucha primigenia de estos cuerpos celestes y la importancia de los sacrificios humanos entre los mexicas.

¿Y si este eclipse es el anuncio del último día de este mundo?, se pregunta. Al llegar a casa corre al cajón de los recuerdos y saca unas monedas viejas de 10 pesos que su abuelo le regaló cuando era niña: ahí, brillantes, el águila con la serpiente de un lado y del otro el Sol reluciente del calendario azteca. “Durante los eclipses, los mexicas ofrecían sacrificios de personas albinas en honor a los dioses. Las mujeres embarazadas, por su parte, se colgaban un pedernal para prevenir el nacimiento de bebés con labios leporinos”, le había dicho su abuelo.

Además, le comentó: nosotros venimos de ese pueblo; que no se te olvide nunca. La fundación de Tenochtitlan fue en 1325 y la colocación de la piedra fundacional coincidió con un eclipse; por eso la importancia de los nopales con tunas rojas que crecen en estos días; le dijo vehemente, avivando su interés de la infancia. Con esas ideas creció y hoy, aunque ha dicho que desearía que fuera el fin del mundo, piensa en sus pequeños hijos, en el futuro que desea para ellos. “No, la verdad yo no quiero que se acabe el mundo”, dice en voz alta luego de ver las monedas viejas de 10 pesos.

Prende el televisor para distraerse y escucha un bombardeo de malas noticias: amenazas de guerras mundiales, terremotos que destruyen ciudades, enfermedades extrañas que afectan a toda la humanidad, pandemias incontrolables, daños medioambientales irreversibles, hambruna, delincuencia por aquí y por allá; gobiernos indolentes. ¿Y si de verdad es el fin del mundo?, se pregunta, volteando ver a sus cachorros que juegan con unos “mega blocks” que su tío Andrés les regaló.

Por la tarde, luego de darle de comer a su marido unos bisteces entomatados —advirtiéndole que sólo podrán comer carne una vez a la semana, para que el dinero alcance— se va al templo a rezar. Quiere confesarse para estar lista para el fin del mundo. Después de escuchar su confesión el padre le sonríe para tranquilizarla: no, no Elvira. No creo que tengamos fin del mundo este lunes. Disfruta a tus hijos, a tu marido y sigue luchando, porque tienen que sacarlos juntos adelante. Nadie sabe el día ni la hora, refrenda el padre Tomás. Ah, le dice para despedirla, ya en el atrio: llévate estos lentes con filtro de luz con certificación ISO 12312-2 que unos feligreses me regalaron y estate tranquila que la vida seguirá hasta que se termine. 

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