Ahora publicaremos historias y anécdotas para convencer, convencernos en realidad, de que tuvimos al mejor padre del mundo y nosotros fuimos los más extraordinarios hijos del Universo.

Ni lo uno ni lo otro, como el Día de la Madre se trata de ejercitar la vena poética, acumular frases de gran contenido filosófico y mostrar ante el mundo nuestra sensibilidad.

Estoy cierto que todos somos vástagos del mejor padre y la más maravillosa madre que en el mundo han sido.

Personalmente y ni por mal pensamiento hubiese deseado tener a otros progenitores. Para mi, para mis hermanos, fueron inmejorables y nos quisieron mucho, lo demostraron siempre. Con eso…

Mi padre, de origen Marista, pasó como torbellino menos de un año en la escuela de agricultura de Chapingo. Se fue antes de que lo fueran, luego de accidentado desacuerdo con el matón que según nuestra idiosincrasia, cobraba cuotas personales y sometía a torturas a quien no pagaba por dignidad o pobreza, le daba igual.

Ganadero de origen, lo vi llorar como muchos otros dueños de vacas, cuando les aplicaron el rifle sanitario durante el combate a la fiebre aftosa. Los ganaderos, sin importar el tamaño del hato, identificaban a cada animal por nombre y lo consentían cuál si fuesen perros caseros.

Lo vi llorar también tras la muerte de su madre, una señora de corte antiquísimo capaz de hincar a su hijo con los brazos en cruz para cintarearlo. En alguno de esos casos, recuerdo a mi padre suplicando: Madrecita, delante de mis hijos no, por favor.

Polvos de lejanos tiempos y costumbres que por fortuna acabaron con los atisbos de la modernidad. Mi madre nos aplicaba los rigores del chanclazo, el cinturón o hasta la batea colorida que rompió en el trasero de mi hermano Alfonso, un pingo inaguantable y pícaro.

Usábamos botas mineras con estoperoles. Nunca les dábamos grasa, las limpiábamos con aceite de coche. Al sentir que venía el guamazo, Alfonso dobló la pierna y la batea dio contra los enormes clavos de la suela. Magno coraje de la mamá y gran risa del papá.

Mi padre nos entendía a cada uno con su carácter particular. Olga, la mayor, inteligencia superior que debió abandonar el colegio de religiosas, cuando en una visita del inspector escolar de la zona. Interrumpió a la infanta que hacía una elegía de Benito Juárez.

Mi hermana hablo de Juárez el enemigo de la religión, el asesino de creyentes, el verdugo de santos varones y virginales jovencitas. Luego mostró los apuntes y reclamó la falta de atención a esas formas de educación.

Mientras doña Elena sentía que socialmente la devoraba Satán, mi padre abrazaba feliz a su niña tan valerosa e inteligente. Claro, al día siguiente la estaba inscribiendo en la Escuela Federal “Tipo” donde también estudiamos los varones.

Tras muchos avatares mi padre, de cultura media pero devorador de novelas históricas europeas, terminó con unas cuantas vacas y una tienda Las Maravillas, destinada al fracaso: los kilos eran de mil gramos y los litros completos.

Mucha y muy buena fama, poca o casi ninguna utilidad. Traspasó el negocio y venimos a parar a la capital donde, por falta de contactos, con ayuda de un santo laico, el Tío Agustín de la Torre, se hizo de una licencia de primera.

No conocía la ciudad, así que imposible la ruleteada. Con enorme dolor de su corazón, logró que le confiaran un camión de pasajeros, San Pedro-Santa Clara.

Eran unos vehículos infames pintados de verde bandera y rojo sangre. Popularmente les decían Los Pericos. Allí le pedí permiso para acompañarlo. Pude presenciar el sufrimiento cotidiano, lidiar con ebrios y agresivos, preocuparse por mujeres embarazadas o ancianas que muchas veces no contaban con los veinte centavos del pasaje.

En la puerta de atrás, me colocaba vigilante para impedir que se colaran los listos. Al final de la jornada de 16, 18 horas, revisaba el transporte porque si se descomponía se quedaba sin ingresos. Y sus hijos tenían, teníamos necesidades.

Peor le fue cuando cambió al Peralvillo-Cozumel, unos vejestorios más que destartalados, color blanco con franja roja. Allí de plano me fui de su canchanchán porque en un tráfico infernal, debía cumplir con un horario. Las fallas las penalizaban salarialmente de acuerdo con los minutos retardados.

Había un checador en Brasil frente a una gran plaza. El siguiente se encontraba en Avenida Chapultepec. La solución que encontramos, tras el reloj de Brasil, salía trotando con la tarjeta, cortaba camino por Palma, salía al extremo opuesto y continuaba hasta el punto correcto.

Hay más, muchas más anécdotas de vida de mi progenitor, pero está la destaco porque significó el sacrificio de todo lo que sabía, de todo lo que había sido bienestar, sólo por cumplir la responsabilidad como cabeza de familia.

Lo vi sufrir, y muchos años después y en situación ciertamente más cómoda, lo visitaba en los campamentos camineros, donde permanecía meses añorando a su familia. Me consta.

Por eso, con el resto de los mexicanos, creo que tuve el mejor padre posible: un varón en toda la extensión de la palabra, un hombre de honor y sobre todo eso, hermoso.Las otras historias algún día habré de platicarlas. Por hoy sólo es la revaloración en mi mente de un caballero, un hombre valeroso y sobre todo, un padre responsable hasta más allá del deber…

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