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La felicidad

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No es algo que se pueda entender hoy, tan ligados a toda clase de aparatos que nos ayudan, suponemos, a hacer más grata la vida.

Tiempo hubo en que necesitábamos de una buena imaginación, un espacio relativamente amplio para jugar y, eso sí, amigos con quienes departir y compartir.

Vuelvo a la plazuela de Rayón o Jardín de la Soterraña de mi infancia. Conozco mansiones con espacios más grandes, pero sin la dulzura del jardín de mis recuerdos.

Por cierto, la veterana tienda de abarrotes El cometa de 82, del que nadie, ni el dueño del changarro conocía el origen del nombre, sin buscarlo lo encontré.

En 1682 un astrofísico de apellido Halley, realizó los primeros cálculos para la órbita de un cometa. Por el año, nos enteramos del nombre del tendajón y por el apellido, sabemos del paso periódico de ese astro celeste.

La plazuela debe medir quizá unos 50 metros de largo, distancia que nos parecía enorme; la recorríamos en bicicleta, en patines sobre la tierra o las baldosas de cantera.

Tenía una gran fuente, enlamada y llena de campamochas, unos extraños animalillos con aspecto incluso en el color, a un cachito de madera. Corrían velozmente sobre el agua.

Por abajo, unos bichos parecidos a minúsculas tortugas que se escondían abajo de la lama. Eso era lo apreciable a simple vista que no nos desanimaba a compartir los tragos de agua fresca con los abundantes perros del barrio.

Con las manos como si fueses a orar, ambas al mismo tiempo a la superficie de la fuente o pila como la conocíamos, un ligero movimiento para apartar el enlamado e impedir que se colara algún insecto no deseado. Luego, el refrescante sorbo.

La plazuela estaba a cargo de un jardinero de mal genio, al que los satos les encantaba retar. Con una destreza sin igual, el trabajador lanzaba su hoz que terminaba clavada de punta en un tronco.

Los canes, alegres, revoloteaban a su alrededor como parvada de pajaritos al atardecer. Hasta lo registrado en el baúl de los recuerdos, nunca logró herir a ninguno.

Las bancas de cantera rosa, imprescindibles. En los atardeceres aparecía el cura del templo vecino, a contar historias de fantasmas y aparecidos.

Cuando no nos visitaba el sacerdote, entonces nos apiñábamos y cada quien relataba el cuento fantástico que se conocía en su familia.

A las horas de luz y sol intenso, corríamos como desaforados. El juego predilecto eran los encantados que casi siempre ganaban las mujeres, mas veloces o seguramente más hábiles en el arte de eludir al que llevaba el encanto.

Ellas brincaban la reata, nosotros emprendíamos maratones de canicas y los mas pasivos hacíamos carreteritas sobre las raíces de los arboles y pasábamos mucho tiempo arrastrándonos empujando nuestros juguetitos.

Había temporadas en las que se abandonaban estas diversiones y se cambiaban por el trompo, el balero y los yoyos.

Estas temporadas estaban relacionadas con fastos religiosos, cuando los artesanos de los alrededores se concentraban ofreciendo sus mercaderías en madera y lamina coloreada.

Entonces venían las batallas con las espadas cortas, el chaco nazi o el casco romano. Siempre quedaba un numero notable de lesionados con un corte en las manos y ocasionalmente un descalabrado.

No recuerdo ni alarma ni regaños paternos por este juego que era uno de los preferidos por los varones y odiado por las niñas. Las excluía.

Atrás de la banca estaban los Baños de La Soterraña, con una minúscula alberca que nos parecía un océano. Las parejas, padre, madre, tenían como rito sagrado ocasionalmente visitar los baños de vapor.

En esa cuadra un par de casas y la tienda. En una de las casas vivía Rubén, El Nazi (le decíamos así porque nos caía mal), su padre un ingeniero que viajaba mucho, nos mostró la primera pluma atómica que llegó a Morelia (bolígrafo o birome).

También nos asombró con un camión de bomberos American La France en plástico, con mangueras moldeables, escaleras extensibles y mas. Tampoco conocíamos el plástico y no había bomberos en el pueblo.

En el lado norte, los Navarro, el padre fue director de la escuela en las Islas Marías y su primogénito nació en el penal. Sufría para explicar su acta de nacimiento.

Don Salvador y Angelita su esposa, unos viejecillos dulces pero él con un larguísimo historial al servicio de distintos jerarcas políticos.

La casa la extrema derecha, de dos pisos, era la nuestra. Allí nacieron varios hijos del hermano de mi madre, y murieron también otros parientes a los que se velaba en la sala, ante la carencia de funerarias.

Nada empañaba nuestra felicidad. Teníamos lo necesario: a nuestros padres y hermanos, a nosotros mismos, nuestros amigos y vecinos y sobre todo, nuestra imaginación…

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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