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Froy

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Hace una semana lo despedimos. En un principio se pensó que se trataba de una oclusión intestinal, pero una vez internado las cosas se complicaron y en cuestión de horas sobrevino el paro respiratorio. Froylán Mario López Narváez cumplía ya dos años de retiro académico, lo mismo (como tantos otros) de tinta ausente en los periódicos de circulación nacional. En el velatorio recordábamos algunas de sus vehemencias, obsesiones y caprichos.      

Así como Aristóteles tuvo a Platón como maestro, y Sancho al Quijote como padre de sabiduría, mi generación en la UNAM siguió las enseñanzas de Froylán durante cuatro buenos semestres en los que no podíamos prescindir de él, ni él –quiero suponer– de nosotros. Nos adoptó como su grupo favorito y con él cursamos Teoría de los Medios, tanto como Sociología y Psicología de la Comunicación.   

El curso era teórico, pero en no pocas ocasiones organizó estudios de campo y visitas culturales donde departíamos a lo peripatético experiencias e interrogantes. Una exploración en Temascaltepec para conocer su “entorno comunicacional” y varias veladas en el salón El Gran León, donde Pepe Arévalo y sus mulatos hacían la delicia de los habituales. Desconfíen de quien no baila”, nos decía en confianza.  

    En el grupo de Periodismos y Comunicación destacaba una “mafia” que ejercía una suerte de apostolado con Froy. Entre ellos figuraban, desde luego, la boricua Helga Mattei (bailadora reina), Ángeles Mastretta, el hoy embajador Jaime Nualart, Guadalupe Bernal, David Siller, Lizbeth Baqueiro, Víctor M. Juárez, Rosa Adela L. Zuckerman, Carlos Becerril y Enrique Álvarez Barajas, mejor conocido como “el Gary”, cuya máxima hazaña era ejercer como peluquero de Octavio Paz.  

    Originario de Charcas, en San Luis Potosí, Froylán migró a la metrópoli para cursar la carrera de Derecho y litigar a desgano, hasta que alguien lo presentó con don Julio Scherer, quien prendado de su elocuencia lo sumó a la lista de colaboradores.

Aunque poeta secreto, negado a publicar sus versos, escribía artículos crípticos de impecable prosa. No era fácil seguir sus reflexiones, de donde procedía su fama de filósofo impenetrable.  

    Compartía sus alegrías, que no eran pocas, pero con prudente sobriedad. Tuvo nueve hijos, vivía en la calle de Nevado, en Portales, donde cada cumpleaños suyo era velada obligada para gente de poder y palabra: Porfirio Muñoz Ledo, monseñor Sergio Méndez Arceo, Ricardo Garibay (su inseparable), la China Mendoza, Carlos Marín y algunos más.  

    Mi generación, ya lo decía, tuvo en Froylán a su mentor estrella (todos lo saben: los profesores tienen alumnos, los maestros, discípulos), pero también a preceptores de asombro como Gustavo Sáinz (quien nos arrojó al medio literario), Hugo Gutiérrez Vega, Miguel Ángel Granados Chapa, Fernando Benítez, Henrique González Casanova, José Antonio Álvarez Lima, Miguel Barbachano Ponce; en fin.  

De la teoría de Marshall Macluhan sobre los medios “como las extensiones del hombre”, al complejo de Edipo freudiano; de la concepción del cristianismo-en-conciencia de Teilhard de Chardin a las tesis de izquierda libertaria de Herbert Marcuse. Las clases de Froy eran viajes siderales para nuestra torpeza bachilleril. Y encima el adiestramiento político en los años convulsos del post-68.  

    Le tocó el golpe urdido por Luis Echeverría para aniquilar al Excélsior de Julio Scherer, en 1976, enfurecido por la crítica que le hacían desde sus páginas Daniel Cosío Villegas, Gastón García Cantú, Heberto Castillo, incluso Jorge Ibargüengoitia, amén de la planta de reporteros (Manuel Mejido, Ángel Trinidad Ferreira, Marco Aurelio Carballo), tundiendo duro contra la ineptitud y el despeñadero al que conducía al país. Así fundarían la revista Proceso, y luego derivarían otros medios como el diario unomásuno y Milenio. Pero eso es ya historia.  

    Froylán se movía como pez en esas aguas procelosas, dormía tranquilo, era de pupila alegre, bailaba y cantaba para paliar su comedida galanura, y así, disfrutando del Paraíso y pensionado al fin, nos dejó el sábado 6 pasado. La rumba es y fue cultura, él lo prescribió. Y lo seguirá siendo.  

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Escritor y periodista o periodista y escritor, David Martín del Campo, combina el conocimiento con el diario acontecer y nos brinda una deliciosa prosa que gusta mucho a los lectores. Que usted lo disfrute.

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