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Nuestros juguetes, nuestros juegos, nuestra infancia

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Por Gilberto Peralta Baltazar

Lejana está la época de niños. Lejanos están nuestros juguetes aquellos tan humildes, bonitos, queridos y apreciados. Cajitas de medicina convertidas en carritos con ruedas de corcholatas, una lata de chiles convertida en balero, un trompo hecho a filo de cuchillo que le daba forma a cualquier pedazo de palo; la punta, un clavo cortado quién sabe cómo, afilado sobre cualquier piedra. Las canicas, ya fueran de barro o de vidrio, eran piedras preciosas en nuestros bolsillos. Los yoyos pintados de brillantes colores eran difíciles de hacer y difíciles de comprar. Jugar a las cebollas, los encantados y sal que no requerían mayores utensilios más que nuestra infantil presencia. La luz de la luna nos invitaba a
desvelarnos toda la noche. 

Para los más inteligentes era una experiencia única leer un libro o una revista teniendo un farol nocturno que en su pleno cénit nos alumbraba. 
Cuando teníamos que ir a izar la bandera a la escuela, era un reto ser el primero en llegar para jugar en la madrugada. La bandera se izaba a las seis, a esa hora teníamos que suspender el juego y se acababa también la boruca. El Sol siempre sale tarde en Ayutla.

Si había desfile, a las nueve tenías que estar perfectamente uniformado y no fueron pocos los que algunas veces faltaban, se quedaban dormidos, atrapados en la madrugada que les robaba horas de sueño, pero que los hacía felices jugando tan temprano. No faltaba quien lanzara un reto como el de subir a la torre de la iglesia y dar una campanada, o el de aquel día cuando como a las cinco y media, nos espantó la chaneca cuando desnudos nos bañábamos en la Poza del Salto. ¡LA CHANECA!, Gritó alguien. Salimos despavoridos con nuestra ropa y nuestras guarachas en las manos para vestirnos como a la altura del Cine México. Después, uno de los chamacos más grande me dijo que no era la
chaneca, era una señora que madrugaba para lavar la ropa a la altura de La Trinchera y se desnudaba para lavar su propio vestido, la luz de la luna la alumbraba.

Las niñas jugaban con sus muñecas de trapo y con sus trastes de barro, arcilla o lodo que ellas mismas jugaban a «la comidita». Eran sus tesoros. Recibir como regalo un juego de té por parte de los «Santos Reyes”, era un lujo que muy pocos disfrutaban. Las muñecas de sololoy primero y las de plástico después, eran sus juguetes preferidos. Quizá será por eso que me gusta mucho una canción zapoteca que se llama Tanguyu (muñeca de barro). 

Por eso mismo, recuerdo con alegría cuando las hermanas Carbajal, a quienes considero como mis hermanas menores, me pedían que les escribiera su carta a los Reyes y yo les decía que les pidieran una muñeca que habla para una, otra que caminara y para otra, una que cerrara los ojos y que llorara.

Pero los Reyes Magos no podían traer juguetes caros a los niños pobres. Qué bonito era avivar sus ilusiones y que triste despertar el día seis de enero, cuando solo recibían: un cuaderno Polito, un lápiz y unos cuantos chiclosos, galletas y chicles mambo.

Se me olvidaba decirles, que el mejor parque natural de juegos infantiles lo teníamos en el gran patio de la escuela primaria Felipe Escudero. Un tobogán de tepetates, piedras planas, inclinadas y largas, esas eran nuestras resbaladillas.

Nuestros trineos, las tablas de mesabancos viejos. Cancha de fútbol.  Árboles de mango, de nanches y de guayabas, matas de plátano y palmeras de coco; eran nuestro huerto escolar y al mismo tiempo, una selva para nuestros juegos “tarzaneños”.
Qué buena infancia nos tocó vivir y estoy seguro de que, con mis palabras aquí plasmadas, he logrado dejarles un dulce sabor de boca y en sus mentes recuerdos bellos que nos reviven siempre. Abrazos, amigos.

GILBERTO PERALTA BALTAZAR

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