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Miriam Moscona

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Claudia Hernández de Valle-Arizpe

Como todas las entrevistas que he publicado en este muro,
ya llovió -y mucho- desde entonces .
Siempre es más raro entrevistar a alguien cercano que a
quien no conoces o a quien frecuentas poco.
No es el caso. Hemos sido amigas durante años. Nos ha
tocado despedirnos de seres cercanísimos y de compartir el
mismo gremio con sus calamidades.


Ahora también compartimos la locura de la abuelez.
Claudia Hernández de Valle-Arizpe
Autora de seis libros de poesía y uno de gastronomía y
cultura del sur de México, creció en una familia aristocrática
en la colonia Portales.
Ha vivido en Alemania, Bélgica, Santo Domingo y China,
además de distintas ciudades del país.


CLAUDIA HERNÁNDEZ DE VALLE ARIZPE: NUNCA TE
QUITAS DE ENCIMA LA CIUDAD
M.-¿Quién fue tu abuelo?
C.-El hermano de Artemio de Valle Arizpe, cronista de la
ciudad de México y una presencia muy fuerte en mi familia,
aunque yo no lo conocí.
M.-¿Cómo ejercía esa fuerza si ya no estaba?
C.-En mi casa había medallas, cuadros, libros y muchos
reconocimientos. Sus huellas estaban en todas partes.
Además, él fue coleccionista de arte colonial y yo conviví con
esa obra, además de los cuadros de Saturnino Herrán, Diego

Rivera, Gedovius o el Dr. Atl. Teníamos también un retrato
bellísimo de Diego del tío Artemio, él, que fue un tema de
cuidado para la familia.
M.-Y eso ¿por qué?
C.-Porque era homosexual y mi familia entraba en conflicto.
Siempre trataron de que no se hiciera mucho escándalo. Mis
abuelos eran bastante tradicionales. Creo que lo admiraban
por todo lo que él era y al mismo tiempo se avergonzaban.
Eran hechos muy contradictorios. Así lo vivían, como algo
que había que ocultar.
M.-¿Qué más coleccionaba tu tío Artemio?
C.-Tenía 365 anillos, uno para cada día del año. Parte de esa
colección la tenía mi mamá, además de unos Cristos filipinos,
italianos y españoles que acabaron en mis manos y como no
me gustaban, los vendí para terminar de comprarme una
casa. Es una lástima que mucho de lo que el tío Artemio juntó
durante su vida acabó disperso y en subastas.
M.-¿Dónde creciste?
C.-En Portales, en una casa construida en 1915, cuando sólo
había milpas en la colonia. Esa casa era de Harmodio, mi
abuelo, hermano del tío Artemio y todo un personaje también.
Fue ingeniero, pero también marinero y cantante de ópera. El
otro hermano era Jesús, nosotros le decíamos el tío Rico Mac
Pato, dueño de muchas tierras de Coahuila y de la Isla del
Padre.
M.-¡Dueño!
C.-En todo ese contexto mi madre fue una mujer culta y de
buenas lecturas. Estudió leyes, pero le interesaba la
literatura. Siempre estuve rodeada de libros, también a través
de mi padre, Tulio Hernández, que al igual que mi mamá,
estudió derecho. Ellos se conocieron allí, en la facultad,
aunque debería decir que allí se reencontraron porque se
habían conocido a los 5 ó 6 años. Se casaron y estuvieron
juntos hasta que yo cumplí 18.
M.-¿En la época en que él fue gobernador de Tlaxcala?

C.-Como al año de ser gobernador, mi padre se casó con
Silvia Pinal. Mis papás se habían separado antes porque mi
madre se dio cuenta de que él tenía una relación con Pilar
Pellicer y prefirió hacerse a un lado.
M.-¿Cómo vivías eso?
C.-A mi padre siempre le gustaron las actrices y vedettes y
como es natural, siempre era una fuente de conflicto. De
hecho, cuando éramos chicos, en una de sus separaciones,
mi madre tomó a sus tres hijos y nos llevó a vivir a Alemania.
Estuvimos durante tres años en Heidelberg y Munich. Allí
comencé la primaria. No teníamos televisión y durante los
largos inviernos fue cuando me convertí en una lectora voraz.
M.-¿Qué leías?
C.-Todo menos poesía, qué curioso, ¿no? Un día, ya mayor,
mi papá puso en mi mesa de noche un libro de Sabines y no
sabes, esa vaina me hizo un efecto muy violento. Jamás
pensé que yo escribiría poemas y mírame, acabé haciendo
versitos.
M.-Nunca se sabe.
C.-Hice mi tesis sobre Bonifaz Nuño y en esas estaba cuando
nació Sofía, mi única hija. Al año murió mi mamá y ya para
entonces yo me había separado. Mi hija tenía un año cuando
apareció en mi vida Rafael Molina, el verdadero padre de mi
hija. Seguimos juntos desde entonces.
M.-¿En cuántos lugares has vivido?
C.-Un día me harté de la ciudad y me fui a Cuernavaca. Al
poco tiempo, Rafael volvió al servicio diplomático de su país
(es dominicano) y nos fuimos a Bruselas. Vivimos allí 4 años.
M.-¿Cómo era la lejanía con México?
C.-Me hizo un enorme bien. Con decirte que durante 4 años
no volví a México ni una sola vez. Puedo ver a la distancia
que estaba entrampada en el mundito literario con asuntos de
reconocimiento, becas, publicaciones, conseguir un lugar,
andar en grillas. Ahora, sin adornarme, entendí que lo que
realmente importa es escribir, tener el tiempo y la dedicación.

Eso de no ser nadie e incluso de ser “la esposa de”, me hizo
un enorme bien y fui muy productiva.
M.-¿Y ahora?
C.-Vivo en Dominicana, pero me doy cuenta que extraño a mi
país. Después de seis años de ausencia me ha entrado una
gran añoranza por mis amigos.
M.-¿Y la comida?
C.-La cocina siempre ha sido importante en mi vida. En mi
casa siempre fue un ritual diario. Todos sabían cocinar; mi
abuela, mi padre, mi madre, mi hermana. De hecho, aunque
todos crean que soy una gran cocinera, aprendí sólo una
mínima parte. Mi casa siempre estuvo rodeada de calderos y
de ollas y el asunto podía llegar a ser de una sofisticación
increíble. Era una forma de seducir. Por allí desfilaba media
humanidad. Políticos, artistas, actores, escritores. Mi mamá le
hacía a Tamayo unos pasteles en forma de sandías y él la
adoraba.
M.-¿Quién más solía comer con ustedes?
C.-Tengo un recuerdo vivo de José Iturriaga, de Germán
Dehesa (pero muy jovencito), de José Rogelio Álvarez. María
Félix fue varias veces y también Carlos Salinas. Desde
entonces ya decía que quería ser presidente de México. Era
un tipo inteligente y cáustico. También llegaba por ahí Manuel
Camacho, amiguísimo de Salinas. Todos eran muy jóvenes y
nosotros nos sentábamos allí, como niños de esa familia a oír
conversación y media.
M.-¿Es entretenido ser hija de un gobernador?
C.-No sé, fueron años difíciles para mí. Yo me fui con mi papá
a Tlaxcala y él me ponía al frente del DIF, la Cruz Roja y esas
cosas. Le hacía de anfitriona, pero aquello no duró mucho.
M.-¿Viviste la fastuosidad?
C.-Yo me quedé en Tlaxcala como año y medio. Era excitante
y cansado. Más que la fastuosidad vivía con angustia, sin
estructura familiar. Tenía demasiada libertad, hacía lo que me
daba la gana. Me destrampé y a mi papá no le preocupaba,

era muy permisivo y con el tiempo creo que eso no me hizo
bien.
M.-¿Dónde más has vivido?
C.-Cuando nos fuimos de Bruselas a Santo Domingo se abrió
la posibilidad de irme a China a dar clases de literatura
española y latinoamericana a la Universidad de Pekin. Me fui
sola, sin hablar una palabra de chino y viví en el campus
universitario.
M.-¿Qué te pareció Pekin?
C.-Lo primero que me golpeó fue el encuentro con una ciudad
fea, inmensa, como la ciudad de México que tardas hasta 3
horas en atravesar. Me compré una bici usada de 5 dólares
(es lo que cuestan) y comencé a descubrir que entre esa
fealdad te salen al paso encuentros impactantes. La
modernidad (todos los días surgen nuevos rascacielos) en
convivencia con sitios impresionantes como El Palacio de
Verano o el Templo del Buda Reclinado.
M.-¿Y cómo te transportabas?
C.-En bici o en taxis, que son baratísimos. Así llegué al
lamasario más grande de la ciudad donde ves a los monjes
vestidos con túnicas marrones y amarillas. Pude observarlos
en oración, con esa rezadera monótona y grave que es una
maravilla, incluso intimidante.
M.-¿Y la Ciudad Prohibida?
C.-Sabía que mi familia iría a verme y les dije “los voy a
esperar para vivir el impacto juntos”. Todos me decían que
estaba loca, que cómo era posible llevar meses allí y no
haber visitado esa maravilla, pero valió la pena la espera.
M.-¿Trajiste algún proyecto de allá?
C.-Estoy trabajando en la traducción de 10 poetas chinos de
entre 37 y 50 años, muy poco conocidos en nuestra lengua y
que son todo un descubrimiento. Claro que es un trabajo en
colaboración.
M.-Y después de tanto moverte ¿cómo ves nuestra ciudad?

C.-Maravillosa, difícil, conflictiva, desesperante y tan adictiva
que nunca te la quitas de encima.

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