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Por fin, reportero…

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Fue un camino, como diría Agustín Lara, sembrado de abrojos, pero ya era reportero.

En la búsqueda de ese destino, Gustavo Alatriste de quien era secretario particular, me destinaba a gran variedad de responsabilidades. Estuve a cargo de circulación de Sucesos y mediante la estructuración de las planillas para los expendedores, logramos una circulación de 86 mil ejemplares semanales. Ningún otro medio alcanzaba esa cifra.

Los días que había fiesta, siempre en torno a la alberca, debía acompañarlo para recibir a los invitados. Sólo los secretarios de Estado tenían un ayudante tan personal, así que se trataba de presumir a su secretario particular, que pronto terminaba su encargo pero antes de retirarse permanecía un buen rato en la entrada.

Normalmente la hija de la Pinal, Silvita, me acompañaba. Con el uniforme escolar, la falda plisada arriba de la rodilla, tobilleras largas con pomponcitos a los lados, la niña despertaba los oscuros deseos de muchos de los vejetes libidinosos que no perdían ocasión de acercarse a la agraciada jovencita.

Ya andábamos en problemas maritales, consecuencia del picaflor de don Gustavo. Un día cualquiera me ordenó acudir a un edificio de departamentos en Churubusco, allí entrevistar al promotor del condominio y advertirle que la señora Sonia Infante estaba bajo la protección de Alatriste, así que debía reintegrarle su enganche y dar por terminado el convenio de compra.

Trasladé el recado que me dio la impresión que el hombre suspiraba aliviado. Pronto supe por qué: uno de los primeros Mustang vendidos en México, lo adquirió Alatriste y se lo regaló a Sonia. Nos trepamos al vehículo, la dama manejaba.

No habíamos recorrido una decena de calles y ya se había bronqueado con dos o tres taxistas. Al siguiente, una camioneta de carga, los macheteros iban de mal humor, así que no aguantaron ni la mentada del claxon ni las ofensas verbales.

Atravesaron su transporte y dos de ellos se dirigieron a Sonia, a la que hicieron objeto de toda suerte de vulgaridades relativas a su belleza finalizaron sugiriéndole que el flaquito que la acompañaba bajara a darse un tirito con alguno de ellos.

El flaquito, o sea yo, sin perder la calma les explicó que acompañaba a la señora por instrucciones del patrón (así dije), y que desde luego en mis obligaciones no estaba la de guardaespaldas. Con un huuuy prolongado y una mirada despectiva se subieron a la camioneta y se fueron.

Un día cualquiera le comenté a don Gustavo que estaba escribiendo un recuento de mis experiencias como empleado bancario. Me dijo que se lo entregara a Raúl Prieto, el director, un señor de una crueldad inconcebible, de un sadismo sin control, le era natural.

Prieto, por mi cercana con el dueño del negocio, me despreciaba y cada vez que podía lo demostraba. Sin esperanza alguna entregué lo que aspiraba a que fuese mi primer trabajo profesional.

Sorpresa: no sólo lo recibió sino que me ordenó continuar con mis recuerdos. Creo que fueron cuatro o cinco capítulos, espléndidamente bien recibidos por los lectores, pero sin que eso se reflejara en la publicación.

Sucede que Prieto tenía el hábito de repletar la sección de correspondencia con mensajes apócrifos de su autoría, elogiando o descalificando el contenido de cada número.

No iba a permitir la cauda de respaldos recibidos pero un buen día luego de una comilona con un gobiernícola de altísimo nivel, entró a mi oficina Alatriste y me ordenó acompañarlo a su despacho. Temí por mi empleo.

Apenas al entrar a su Santa Sanctórum, me tomó por los hombros y mirándome fijamente me comentó que su acompañante le había preguntado quién era ese periodista que tan vívidamente narraba los avatares bancarios.

Dijo que ese periodista sería grande y que era necesario promoverlo y publicarle más. Don Gustavo nunca le dijo que era obra de su secretario que antes era empleado bancario.

En ese momento ordenó mi paso a la redacción, lo que comunicó a Prieto. Consecuencia: dejé de percibir salario, me quedé sin mi Combi de carga, y me eché encima todos los resentimientos del director contra don Dueño.

Allí empezó el doloroso aprendizaje a cargo de Nikito Nipongo y su odio a la raza humana. Como detalle, mencionaré que a cada uno de mis escritos, Prieto con plumones de colores les hacía acotaciones marginales, subrayaba frases mal construidas y remarcaba las faltas gramaticales.

Luego los colocaba en un pizarrón a la entrada para que todo Dios viera mi incompetencia. Todo ese circo fue mi bendición, aunque me sentía humillado, miraba con detalle y anotaba mentalmente mis errores… y creo que algo aprendí.

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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