No es un invento de la Tercera Internacional ni está mencionada en la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, promovida ante la ONU por el presidente Luis Echeverría en 1974. La misericordia existe y la mitad del tiempo nos referimos a ella, aunque sin mencionarla tácitamente.

Definida como la inclinación “a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles desinteresadamente ayuda”, la misericordia (o llamémosle compasión o bondad) es el sustrato de muchas reglamentaciones encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los más desvalidos. Dígase lo que se quiera.

El misericordioso es el “ser compasivo” que se preocupa (y se ocupa) por los desamparados. De ahí que buena parte de la población sea adicta a conducirse en uno de los dos extremos: como solicitante de esa ayuda (los limosneros), o como ser caritativo (los altruistas). No caigamos en la falsas ofensas… el término “limosnero” no es de sí peyorativo. El diccionario lo define como “persona que habitualmente pide limosna para vivir”, y limosna es “el dinero que se da a un necesitado”.

Esta larga disquisición surge ante la muy lenta distribución de vacunas contra el covid que se observa en el mundo. Naciones que han vacunado a la mayoría de su población (Israel, 57 %, Estados Unidos, 25 %), y otras cuya aplicación es poco menos que una burla. La desgracia es que los laboratorios no están produciendo la vacuna a la magnitud que lo exige la población mundial –calculada en 7 mil 700 millones de personas–, por lo que los más beneficiados han sido, como siempre, las naciones desarrolladas. De ahí que la decisión del gobierno de Joseph Biden de suministrarnos “en préstamo” 2 millones 700 mil vacunas Astra Zeneca, venga a ser, rigurosamente, un acto de misericordia.

Normalmente los halla uno en los atrios de las iglesias o a la salida de los bancos. Son los pordioseros de toda la vida, que en el nombre llevan la huella. Piden una limosna, sí, “por el amor de Dios”. No quiero imaginar las llamadas del canciller Marcelo Ebrard al Departamento de Estado en Washington, pero el sustrato no debió haber sido muy distinto al que escuchamos a diario en las esquinas. Sí, por el amor de Dios.

María Luisa Puga tiene un cuento maravilloso en el que un pordiosero elucubra cuál será el lugar preciso en el que se deberá situar: no demasiado lejos de la puerta del banco, porque los cuantahabientes lo ignorarán; tampoco demasiado cerca, porque los policías llegarán a desalojarlo con sus macanas.

La pandemia está siendo una prueba de la compasión humana. La pregunta, en principio egoísta, “¿cómo le hago para librarme del mal?”, necesariamente se ha socializado. ¿Y mi familia? ¿Y mis amigos? ¿y los demás mexicanos?

Siempre habrá gente desvalida, que para eso estamos los más o menos aptos, los activos, los que proveemos a nuestros hijos, a nuestros padres provectos, al prójimo necesitado. O a la comunidad mediante los impuestos que pagamos, y que no por nada se les llamaba, hasta hace poco, “contribución”.

Uno de los refranes más comunes en Estados Unidos es aquel que reza: “Al nacer hay dos cosas de las que no podrás librarte: de la muerte y de pagar impuestos”. Lo que ocurre con nosotros es que nos parece un contrasentido cumplir con el SAT. “El gobierno que nos roba”, se defienden unos, “yo no soy imbécil”, argumentan otros. La verdad es que se trata de la única manera (bueno, la principal) que tiene el Estado para hacerse de recursos que luego destinará al desarrollo social.

Pagar impuestos, enviar remesas, dar limosnas, procurar vacunas; todo es lo mismo… practicar la caridad, la misericordia o, en términos contemporáneos, la solidaridad. El problema, como siempre, reside en que hay que saber pedir.

Ahora se anuncia que las pensiones para los adultos mayores se duplicarán en el lapso de dos años. También corre el chisme de que los impuestos serán incrementados una vez que pasen las elecciones del 6 de junio. Coincidencias de la vida; desde luego. Hay que saber el momento del ramalazo, que para eso están los operadores políticos. Y mientras, como el personaje de la Puga, buscando cada quien el lugar más conveniente.

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