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La dignidad…

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Esta fotografía encontrada en cualquier lugar de las redes, me lleva al recuerdo de dos episodios que, a la vez, me remiten a los viejos tiempos de la infancia.

Era pequeño, pero recuerdo bien el respeto que se les daba a los hombres de edad avanzada. Contraste con Chiapas, donde los indígenas debían cederle la banqueta a los hombres de razón, en Morelia la costumbre era contraria si se cruzaba con un viejo, sin importar su pertenencia racial.

Los ancianos, por sabios y porque habían rendido cuentas de una vida seguramente activa, merecían el respeto que especialmente los niños estábamos obligados a mostrar.

Criado en esos conceptos, me chocó sobre manera cuando acompañando a Rafael Tovar y de Teresa a inaugurar una casa de cultura en Guanajuato, el gobernador Vicente Fox decidió acompañarnos unos pasos por la calle.

Por la acera contraria de la estrecha calle, caminaba un anciano evidentemente hombre del campo, al que Fox le preguntó por la salud de su esposa; la respuesta fue: sigue malita, señor gobernador no se me compone.

Me pareció o quise detectar cierto dolor en la voz del anciano, al que Fox engomando el tono para, seguro, sentir mayor su autoridad, comentó: ¡Ah, chingada vieja, como te ha dado lata!

No miré hacia el hombre que en tan estúpida forma era tratado. Más tarde, diálogo en corto, a una pregunta de Rafael que algo sabría, respondí que me horrorizaría que un gañán tal llegara a Los Pinos. A su vez ante la misma interrogante, sibilinamente el mandamás de Cultura me dijo: no opino, Carlos, escucho y aprendo.

Casi llegando a Zitácuaro alcanzamos a una mujer mucho muy anciana. Llevaba en los hombros una carga de varas secas, de leña seguramente recolectada en los bosques vecinos. El paso lento, inseguro, nos hizo detenernos.

Nos dijo a dónde iba y ofrecimos llevarla. La cajuela del enorme coche que tripulábamos se llenó y con un ligero desvío dejamos a la mujer en su destino.

La anciana, hurgando en un pañuelo que sacó del seno, mostró unas pocas monedas y pidió que le cobrásemos el transporte. Fue una discusión de media hora, hasta que aceptamos, diez, veinte centavos que luego le regalamos para que se comprara un dulce.

En Cuetzalan, quizá el más hermoso pueblo serrano de Puebla, alojado en la casa de mi querido amigo Rigoberto Cordero y Bernal, me levanté a primera hora y fui al centro para comprar unos pescados ahumados, riquísimos, para el desayuno.

En las escaleras que unen la plaza principal con el edificio municipal, un anciano mostraba una canasta llena de los manjares apetecidos. Me acerqué, pregunté el precio, lo dijo.

Le manifesté mi intención de comprarlos todos. Le pedí precio, le pagué y comenzó a envolverlos en hojas de papel periódico.

Al terminar, con voz casi inaudible, dijo: ¡Ya me chingates!

Le solicité que me diera el precio correcto para pagarlo, pero insista en su expresión. Tras mucho discutir y con el cálculo hecho por mi, le extendí la diferencia, que se negó a aceptar. Por sugerencia de algún espectador tras advertirme que de ninguna manera involucrara a la esposa del vendedor, propuse que con el dinero extra le comprase dulces a sus nietos.

Santo remedio, aunque siguió con el mantra de ¡Ya me chingates..!

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Periodista antediluviano, corresponsal en el exterior y reportero en méxico.

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