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¡Que te calles!  

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Bájale al volumen, hay demasiado ruido, no me interesa lo que estás diciendo. ¡Ya cállate!  

¿Cuántas veces no hemos escuchado ese razonamiento en casa, en la alcoba, en la oficina? Por Dios, no seas necio, cállate ya.  

Será que sobran las palabras. Demasiado bullicio, demasiados reproches, demasiado desprecio o, seguramente, la vehemencia de un charlatán que sólo es feliz hablando sin parar. ¿Qué fue lo que le gritó, en su momento, al presidente Fox? Eso: “¡Ya cállate, chachalaca!”, y muchos lo aplaudieron.  

La película es de 2003, dirigida por Francis Veber, en la que un lenguaraz Gerard Depardieu anda volviendo loco al mafioso Jean Reno, ambos encerrados en prisión. Así hasta que el mafioso se vuelve al tontorrón y le grita: Tais-toi!… ¡Que te calles!  

Hay personas así, hablantinas de naturaleza que no hacen más que parlotear. Soltar palabras, opinar de todo y, como decían, que hablan hasta por el codo.  

Así ha ocurrido la semana pasada con la Universidad Nacional Autónoma de México. El Juzgado Quinto de Distrito en Materia Administrativa en la CDMX, otorgó la suspensión provisional en cuanto a la divulgación de los avances que la institución lleva sobre el caso del plagio (presunto) de la tesis de licenciatura de la ministra Yazmín Esquivel en 1987.  

Demasiada tinta ha corrido en torno al asunto, pero no deja de tener su relevancia. Alguien hizo trampa; eso es innegable. El hecho de que dos tesis de graduación sean prácticamente idénticas implica el razonamiento de que hubo un delito (el robo de las ideas de otro, su trabajo intelectual, o peor aún, la transacción fraudulenta para hacerse de esas páginas), y por lo mismo el procedimiento docente es inválido en alguna (o ambas) de las partes. Y cuando el Consejo Universitario y la Comisión de Ética de la UNAM examinaban el caso, ha llegado la orden del juez; ¡a callar!, y que todo siga como si no hubiera pasado nada. La ministra en su Corte y el Rector en su torre, que lo demás es silencio.  

A la UNAM no le ha quedado más que apechugar, aunque manifestó que la sentencia es lamentable “y no puede estar de acuerdo con el mandato que busca silenciarla, coartando su libertad y el derecho a la información de los universitarios y la sociedad”.  

Callar o no callar. Se equivocan la Escrituras cuando refieren aquel versículo que reza: “Al principio fue el caos”. No, en los orígenes del mundo lo que privaba no era el desorden, sino el silencio. Nadie decía nada, nadie escuchaba nada, la palabra era inexistente. Después nos encargaríamos de inventarla y darle uso. La palabra que va del “hágase la luz” al “ahí está el detalle” que pronuncia Mario Moreno para elucidar el caso judicial (otra vez) en su película homónima.  

Alguna vez, conversando con José Revueltas, me contaba de un viaje en tren que hizo al norte, y aquella noche en el vagón de primera solamente iban dos. El otro pasajero viajaba absorto, no leía, no dormitaba, sólo miraba al frente y Revueltas, cansado de revisar el periódico, se le acercó luego de varias horas de silencio y traqueteo, y le exigió: ”¡Carajo, dígame algo!”. Y sí, conversaron animadamente hasta llegar a Saltillo, que era su destino.  

Pareciera que estos serán, cada vez más, los tiempos del silencio. ¿Qué otra cosa sugiere el hecho de que 66 periodistas hayan sido callados, pistola de por medio, para que de ese modo no sigan propalando las verdades que hallan en su reconocimiento del entorno? El caso más sonado, por cierto, el de Ciro Gómez Leyva, que en diciembre pasado salvó la vida por un pellejo en el atentado que llevaba por seña el de callarse.  

Silencio por favor, nos piden al ingresar al templo, al museo, al teatro. “¡Silencio, cámara, acción!”. Cuando párvulos, incontenibles, las maestras nos hacían callar dando un fuerte aplauso: “¡Niños, cállense ya!”, a veces obedecíamos, a veces no. Así la UNAM hoy, que le han gritado como a Depardieu en la película, ¿habrá de obedecer para que una (probable) embustera prosiga como Johnnie Walker, tan campante? Es la pregunta.  

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Escritor y periodista o periodista y escritor, David Martín del Campo, combina el conocimiento con el diario acontecer y nos brinda una deliciosa prosa que gusta mucho a los lectores. Que usted lo disfrute.

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