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Hernán Cortés

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Hace 500 años, el capitán Hernán Cortés, de 33 años, al frente de una partida de soldados españoles, llegó a las costas de México, procedente de Cuba, y fundó la Villa Rica de la Vera Cruz, el viernes santo de 1519.

​En Veracruz estableció el primer ayuntamiento de América, con el primer dedazo de la historia, pues no hubo proceso electoral, y también el Registro Civil, con apenas nociones de derecho, pues carecía de estudios mayores, imposibles en su natal Medellín, en Extremadura, entonces un minúsculo poblado.

​ De estatura menor, como Juárez, Bolívar, el Cid, Napoleón, o Chaplin, apenas alrededor de 1.60 metros, era apuesto y determinante, y un desatado tenorio.

​Con Veracruz como base estratégica, Cortés taladró algunos de sus precarios balandros para hundirlos y así impedir la deserción de sus soldados menos arrojados, cortó relaciones con el gobernador de Cuba Diego Velázquez, bajo cuya autoridad estaba, y marchó a la conquista de la capital.

Tenía una asesora de lujo, Malitzin, la Malinche, o doña Marina, hija de un cacique de Tabasco, que hablaba náhuatl y maya y aprendió rápidamente el castellano. También concibieron a uno de los primeros mestizos, Martín Cortés. Lo Cortés no quita lo caliente, según el genial caricaturista Rius.

En Tlaxcala se topó con un pueblo harto de la explotación azteca que se unió rápidamente a él, cansados de pagar tributos a los confabulados señoríos de Tacuba, Tenochtitlan y Texcoco, y ya declarados súbditos del emperador Carlos V, lo que los honró mucho, después de la impresión causada por los españoles a caballo, con armas de fuego y horrorizados por su disposición a matar.

Poco necesitaron los tlaxcaltecas para azuzarlos contra sus vecinos de Cholula, que los expoliaban, y lograr que pasaran a cuchillo a 3,000 de ellos, para hacerse fama de invencibles y despiadados, a diferencia de los aztecas, que con sus guerras floridas capturaban a sus enemigos, no los masacraban.

Por su parte, los españoles cortaron las manos a unos espías descubiertos, antes de los mandarlos de regreso a la gran Tenochtitlan, para aterrorizar a los meshicas, ahora mejor conocidos como aztecas, por Aztlán, el sitio de su orígenes.

También mataron a una pacífica comisión enviada de Calpulalpan . La crueldad rindió frutos. Casi 30,000 indígenas se les unieron a lo largo de las batallas de la conquista.

Moctezuma los esperaba atemorizado. Una leyenda vaticinaba el regreso del dios Quetzalcóatl para dar inicio a una nueva era y, por las dudas, trataban con respeto a Cortés, provisto de espadas, armaduras, caballos, perros de presa y armas de fuego para enfrentar arcos, flechas y cuchillos de la quebradiza obsidiana.

El astuto Cortés hizo a Moctezuma súbdito del rey de España y lo tomó como rehén en su mismo Palacio. Gobernaba Cortés con sus argucias políticas y diplomáticas y con el emperador azteca como títere.

Pero desde Cuba, llegó una fuerza comandada por Pánfilo de Narváez para destituirlo, inútilmente, porque Pedro de Alvarado, lugarteniente de Cortés, lo sometió e hizo su aliado.
Para su desgracia, organizó una matanza de nobles que sublevó a los meshicas y lo apalearon hasta terminar en la Noche Triste bajo el árbol donde rumiaron su derrota. Huyeron hacia Tlaxcala.

De paso en Otumba combatieron contra el pueblo indignado por sus atropellos y, con la derrota a la vista Cortés vio a un combatiente enemigo con un penacho, corrió hacia él, lo mató para quitárselo y lo mostró a la multitud que se contuvo sorprendida al creerse de ese modo derrotada.

Luego siguieron 300 años de colonia, saqueo y mestizaje hasta que, aprovechando la invasión de España por las tropas napoleónicas, los criollos encabezaron la guerra de Independencia. Y así seguimos, en otras circunstancias.

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