El mes de septiembre era anhelado, esperado con ansia, vacaciones, desfiles militares, ceremonias pletóricas de fervor patrio, tenderetes por todos lados con los siempre deseados juguetes, trompos, canicas, yoyós, baleros, carritos de lámina o madera, chacos de cartón, espadas y mil y uno más de lo que con sencillez inocente nos hacía felices.

La enseña tricolor por todos lados, los señores que usaban sombrero, descubriendo la cabeza a su cruce, como se hacía con las imágenes religiosas, actos cívicos, escolares muchos, oficiales otros.

Guerras interbarrios que finalizaban con la unión de los guerreros la noche del 15 de septiembre, momento para la lapidación de comercios de los peninsulares, el abarrote, la panadería, el expendio de granos y especias.

Mes festivo, el 16 desfilábamos las escuelas con premios o diplomas reconociendo a la mejor banda de guerra, a la escolta de la bandera más marcial, al conjunto de marchantes más coordinado y a los mejor uniformados.

De más está decir que los reconocimientos se los llevaban casi todos, un par de colegios confesionales, Valladolid y Motolinía, con sus blazer azul marino, pantalones gris rata, sus toques dorados sobre las hombreras, con cintas que les cruzaba el pecho, como se veía en las viejas películas a los héroes.

El resto de los participantes ocasionalmente lográbamos un sitio destacado entre las bandas de guerra, tanto en el redoble como en las florituras de las cornetas o clarines. Los uniformes, todos hijos del populacho, buscaban nuestros padres un sólo proveedor y varios sastres que hicieran pantalón y camisola.

Buen esfuerzo, pero el arte sartorial de los elegidos del destino siempre ganaba.

La noche del 15 asistíamos con nuestros padres a la ceremonia del Grito de Dolores. En todas las calles del centro de Morelia, que de ella habló, pululaban los puestos con pollo placero o enchiladas de plaza, estoy seguro que sigue siendo el manjar nocturno predilecto.

No podían estar ausentes los buñuelos bañados en miel de caña de azúcar, que se coman a mano pelona provocando un delicioso cochinero en cada consumidor.

Y el fin de fiesta, entre vítores a México y a los héroes que nos dieron Patria y Libertad, con profusión de cohetes iluminando el último rincón de la ciudad, mientras los infantes, con buscapiés, tratábamos de aterrorizar a las niñas lanzándoles esos cohetes que se arrastraban erráticamente por el piso, lanzando chispas y ligeros silbidos.

Las niñas hacían como que se asustaban hasta que el jueguito las aburría y ya no había más forma de molestarlas. Pasábamos entonces a tirar sobre el piso unos garbanzos cubiertos con algo más que pólvora.

Al pisarlos, tronaban asustando a las señoras descuidadas y enojando a los señores, tan propios que a esas fiestas acudíamos todos de gala, el papá con traje, corbata y sus mejores choclos; la mamá con peinado de salón y había quienes incluso lucían vistosos sombreros, algunos con velo.

Pasábamos varios días en una especie de duermevela patriótica. Ya habíamos visto la marcha de la lealtad, conocido el gesto insuperable del Niño estudiante en el Colegio Militar del Castillo de Chapultepec, lanzándose al vacío envuelto en la bandera para impedir que los invasores gringos la mancillaran.

Así, hasta el esperado día 30, cuando marchaban por la Calle Real, del monumento a las Tarascas, hasta la salida a Guadalajara en el extremo contrario, gallardos contingentes militares.

Allí contemplábamos un par de tanques, la caballería que se movía coordinada al compás de la Marcha Dragona entonada por varios clarines.

Un par de marometas de los jinetes al pasar frente al balcón donde el gobernador y sus allegados presenciaban el espectáculo y el ¡oooh! Asombrado de un público pueblerino, inocente y me imagino que feliz.

De Irapuato, Guadalajara y no recuerdo de dónde más, eran los contingentes que ese día nos hacían felices y nos inyectaban una dosis de fervor nacionalista y muy tricolor.

Frente al Palacio de Gobierno está la majestuosa Catedral, que divide al parque Melchor Ocampo de la Plaza de Armas. En ambos sitios se ubicaba la gente para presenciar ceremonias y festejos. Y comer las enchiladas placeras y los buñuelos con atole de masa, sin condimentar.

Al paso del tiempo, en no lejana celebración, un grupo de esos seres humanos que merecen comprensión y respeto a sus derechos, decidió, nunca se supo la intención, acabar con la fiesta: lanzaron una granada de mano, mataron a varios inocentes y dejaron heridos a muchos más.

Cierto, no hubo abrazos ni balazos, sólo un acto imbécilmente criminal, que hizo del festejo patrio algo no deseado. Dicen, no sé, que son pocos los que se aventuran a participar en la euforia tradicional.

Septiembre cambió. Ahora esperamos con plena certeza el temblor, al que en esta oportunidad sumamos la desgracia del bicho que azota el orbe, y las despiadadas lluvias, inesperadas y que han asolado gran parte del territorio alrededor de la capital.

Ya, parece claro, las fiestas patrias no son tan atractivas. Cuestiones de la globalización, ser nacionalista es retrógrada, lo actual, tener nombre exótico, Brayan el de más uso, tatachar un poco de inglés y asumirse como practicante del idioma inclusivo. En la imagen nuestra enseña tricolor, pero no se piense que en México, es una vieja gráfica captada en los Emiratos, en Dubai. Aquí estamos muy ocupados tratando de derruir monumentos para distraernos en estupideces como la Patria Diamantina de López, pero Velarde…

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