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Los fonomaniacos…

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No hace mucho, así que hasta los más jóvenes podrán recordarlo o por lo menos darse una idea: los teléfonos eran imaginados como unos artefactos que se conectaban entre sí, para que los usuarios intercambiaran ruidos, primordialmente palabras.

La tecnología y sus atropellantes avances nos han hecho variar nuestra visión y nuestra valoración de los aparatos de intercomunicación humana.

Tuve uno de los primeros celulares que se vendieron en México, un ladrillo de color gris claro, con una antenita y una batería que en descanso, duraba un par de horas, quizá tres, pero en uso, bastaban 15 minutos para dar por agotada la carga.

Esto obligaba a llevar consigo un par de baterías extra. Total incomodidad pero aún así muy lucidores porque no cualquiera era poseedor o tenía inclusive la capacidad para ser poseedor de un chisme de esos.

Tanto, que antes incluso de acomodarse en la silla del restaurante, se buscaba el ángulo adecuado para que los comensales, al ingresar al comedero, se percataran de que allí había un hombre de poder, el dueño de un teléfono celular.

Y claro, no se perdía la oportunidad de hacer un contacto, generalmente falso para no gastar batería. El imaginario diálogo se hacía en voz muy elevada para que hasta los clientes que no nos veían se dieran cuenta.

Muchos años antes de la fundación de Tenochtitlán, era posible tener un aparato telefónico en casa, sólo había que comprar unas acciones de la empresa, esperar turno y celebrar con familiares y vecinos cuando llegaba el hombre del overol, con casco de seguridad, cinturón grueso de cuero del que colgaban martillo, pinzas varias, rollitos de cinta de aislar, y una misteriosa cajita, también de cuero, con alcayatitas, tornillos, clavos…

El aparato, si era puramente casero, se colocaba en una mesita lateral en la sala. Se elaboraba una carpeta ricamente bordada, deshilada, y encima una capuchita que era otra muestra de arte de las habilidades de las mujeres de casa.

En la práctica, pasaba al patrimonio del barrio. Los vecinos daban el número para sus emergencias. Se aceptaba sin problema.

La sala sólo se abría para recibir personas de la más alta estima familiar. Los niños visitábamos el lugar para saludar a los ilustres visitantes, que nos acariciaban el pelo, todavía mojado en jugo de limon, nos decían lo guapo que nos habíamos puesto y se sorprendían por lo crecidos, elogio que no escatimaban ni siquiera a los chaparros.

Desde luego aparecía en todo su esplendor el aparatejo de baquelita negra, feo como pecado en Semana Santa; se le observaba con fervor religioso, con adoración y envidia hacia los dueños.

Eran pocos los teléfonos en una Morelia de, quizá unos 30 mil habitantes. El nuestro, 7–41 y el del hermano de mi madre, 13–41. Y para hablar entre ambos se descolgaba, respondía una telefonista que tras escuchar la solicitud de enlace, manipulaba unos cables que enchufaba en gran tablero y listo.

Las telefonistas tenían como es obvio, la curiosidad a flor de piel. En ocasiones no se necesitaba la conexión porque la telefonista de turno explicaba que los del número solicitado, habían salido de excursión y regresarían hasta la noche. Si era necesario, hasta la lista de invitados mencionaban.

Al llegar al Distrito Federal, topamos con teléfonos que se enlazaban mediante la marcación de números colocados en agujeros de un disco llamado dial. Había dos empresas, Mexicana y Erickson, y no recuerdo los problemas para hablar entre ambas concesionarias. No teníamos teléfono ni necesidad.

Al paso del tiempo se unieron, tuvimos teléfono casero con el sistema de disco para el número. Para conectar con otra ciudad se requería una clave o solicitar el enlace a una central específica.

Y así hasta llegar a los celulares que también fueron imaginados para hablar. Una serie de fotografías de excelente manufactura a cargo de Gilberto Ávila, extraordinario diseñador gráfico, nos hace recordar que los teléfonos ya no son para hablar.

Hoy los venden como artefactos para el envío de textos y lo verdaderamente actual, para captar gráficas, instantáneas, imágenes de todo tipo. Lo que ha convertido a la cámara clásica en un chunche, un vejestorio sin destino.

En los reclamos publicitarios de los aparatos de nueva generación, nunca se menciona la calidad de recepción—transmisión de sonidos. No, eso ya está fuera de moda.

En lo misma mesa dos inútiles se comunican entre sí con sus teléfonos, pero no hablan, escriben.

Parece el signo anticipado de los tiempos, una sociedad imposibilitada para dialogar, inclusive para mirarse a los ojos. Un mundo de mudos y de monologuistas…

En la fotografía, los dos inútiles en plática de sobre mesa.

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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