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Odisear/ 18

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Mauricio Carrera

El lestrigón amaba y odiaba a su madre. La sufría y la adoraba. Lo alentaba y lo castraba. Cuando lo capturaron y enviaron a la cárcel, el doctor Alfonso Cuarón llevó a cabo un detenido estudio psicológico que luego publicó con el título, no exento de polémica: La madre, causante de todos los males. Un caso clínico de homosexualidad y antropofagia. Fue un escándalo. La Sociedad de Madres Protectoras de sus Hijos y el Colectivo Edipo de Madres Revolucionarias cerraron la avenida Paseo de la Reforma y exigieron su cabeza. “Desde la Coatlicue, nunca nadie se había atrevido a tanto”, dijo una en una entrevista. “Ahora resulta que la Llorona ha llorado en vano por sus hijos”, dijo otra, en verdad enojada.

El escándalo opacó el verdadero drama, el de los padres y madres de los hijos abusados, asesinados, cortados en cachitos y comidos por el lestrigón. Al fin el hijo de su madre estaba en la cárcel, pero eso poco los consolaba. El llanto se les había aposentado en cuerpo y alma. Más aún, cuando las investigaciones forenses y de criminalística dieron a conocer detalles en verdad terribles, macabros, “espeluznantes y tremebundos”, como circuló en periódicos y en los noticieros televisivos de la noche, acerca del modus operandi del asesino serial, lo que aumentó su pena, su impotencia, su de por sí ya inagotable dolor.

-No se vale –dijo uno de los acongojados padres.

-Me reprocho no haber podido defender a mi chiquito, mi angelito –dijo una de las adoloridas madres.

-Estoy muerta en vida –dijo otra.

-Los padres no deberíamos enterrar a los hijos –dijo otro, que no dejaba de llorar.

De todo esto, claro, no se enteró Odiseo. Tampoco le tocó ese destino de espanto. Era el niño afortunado, el niño con suerte. Anticlea no dejaba de apapacharlo y mimarlo, los vecinos les llevaban comida y juguetes.

Cuando el lestrigón lo agarró, Odiseo sólo pensaba en la regañiza y las nalgadotas que le daría su madre por desobediente, por haberse salido de casa sin su permiso.

Sintió las manazas, el aliento a tacos de suadero, a aceite johnson y johnson, y cómo fue cargado al hombro. Pataleó al aire, de manera inútil y desesperada, mientras le tapaban la boca para que no gritara.

La gente los miraba. El lestrigón sonreía, como si se tratara de su hijo, un hijo malportado y travieso, que llevaba de vuelta al hogar dulce hogar. No contaba con Argos. El perro le ladró con fuerza. Al perseguir al lestrigón con su carga de niño a punto de ser comido, le mordía el pantalón, entorpecía su paso. La gente volteaba a verlos, ya de otra manera. Apresuró su caminar. Debía llegar rápido a una camioneta con vidrios polarizados que le esperaba a la vuelta de la esquina. Pateó a Argos, que voló unos cuantos metros acompañado de un chillido.

-¡Hey! – alguien lo confrontó.

Era el papá de Penélope.

-¡Suelta al niño!

Argos ladró, también aulló con dolor por la patadota.

-¡Que lo sueltes!

-¿O qué? –lo enfrentó el robachicos, decidido a salirse con la suya.

La mamá de Penélope empezó a gritar:

-¡Es el lestrigón! ¡Es el lestrigón!

Más gente acudió al llamado. No faltaron los chismosos y los argüenderos, pero también los que, decididos a todo, lo enfrentaron. El lestrigón soltó a Odiseo, quien cayó como bulto en la acera, y pies para qué los quiero, se echó a correr. Fue atrapado antes de llegar a su camioneta. Lo tundieron a puñetazos, a patadas. La turba expresaba su rencor social con furia justiciera, el lestrigón terminó por rendirse y llorar. A cada golpe que le daban, sollozaba: “¡No, mamá! ¡No, mamá!”

Odiseo se levantó, ayudado por los papás de Penélope. No entendía bien a bien lo que había ocurrido. Más que otra cosa, aún temía la regañiza y las nalgadas de Anticlea. “¡Te dije que no te salieras!”, y un trancazo de madre solo hay una, “¡Niño malo!”, y otro trancazo de cómo yo ninguna.

Escuchó un ladrido y la realidad empezó a acomodarse. Volteó y vio a Penélope que cargaba a Argos. Corrió hacia ella. Se vieron con ojos de cariño o acaso de complicidad. Cuando se dieron un abrazo, un abrazo tierno de niños, el perro movió la cola y les dio lengüetazos de alegría.

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