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Los Huevos del Guajolote

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En un país donde las instituciones como la familia, el estado, la educación, las religiones, las ciencias y el derecho han servido para mantener y reproducir el estatus inferior de las mujeres, es el movimiento feminista quien está empujando para que termine una de las violencias más terribles que sufre México.

En un país donde las leyes esclavizan a las mujeres, que restringen -de diferentes modos de acuerdo con su clase, etnia, raza, edad y habilidad- sus posibilidades de ser y actuar en el mundo, está presente el movimiento feminista.
En un país donde las leyes otorgan más poder económico, político y sexual a los hombres, sólo se puede profundizar una convivencia basada en la violencia y en el temor.

Se trata de una lucha contra el ‘patriarcado’.
La violencia hacia la mujer se ejerce desde tiempo inmemorial. Han sido siglos de ‘patriarcado’ los que han generado una mentalidad de menosprecio hacia la mujer. Y las religiones monoteístas han sido el soporte perfecto para dejar ese denso poso en las mentalidades. San Pablo dijo: “Dios es la cabeza del hombre y el hombre la cabeza de la mujer”; el reformista religioso Martín Lutero sentenció: “La mujer no tiene alma”.

El interés por la “problemática” de género es más que académico. Involucra un deseo de cambio y la emergencia de un orden social y cultural en el cual el desarrollo de las potencialidades humanas este abierto tanto a las mujeres como a los hombres.

Femicidio y patriarcado son dos caras de una misma moneda. El término femicidio fue acuñado en 1976 por la escritora feminista Diana Russell, con el objetivo visibilizar el asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o un sentido de propiedad sobre las mujeres, y por tanto diferenciar este tipo de crímenes de los homicidios comunes.
Todo femicidio es el homicidio de una mujer, pero no todo homicidio de una mujer es un femicidio. Por ejemplo, el femicidio no incluye los asesinatos de mujeres perpetrados por la delincuencia común [robos, secuestros, venta de drogas, entre otros] a menos que durante su comisión la mujer sea reducida o violentada en su condición de mujer; el femicidio no abarca las muertes violentas de mujeres cometidas por venganza personal de otras mujeres, por ajustes de cuenta, brutalidad policial, ni aquellas ocurridas cuando la mujer realizaba actividades delictivas.

Pero el femicidio si engloba los asesinatos de mujeres cometidos en el contexto de relaciones de pareja [esposo, ex esposo, compañero, novio, ex novio, amante], los crímenes de honor [perpetrados por padres, hermanos o hijos de consanguinidad, afinidad o adopción para reafirmar su autoridad], la muerte de una mujer en el contexto del acoso sexual, producto de violaciones, prostitución, trata o esclavitud; así como, el asesinato de mujeres motivado por la identidad de género o preferencia sexo-afectiva [lesbianas, bisexuales o transgéneros].
Pero es importante comprender que el femicidio es alimentado, promovido y permitido por una cultura femicida, en la que se menosprecia la vida de las mujeres, donde se acepta, naturaliza y justifica este tipo de crímenes, o donde se deja que ocurran porque sus perpetradores gozan de impunidad.

Roberto Hernández

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