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Réquiem por Manuel Mejido

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MANUEL MEJIDO

FUE UN PERIODISTA DE VERDAD

JOSÉ MARTÍNEZ M.

A un periodista de verdad no lo mata nadie. Ni siquiera la muerte.

Manuel Mejido ya no está con nosotros. Fue y seguirá siendo uno de los más grandes reporteros de México. Me quedo con el recuerdo de su amistad y los libros que me dedicó con su puño y letra como una muestra de cariño.

Gabriel García Márquez –quien fue su amigo– lo dijo sabiamente: “uno se va sin poder escribir el último capítulo de nuestras vidas.

Uno no escribe varios libros, uno escribe un solo libro a lo largo de toda su vida. Digamos que es un libro con muchos volúmenes. Mientras la vida siga, uno sigue escribiendo. Lo que más me dolerá es que el último episodio, que seguramente será muy interesante y fundamental en la vida de uno, que es el de la muerte, es el único que no podré escribir”. Así fue con Manuel quien se ha ido pero deja un importante legado para quienes aspiren a ser periodistas de verdad.

Una mañana de hace más de veinte años me llamó personalmente para entrevistarme para un programa de radio. Lo bellamente onírico sucedió. Uno de los periodistas a quien admiraba por su trabajo estaba ahí al otro lado de la línea telefónica para charlar de periodismo. Nos encontramos en la vida y nos hicimos amigos. Lo visité varias veces en su casa, algunas ocasiones acompañado con mi colega Fernando Meraz, a quien por cierto Manuel le prologó un libro.

Recuerdo a Estela, su esposa, quien me pedía que lo visitara más seguido. Manuel estuvo solo los últimos años, pocos amigos lo visitaban. La última vez que lo frecuenté, fue antes de la pandemia. Nos dimos un abrazo, de esos apretujones amorosos que se dan los amigos.

Viajó por todo el mundo con su máquina al hombro. Cuando Excélsior vivía el esplendor de su grandeza como periódico a principios de los setenta se presentó ante la oficina de Julio Scherer el mítico historiador Daniel Cosío Villegas –uno de los intelectuales más críticos del presidente Echeverría–. Agitando un ejemplar del periódico Cosío Villegas le dijo a Scherer: “Julio que espléndidos reportajes hace este Mejido, después de leer sus reportajes sobre Guerrero quiero firmar como reportero en tu periódico”. Cuando se retiró de la oficina el fundador del Colegio de México y del Fondo de Cultura Económica, Scherer mando a llamar a Mejido para felicitarlo.

En uno de nuestros encuentros, lo visité en su oficina de la calle de Praga en la zona rosa. Las paredes lucían tapizadas de fotografías con grandes personajes, muchos de ellos líderes mundiales, pero destacaban varias postales acompañado de Carlos Denegri, su maestro. Ninguna foto de Scherer.

Antes de cumplir los veinte años Mejido se inició en el periodismo en la revista Claridades como cronista taurino. Allí escribían Renato Leduc y Luis Spota, entre otros personajes del periodismo. Manuel daba sus primeros pasos como reportero.

En una de nuestras charlas Manuel me ofreció un trago de güisqui mientras él disfrutaba de su infaltable refresco Dr Pepper. Recuerdo la emoción con la que contaba de una de sus primeras hazañas periodísticas, la entrevista que le hizo en plena Guerra Fría a Nikita Kruschov, presidente del Consejo de Ministros de la desaparecida Unión Soviética. Su trabajo periodístico era sorprendente, como lo fueron sus reportajes sobre el golpe de Estado al gobierno del presidente chileno Salvador Allende.

Uno de los temas que nos unían era el de Veracruz. Mi padre, le conté, era oriundo de Orizaba. Manuel era de Tierra Blanca a donde había llegado su padre como inmigrante español. Manuel me contó la triste historia de la muerte de su padre, que a él le dejó una cicatriz en el alma. Un recuerdo del que no prefería hablar. A su padre lo secuestraron y después de liberarlo, lo asesinaron. Incluso su madre fue despojada de los bienes que había dejado su difunto esposo.

Manuel Mejido es una de las últimas leyendas del periodismo de la llamada “Vieja Guardia”. Viajó trabajando por más de cinco lustros al lado del mejor periodista, según Julio Scherer, pero también el más vil, Carlos Denegri.

“Aprendí lo mejor de Denegri pero también aprendí a rechazar lo peor de él”, me contó Manuel.

Denegri –me dijo Mejido– era un péndulo: el Doctor Jekyll y Mister Hyde. Sobrio era una fina persona. Alcoholizado se convertía en un demonio.

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