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Remolinos malditos  

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Relatos dominicales  

Miguel Valera  

Esa mañana de marzo nos amaneció con un aire caliente que poco a poco se fue intensificando. Cuando regresé de hacer las aguas en la milpa, me espantó más el rostro de la abuela que el de los remolinos de ese viento que azotaba nuestra parcela. —¡Qué haces ahí afuera, métete ya a la casa y ponte a rezar que el diablo anda suelto!, me dijo con una mirada de rayo, como ese que en agosto del año pasado mató a una de las vacas de mi padre.  

Con el susto metiéndose en las rendijas de mi alma, me acurruqué de nuevo en la cama, mientras escuchaba el canto de los gallos ahí afuera, en el patio, donde el aire caliente de este primer viernes de marzo hacía creer a mi abuela que el diablo andaba suelto. Yo no sé si exista el diablo, pensé, pero como todos en mi pueblo dicen que, si Dios existe y representa al bien, el mal, que tiene en el diablo a su mensajero, también existe. Me estaba quedando dormido en estos pensamientos cuando el olor del café me despertó de nuevo y me acerqué a la cocina con la abuela.  

—¿Y eso del diablo qué, abuela, le pregunté?, picándole la cresta. Mientras acomodaba unas piezas de pan en un plato, me volteó el rostro de manera inquisidora. —¡Qué cosas preguntas! Pues existe. No se puede ver, pero conocemos a sus amigos, a sus aliados, a la gente que lo sigue. Ahí está don Chencho, por ejemplo, siempre explotando a su gente, siempre buscando cómo robar más, siempre maltratando a su mujer. —Pues sí, es malo el hombre, pero también la gente que se deja, le contesté.  

—Ya no digas más y tómate tu café. Te hará bien para que dejes de pensar cosas. Y no salgas, que este viento caliente, en este primer viernes de marzo, es muestra de lo que te digo, de que el diablo existe y anda suelto. Ya no le contesté y empecé a saborear ese café de olla tan rico que hace desde que tengo memoria. Del rostro de mi madre no me acuerdo, porque apenas y me cargó algunas veces, según me cuenta mi padre, siempre con tristeza. Pero mi abuela, el sol del amanecer, el aire fresco de la mañana y la milpa me salvaron de la tristeza.  

En la biblia está la prueba de que el diablo existe, me dice Diego, un compañero de la secundaria, cuya familia es la primera que se volvió Testigo de Jehová en el rancho. Sus padres eran muy católicos, su madre muy guapa. Un día el sacerdote quiso manosearla y desde ese día dejaron de ir a la iglesia. Satanás significa “opositor”, “calumniador”, su nombre aparece en Job, en Apocalipsis, en Mateo y Juan, me ha dicho muy formal, con pose de sabiduría.  

Mi maestro de Español, don Ernesto, me leyó un día algunos poemas de “Las flores del mal”, de Charles Baudelaire. No puedo negar que la frase “¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!”, me cimbró. También la idea de que “el mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. Entonces pensé que igual ahí estaría yo. Puede ser, seguí reflexionando, mientras el aire caliente se metía por las rendijas de la ventana, desde donde veía el maizal creciendo, que el diablo nos haga creer que no existe, pero existen sus cómplices, los que envenenan su corazón para dañar a otros, como don Chencho.  

Mientras el café en mis entrañas me regresaba la vida, seguí pensando en los versos de 1855 que me leyó mi viejo maestro: “Tú conoces, lector, este monstruo delicado, —Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!”. 

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