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Juega México contra Polonia en el Mundial de Qatar 2022

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Y justo por eso rescato un texto que escribí hace muchos años, en donde relato la increíble experiencia de compartir con Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, un partido de futbol en la sede del Boca Juniors.

Era 2002, Buenos Aires y Kapu, de nacionalidad polaca, confesaba su delirio por el futbol y su incumplido sueño de ser portero, como Jan Gomola, el arquero también polaco, que jugaba en México en los años 70.

Se los comparto. Saludos

KAPUSCINSKI Y EL FUTBOL

Por Ignacio Rodríguez Reyna

Frágil, cuerpo de cristal, para Ryszard Kapuscinski era un verdadero martirio estar arriba de ese autobús. Los asientos acojinados y el aire acondicionado no eran lo suyo. Menudo de por sí, las comodidades, para él excesivas, empequeñecían aún más su figura. No sólo eso. Un puñado de turistas, estridentes, cubría su alrededor con una alharaca.

Poco habituado a los ambientes controlados, se encontraba fuera de lugar, aislado de la realidad. No parecía ser ese hombre que desbordada vida por los dedos, delgados como ramas quebradizas; una vida para nada fácil, sino una larga y complicada vida de un hombre blanco, de un europeo que en las últimas tres décadas del siglo XX había logrado ocultarse y fundirse en los barrios más miserables del mundo.

Ahí, encaramado en un autocar que destilaba aroma a desinfectante, iba un hombre que había conseguido revolucionar, sin decir una sola palabra, el periodismo. No a lo Tom Wolfe, tan blanco, tan gringo, tan fatuo, sino a la Kapuscinski, con dosis infinitas de humanismo, de sencillez y de empatía por los hombres y las mujeres sobre cuya vida escribía.

Pues ese hombre, habituado a las estrecheces de todo tipo, lucía desconcertado, como un ratón acechado por un grupo de gatos de barriada. Ìbamos, quién lo diría, en medio de un tour que había elegido presenciar un partido de fútbol como parte del folclor argentino.

Era el Buenos Aires de noviembre del 2002, con un calor que comenzaba a apretar. Comandados por Jaime Abello, el rotundo colombiano sin el cual la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, la de García Márquez, sería un cascarón, un grupo de cinco o seis latinoamericanos aguantamos el ridículo extremo.

Los del tour –había sido la manera más fácil de conseguir boletos para ir con Kapu a ver al Boca Juniors— nos conducían como a un rebañito desvalido, siguiendo a un porteño con una banderita azul, advirtiéndonos sobre los riesgos de juntarnos con los integrantes de “La 12”, la barra más cabrona del Boca. Infundiendo un miedo gratuito y falso a los turistas.

Ahí iba Kapu caminando despacito, delicadamente, en brinquitos cortos, con su gorra de beisbolista y su pantalón caqui de gabardina medio gastada, y nos invadía la pena. Ni hablar. Martín Caparrós, el magnifico cronista y escritor, el que se parece como pocos a Dalí, registraba en su camarita de video los apuros.

Los del tour habían conseguido boletos un poco lejos de los “violentos” de los barrios marginales de Buenos Aires, de Matanzas, de Boca, de Villa Florito.

Kapu sólo miraba esa masa compacta de descamisados. No abría la boca. No le quitaba la vista de encima. Reservado, discreto, estaba «fundido», apagado. No lo imaginaba así. Ocasionalmente se levantaba del asiento, pero eso era todo.

Nada que ver con ese apasionado del fútbol que había quebrantado sus votos personales de austeridad y había comprado años antes un televisor exclusivamente para ver las transmisiones de los partidos. De otra manera, en su casa en Varsovia, en la que la gentil señora Kapuscinska –así le gustaba llamarla– esperaba pacientemente su regreso, no hubiera entrado jamás una pantalla.

El fútbol era su verdadera pasión. «Mi contacto con el fútbol viene de antiguo, del ya remoto mundo en el que pasé la infancia. En mi pequeña ciudad natal había un equipo de fútbol, orgullo de todo el pueblo. No recuerdo ningún partido concreto. Por aquel entonces tenía tres o cuatro años. Lo único que registró mi memoria fueron los movimientos de la pelota por el campo y una situación, o mejor dicho, una rodilla. La ensangrentada rodilla de un jugador. Había recibido una patada y caído sobre la hierba. Veo fútbol desde hace 60 años, cuando y donde puedo».

–Si hubieras podido, ¿qué posición te hubiera gustado jugar? –le pregunté en el estadio.

–Portero –respondió, sin titubear.

Me encantó su respuesta. No se lo dije, pero de chico yo tenía una extraña fascinación por los porteros, en particular por los porteros polacos. En el Mundial de futbol de México 70 compitió una selección nacional polaca buenísima. De todos los jugadores, es imborrable el nombre del portero: Jan Gomola.

Había otros jugadores, que a mi entender cometían el dulce delito de hacer poesía con el balón, sin que ello necesariamente redituara en goles. Estaba, por ejemplo, un finísimo mediocampista de apellido Lato.

Pero, bueno, mi fascinación por el guardameta polaco adquirió dimensiones insospechadas, a tal grado que más tarde me emocionó saber ese tal Jan Gomola fue contratado por un equipo mexicano de primera división: el Atlético Español, que había ocupado el lugar del Necaxa.

El Atlético Español de ese entonces era un buen cuadro, tenía jugadores con garra, elegantes. Estaban Benito Pardo y Manuel Manzo, por ejemplo. Pero nada como haber contratado a Jan Gomola. Así que, lo confieso, a los 12 años tuve que cometer la primera traición de la que soy consciente: abandoné al equipo del que era aficionado. Me convertí en seguidor del Atlético Español. Por un polaco.

¿Así que hubieras querido ser portero, Kapu?

Bueno, lo confesaría antes en una entrevista en una revista editada en Polonia: «Lo diré todo sin ambages: la verdad es que en el colegio no me fascinaba sino sólo una cosa: el fútbol. Yo hacía de portero en el equipo de mi escuela”.

Luego, Kapuscinski jugó en el equipo juvenil del Legia de Varsovia. “Pasaba días enteros en el césped del campo. Aquello era un arrebato, un delirio, mi vocación más apasionada”.

Así, pues, el hombre que había atrapado la realidad y la había transformado en fascinantes perlas de periodismo y literatura, estaba absorto en La Bombonera, el estadio del Boca. Hubiese sido un lujo ver jugar a Maradona en esa ocasión. A cambio, nos tuvimos que conformar con un Boca que tenía en Carlos Teves a su estrella de la temporada.

Kapuscinski no hablaba, fiel a su credo de que cuando uno empieza a preguntar se convierte en periodista, lo que lo aleja de la realidad y construye un muro infranqueable con la gente común y corriente.

De repente, unos chispazos le cubrían las pupilas y cruzaba unas cuantas palabras con quienes estaban a su lado. Hoy creo que estaba embelesado con el espectáculo que había en las tribunas. Miles de torsos, sudando, se contorsionaban como lombrices morenas en un frasco de cristal. Los aullidos llegaban en oleadas. Boca tomaba el espíritu de los asistentes.

A Kapucinski lo envolvió el alma colectiva. Y prácticamente ya no habló más.

* * *

Los asistentes a un taller de crónica impartido por Kapuscinski estábamos hospedados, incluido él mismo, en el NH Jousten, un hotel de muchas estrellas, ubicado en la célebre Corrientes, a un costado del centro financiero de Buenos Aires. Por supuesto, no era el hábitat en que él acostumbraba moverse.

Nada que ver con el Hotel Tívoli, de Luanda, Angola, donde tenía por vecinos a un par de viejecitos, Silva y Esperanza. Él era traficante de diamantes y ella moría de cáncer. El Tívolí era un hotel que olía mal, con un aroma acre, «lleno de una pesadez pegajosa y asfixiante», en donde la gente sudaba de calor y de miedo.

El NH Jousten, una mole de mármol y vidrio, no despedía ningún aroma. Si acaso, olía a indiferencia. La primera vez que vi a Kapuscinski fue en el lobby de ese hotel, tan falto de alma. Vestía modestamente. Nada en él llamaba la atención. No quería.

Él contaría después que sus preferidos eran los hoteles de tercera categoría, que se habían convertido a menudo en una necesidad para él, pues siempre viajó más de lo que se podía permitir. Ahí, contaba, tenía la posibilidad de encontrar a individuos con personalidades fascinantes.

En el Hotel Metropol, en Acra, Ghana, conoció por ejemplo a ese hombre llamado tío Wally, que lo llenaba de ternura y solidaridad. Wally era un londinense que moría un poco todos los días en pleno corazón de África. Vivía para morir, para beber whisky y esperar de la mano de la tuberculosis la llegada de la oscuridad. Todo un personaje.

El Metropol era un lugar descascarado, refugio de una fauna diversa, pero de todos los personajes destacaba Papá, el dueño del hostal, un libanés que respondía al nombre de Habib Zacca, otrora millonario que sólo conservaba nueve caballos árabes blancos como testimonio de que en otro tiempo la vida había sido distinta. Zacca mostró a Kapuscinski lo que no hizo con su esposa: su tesoro equino que padecía los ataques criminales de los bichos africanos.

Kapuscinski tenía un don nato para congeniar con la gente sencilla, con gente de corazón enorme como el ashanti Kwesi Amu, como el comandante palestino del Monte Hermon, como los tanzanios Edu y Abdullahi, como el hondureño Policarpo Paz, como la guerrillera angoleña Carlotta que murió cubriendo la salida de Kapuscinski de la línea de guerra, como el boliviano El Chato Peredo, como Doña Cartagina, y como tantos otros.

Por eso rechazaba los lujos y eso incluía los hoteles suntuosos. No le agradaban pues en ellos se alojaban millonarios, altos funcionarios de la banca, hombres de negocio, burócratas de organismos internacionales. Todos personajes que no le merecían mucho interés.

* * *

Lo tomamos por descuido. Supongo que eran muchos años lejos de América Latina. De otro modo, no lo hubiéramos sorprendido. Ya se sabe: el contraste entre los latinos y los caucásicos. El taller, al que asistíamos extasiados escuchando el español claro de ese polaco de ojos cristalinos, acababa.

Dijo Kapuscinski que era todo y que era un placer haber convivido con un grupo de jóvenes colegas. Se abrió un hueco en el tiempo, el silencio se resquebrajó cuando primero uno, luego otro y al final todos los presentes aplaudíamos, muy fuerte, con ganas de que nuestras palmas llegaran al fondo del corazón de ese viejo hombre que ya se cansaba y que pedía que lo dejáramos respirar el aire de la calle.

Y a los aplausos, siguió una rara escena. Alguien tomó un plumón. Y decidimos que no queríamos un autógrafo suyo en los libros, sino que le dejaríamos una marca nuestra en su camisa. Que de ese taller no saldría ileso. Pronto, su sencilla camisa blanca se tapizó con los nombres de lo asistentes y con palabras de afecto que no alcanzaban a agradecerle suficiente. Era un mosaico, con pequeños trazos cargados de cariño.

Y Kapuscinski se quebró por dentro. Empezó a llorar.

* * *

Estos son días difíciles en Argentina. La gente está harta. Cansada de gorilatos, corralitos y hombres que salvan a la patria y se la expropian como fortuna personal. La clase media y los trabajadores de bancarios salen a la calle. También lo hacen los viejitos pensionados, los desempleados. Hay bronca en las calles. No hay trabajo.

Los trabajadores portuarios tienen un mensaje para el presidente: «Señor Presidente. Queremos nuestra fuente de trabajo para volver a tener dignidad como hombres y poder defendernos. No queremos indemnización. Queremos trabajar».

Gritan a las paredes del Ministerio de Economía porque nadie los atiende. Gritan y suenan como un viejo bandoneón, un instrumento de angustia y desesperación.

En este país ya no hay sueños, ya no hay plata, se han acabado los sueños. Sorprende la franqueza de un hombre joven, un policía federal. Dice llamarse Federico Usli, y a quemarropa suelta: «Las cosas están mal y van a empeorar. Nos estamos preparando para una guerra civil contra los zurdos».

Esta Argentina no anda bien. El 60 por ciento de la población está por debajo de la pobreza, el 25 por ciento en la indigencia; los salarios han perdido el 70 por ciento de su valor en un santiamén.

Unas cuantas cuadras hacia arriba de donde Kapuscinski y los demás estamos alojados, todos los días aparece por la tardes Humberto Moral. Debe andar en los setenta y cinco años. Blanco, nariz aguileña, está impecable: lleva un saco de lana que combina perfectamente con un pantalón recién planchado. Atildado y galán, corona su atuendo con un gazné morado.

Se sienta frente a la sucursal que la librería Gandhi tiene en Corrientes. Saca su banquito y comienza a bolear zapatos. Tiene los ojos tristísimos. Y cómo no. Sesenta años después de que lo había dejado de hacer, vuelve a las calles con su cajón de madera.

Kapuscinski lo ha visto. Ha ido a comprar una docena de libros sobre Argentina. Quiere escribir algo sobre esto.

* * *

He perdido un cuaderno que atesoraba como pocos: uno de forma francesa, de pastas rojas, comprado en una librería de Corrientes. Me duele porque ahí recogí muchas de las palabras de Kapu.

De otra pequeña libreta, rescaté algo de lo que dijo. No es mucho, pero me basta. Son las respuestas a alguna de las preguntas que hicimos los asistentes al taller.

• Cada texto debe tener nuestro mayor esfuerzo. El periodista que desea ser un buen periodista no escribe malos textos. Es un problema ético. No hay disyuntiva. El buen periodista no escribe mal.

• El Emperador no es un libro sobre Haile Selassie. Es un libro sobre los hombres y el poder, sobre la sicología de quienes cambian al entrar en el mundo de la política. Cambia el comportamiento del hombre, su manera de caminar, de sentarse, su vocabulario. Se hace otro hombre. El político es un hombre artificial. Ese cambio sicológico es el que retrato ahí.

• El Emperador es un libro sobre el poder, cómo corrompe. El hombre en sí es inocente. Los políticos son víctimas de la política. Su única salvación es salir de la política y regresar a ser un hombre normal.

* * *

El último día del taller se organizó una cena. Pasaron los minutos. Sirvieron la carne. Sacaron varias botellas de vino. El viejo bandoneón de Osvaldo «Marinero» Montes lloró un par de horas. Kapuscinski no llegó. Horas antes lo había visto salir de ese hotel que lo hacía sentir incómodo. Subió por la calle Corrientes, hacia El Obelisco, caminaba despacito, delicadamente, en brinquitos cortos, con su pantalón de gabardina medio gastada…

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