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Librerías de viejo: el origen (1 de 3)

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Vitales en la vida cultural de México, La Murciélaga, El Rinoceronte, El Desastre, Pollux y otras que venden ediciones de segunda mano han ampliado su público y ventas vía Twitter, Facebook e Instagram.

En las librerías de viejo, casas que guardan joyas bibliográficas, puedes encontrar no sólo una edición imposible de hallar en Gandhi, El Sótano o El Péndulo, sino otro libro que no sabías que necesitabas.

Pablo Avilés Flores, doctor en historia e investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, dice que las librerías de segunda mano aparecen en la Ciudad de México en el siglo XIX, su boom es en el siglo XX y, en lo que va del XXI, con la pandemia, se han adaptado bien a las redes digitales para mantenerse vigentes.

Antes, sin embargo, hace un breviario histórico de los antecedentes de esas librerías que para él son “capharnaum”.

Aunque el libro (o códex), como lo conocemos actualmente, llegó a América con la Conquista Española, en Mesoamérica ya había otras formas de libros y bibliotecas: los códices y las amoxcalli.

El comercio del libro entre el Viejo y el Nuevo Mundo, su venta y circulación, fue controlado por la Corona Española y la Inquisición. Durante la Colonia, se vendían no sólo libros religiosos, sino también de ciencia, filosofía, derecho, historia y literatura.

Los primeros puntos de venta de libros fueron los mismos talleres de impresores. Uno de ellos fue el de Juan Pablos, primer impresor de América: comenzó en 1539 en la Ciudad de México. A mediados del siglo XVI, Andrés Martín, otro impresor, tuvo un puesto de libros en lo que ahora es el Centro Histórico. También se vendían libros en todo tipo de negocios, junto con otros géneros de necesidad cotidiana.

En la Plaza Mayor, en el antiguo mercado El Parián (1707 a 1843), ubicado en lo que ahora es el Zócalo de la Ciudad de México, ya había comerciantes de libros. Después, éstos se trasladaron a la Plaza de El Volador, donde ahora está la Suprema Corte de Justicia.

Aunque desde hacía siglos se vendían libros en puestos callejeros, a ras de suelo, las librerías de viejo aparecieron en la Ciudad de México durante el siglo XIX.

Comenzaron primero en el ahora Centro Histórico en las calles que hoy se llaman Donceles, Madero, Venustiano Carranza, Guatemala, 5 de Febrero. Estas librerías proponían libros que habían sido de algún coleccionista que al morir, su biblioteca era vendida o subastada.

Las librerías de segunda mano también se nutrieron del acervo de personajes extranjeros que habían dejado parte de sus libros a su paso por el país.

Los libros de las bibliotecas religiosas, dispersados por las leyes de Reforma, fueron a parar en parte a la Universidad, y otra gran parte al extranjero (se vendieron en subastas en Alemania, Francia, España, Inglaterra y Estados Unidos), pero también algunos ejemplares nutrieron las librerías de segunda mano.

Fue un hecho doloroso, porque se perdieron un montón de bibliotecas de conventos e iglesias, que incluían libros de derecho, derecho canónico, historia, ciencia, filosofía y otras materias.

Numerosas bibliotecas privadas o muchas de sus ediciones raras fueron a parar también a librerías de viejo. El doctor Nicolás León, historiador y bibliógrafo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, vendió en vida una primera biblioteca que había formado y después, cuando falleció, fue subastada su segunda biblioteca. Años antes, la riquísima biblioteca de Fernando Ramírez, quien había sido ministro de Relaciones Exteriores de Maximiliano, había sido subastada en Londres, a pesar de la condición que había dejado a su muerte de no sacarla del país.

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